Todavía faltaban interrogantes, todavía quedaban cabos sueltos, el quedarme ahí sentado, acostado, inventando la consideración de una nostalgia que se hacia depresión, no era una opción. Faltaba resolver el dilema del Dueño, era una asignatura pendiente, una tarea por terminar. Por un lado, lo sentía como una obligación; por el otro, ya era un tiempo que no podía repetirse.
Hice de mi vida un matar para morir y de algún modo maté lo suficiente para seguir vivo y muerto sollozando la inconformidad de un aflicción inconscripta. Sabía cual era el siguiente paso, el Licenciado me dio a la perfección los datos del Dueño y me indicó cuales eran sus puntos ciegos, me habló de los momentos en que era vulnerable, de las horas donde bajaba la guardia. Tenía en mi mente cada una de las palabras para buscar al Dueño. Sin embargo, una hastío de kilómetros se me corroía por la determinación.
Ahora sé que uno no deja de matar por miedo, no deja de matar por temor. Nunca nadie puede estar tan cerca de tus pasos para dejar de matar. La verdad es: que llega un punto en que la satisfacción se hace remordimiento, se humedece en la pólvora, en la omnipotencia perdida.
Tratar de recordar cuánta gente asesiné ya no era un cálculo certero, solo se podían contemplar desde una remordimiento acumulado, desde tardes de soledad y de introspectiva. De alguna forma me cansé de lo mismo, de alguna forma pensé que ya no tenía motivo ni motivación. En el edificio abandonado tenía dinero como para rehacer mi existir a mi conveniencia, poseía identificaciones para desaparecerme sin dejar marca. Podía elegir cualquier destino, cualquier lugar y simplemente salir da ahí, de esta Ciudad que me torturaba en reclamos sordos.
Mas no sé porqué, el tema del Dueño me contraía en la morbosidad, debía de por lo menos ver quien era, tenía que saber como parecía, si tenía los rasgos que imaginé o solo era una insignificancia. Cargaba conmigo la duda y una estúpida obligación por terminar lo que empecé.
Y así, en el dilema no me entendía; y así, en la inquietud y en el ideal, me perdía indefinidamente. Queriendo huir, necesitando terminar algo que sabía nunca tendría fin.
Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio