viernes, 21 de septiembre de 2012

Capítulo 55 (No Soy)

La noche la pasé entre remordimientos, inquieto, botado en un catre dando vueltas por la cabeza. Dormir se volvió un lujo conforme pasó el tiempo y solo unas cuantas horas de sueño eran un placer de prescripción esporádica.

Al amanecer me fueron a buscar dos soldados, me indicaron que era momento de partir, una vez más me arreglé con el uniforme militar, cogí el sobre con el discurso, salí de ese cuarto en grises y verdes. En la puerta me esperaba el General, las camionetas ya estaban encendidas con las puertas abiertas, el día se coloreaba todavía en los tonos anaranjados que tanto disfruto, el viento era una fresca bocanada de buenos días. Pese a todo, disfruté la mañana como tenía mucho tiempo de no hacerlo.

Subimos a las camionetas, partimos, anduvimos en medio de edificios, en una ciudad que se veía distinta, la urbe me acogía como hace mucho no lo hacía. Sentía su honestidad reclamando la mía, sentía su clamor y su valor construido por los años y por los rostros. Circulamos por un tiempo, hasta llegar aquí, al punto desde el cual me he dirigido a ustedes.

Estamos aquí en las afueras de la Casa Presidencial, caminando entre honores, posando en la falsedad, inventando un cuento que no es verdadero, es por eso que, en este momento, me decidí a dirigirme a ustedes, a hablarles, a contarles.

Como se los dije desde el principio, no soy lo que muchos pensaran que soy ahora, si alguien me distingue no se atreverá a relacionarme con los asesinatos del Grunge, pocos me configurarán en las páginas de nota roja.

Como se los dije desde el principio, no soy un Bruce Wayne o un Tony Stark, no me aproximo ni por error a Frank Castle. Solo soy un fallo disfrazado, un disparate en tiempos desesperados. Y me he cansado de serlo, en este tiempo se me han agotado las fuerzas; cargo conmigo los fantasmas, los remordimientos, cada pisar es un recuento en arrepentimiento, cada mirar son reclamos, rostros que ya se borran en la ambigüedad.

Continuo caminando junto al General, y esta historia no sé si la han escuchado o no, soliloquio de un asesino vuelto héroe. El enojo me ha abandonado y Ella. Desde el principio fue Ella, solo Ella: no saberla, no tenerla, me venía cada segundo a la mente, solo Ella; ahora, perdida, nadie daba razón y tanto... se volvió una melancolía extendida por el cuerpo entero. Ya no, si el Dueño seguía con vida, si había matado o había dejado con vida, ya no, ya no puedo.

Camino junto al General y la gloria no es la recompensa esperada, las condecoraciones son una mofa cruel bautizando la violencia. En el frente los grandes políticos nos esperan, con la sonrisa prestada, con los brazos cargados de falacia. No puedo, no soy parte de esto, no puedo conmigo ni con todo.

Pido permiso para ir a los aseos, el General me indica que me apresure, debo de regresar pronto, me doy la vuelta, le doy la espalda. No puedo con la carga, me pierdo preguntando por los baños, me escondo en la multitud. Doy la vuelta, les doy la espalda.

Dejo todo, mi ser entero es un llanto quebrado, no importa más, ya nada trasciende, despedida cautelosa, honores que no son míos. Camino con disimulo, busco la salida, se me congela la ansiedad. Me llevo mis pecados, los empaco en la culminación, sol de huida, evasión y retirada.

Si quiero matarme ahora será en la conformidad de mi arrepentimiento, en el pesar de las tarde, lejos de aquí, lejos de todo; es momento de irme a tragar el desasosiego, a cosechar tortura, llano en desamor, pesadumbre y futuro. Solo quería matarme y aquí estoy, vivo, recargado en cicatrices, con el alma endeudada, con el tiempo perdido.

Me voy apresurado, ya no soy, me despido.

FIN

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

jueves, 20 de septiembre de 2012

Capítulo 54 (Uniforme Militar)

Conforme avanzaba el tiempo mi cuerpo mejoraba, pero mi conciencia era un revuelo de emociones encontradas, de miedo, de pánico, huir a dónde cuando se tiene la existencia cercada. Pensaba en Ella, en el hecho que en este País es pena de muerte matar un delincuente; pensaba en que iría a la cárcel, en la indiferencia de los médicos, en los plafones faltantes, en la gotera.

Me entretenía imaginando cuantos pacientes tendrían en la misma sala que Yo, cuando, un hombre uniformado de militar, se apareció delante mío. Era un General de alto rango, que según se identifico, iba enviado del Estado Mayor Presidencial. Me pidió discreción a lo que iba a decirme y me lo dijo muy claro.

La credibilidad de la autoridad era baja ante la opinión pública, los esfuerzos por frenar la ola de violencia eran infructíferos y solo detenían a criminales de poca monta. Necesitaban un golpe medíatico contundente, algo que los hiciera ver mejor. Yo sería su golpe medíatico, su gran noticia, aclararían a la prensa que era un agente federal infiltrado y que mi acción respondió al llamado de la responsabilidad, al cumplimiento de mi deber. Debía de colaborar con ellos o de lo contrario al salir me darían un cuarto decorado por barrotes. Solo debía seguir el juego, jugar sus cartas, argumentar sus mentiras y las mías.

Al final me señalo que al otro día me darían de alta y que el esperaba que colaborara con ellos, me dejó un sobre con un discurso y un programa de eventos; colocó un uniforme militar sobre los pies de la cama, me dio una bolsa con una navaja de rasurar, un jabón, y otras cuestiones de aseo personal.

Se despidió, me extendió la mano, al mismo tiempo que me sentenciaba:

- Para que no se sienta solo, aquí le dejo unos amigos para que esten con usted.

Entraron dos militares, completamente armados y se quedaron de pie a los costados de la cama, mientras el General se dio la vuelta y se marchó.

Leí el discurso, pensé, reflexioné, tal vez, era la única solución viable para poder salir, para no ir a dar al tambo. Después de todo, una mentira a cambio de mi libertad no era nada.

Por un tiempo, quise platicar con los militares, pero al igual que los doctores no me dirigían la palabra. Durante la noche me la pasé despierto, con el miedo a tope, con el nervio a full. Tenía a dos hombres armados a mis costados, no me hablaban y no tenía idea de su lealtad. Si uno de ellos tenía su alma vendida al diablo, no dudaría en matarme. Di mil vueltas por la cama, por el discernimiento, por la angustia.

Al otro día me pusieron de pie sin preguntarme, me llevaron una tinaja de agua, me limpié, me rasuré, me peiné, me puse el uniforme militar que, entre otras cosas, se me veía bien. Los militares me ayudaron un poco indicándome como abotonarme, como colocarme cada una de las ropas. Al quererme poner el gorro me prohibieron hacerlo, así que, me lo puse bajo el brazo. Uno de ellos me tocó el hombro y me extendió el sobre con el discurso.

Me empujaron en la dirección en la que tenía que caminar, en la puerta me esperaba el General, quien al verme sonrió y me dijoo:

- Sabía que podíamos contar con usted.

Me llevaron a una sala pequeña con las paredes más mugrosas que el resto del hospital, en uno de los extremos una mesa, donde me senté con el General; detrás nuestro, una lona con la imagen del Estado Mayor Presidencial. Frente a nosotros, periodistas, camarógrafos, flashes, micrófonos, grabadoras. El General advirtió que no responderíamos preguntas y que solo diría unas breves palabras.

Tomé el discurso y lo leí con claridad y en voz fuerte. Al terminar el General me indicó discretamente que nos pusiéramos de pie e invitó a la gente a ir al otro día a un evento en donde se me condecoraría por mi valor. Cuando dijo eso, no pude evitar sonrojarme, ni actué con valor ni merecía condecoración alguna. Salimos por la misma puerta por la que entramos y nos dirigimos a la salida del hospital.

En la calle nos aguardaban unas camionetas negras, las abordamos y nos dirigimos a un cuartel militar. Ahí me bajaron y el General me llevó a un cuarto aislado en donde me pidió que descansara, pues al otro día conocería a gente importante.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Capítulo 53 (Livianos Gemidos)

Pasaron algunos días, y aunque ya había reaccionado, los movimientos me costaban, tenía el respirador en la boca, no podía hablar mucho, solo livianos gemidos salían de mi garganta, a diario eran el sabor amargo y pastoso. Me visitaban doctores, enfermeras, me medían, me analizaban, desfile de batas blancas y azules, gente sin rostro a quienes no quería identificar, ni reconocer.

Me entretenía buscando formas en las cortinas de las mamparas, en la mugre de las paredes blancas; contaba las veces que parpadeaban las luces, las ocasiones en que se expresaba la gotera y ponía toda mi atención en ubicarla a lo lejos; dilucidaba en ecuaciones el número de plafones que faltaban en el techo, llegué a sacar una aproximación estadística que por cada doce plafones faltaría uno, o por lo menos estaría roto.

Se me fueron algunos días vegetando en esa cama, sin saber en dónde estaba; todos quienes entraban me decían el "Cabroncito"; por un momento pensé que el atreverme a hacer una idiotez como la que hice, me había valido el mote. De a poco, fui gesticulando, moviendo las extremidades y en uno de esos esfuerzos llegué a sentir hasta como se movían las uñas.

Al cabo del tiempo, ya podía hablar bien, me retiraron el respirador y lo primero que pregunté fue en dónde me encontraba. Una de las enfermeras fue la que me dijo que estaba en la clínica de Santa Mónica, la cual pertenecía a la Cruz Roja. Y aunque fue lo único que me dijeron, ese dato me alivió un poco, no me encontraba en la enfermería de un reclusorio, eso era una gran ganancia.

Los Doctores no hablaron conmigo, aunque si me veían con un poco de temor y de intriga, solo entraban, checaban, anotaban y salían; a veces, solo una exclamación en su salida cuando ya estaban de espaldas. Al parecer el "Cabroncito" estaba hecho de hule o era el gato de las mil vidas. La verdad, Yo pensaba lo mismo, de tanto querer morir seguía con vida.

Por la noches, en la penumbra de la sala, pensaba en Ella, me atormentaba, me preocupaba, me daba vueltas por las entrañas, se posicionaba en mi conciencia. Reflexiones sobre su estado, sobre su bienestar, sobre su ser. No sabía si estaba viva, herida o muerta, y eso me dolía más que el cuerpo, me helaba los poros, me sacaba de cualquier calma y me provocaba el llanto.

Uno de esos días llegaron unos hombres de traje, bien aseados, altos y con unos documentos en mano. Se identificaron como agentes federales del cuerpo anti narcóticos. Me hablaron sobre lo que paso aquella noche. Resulta que el tipo que iba con Ella era un Capo, el cuarto hombre en la lista de los más buscados de la CIA y Yo, en mi ataque de celos lo había matado. En cuanto me enteré de eso, de verdad quería estar muerto, si no me metían a la cárcel, al poner un pie en la calle, iban a matarme. Me cuestionaron y argumente que simplemente quería hacerle un bien a la gente, me invente una historia, les dije que no pertenecía a ninguna Cartel, ni una banda, solo era Yo, buscando un tiempo mejor.

De Ella, no podía creerlo, se involucro con lo peor de lo peor, siempre su delirio fue el dinero, pero llegar a salir con alguien así, era un exceso. Les pregunté por Ella, pero me respondieron que no tenían razón, que en el lugar de los hechos nunca existió una mujer, y menos de las características de Ella.

Sacaron una de la identificaciones falsas que traía, me llamaron por ese nombre. Mi fascinación por el fútbol, me dio la identidad con la que ahora ustedes me conocen: Raúl Llorente. Confirmé que esa era mi nombre y me fui con la mentira continúa. Se despidieron, me dijeron que después tendría que presentar mi declaratoria en el Ministerio Público y se fueron.

Me quedé aún más intranquilo, pensando en el paradero de Ella y temiendo por mi salida, ahora sí, la había cagado desde arriba hasta abajo.

Escrito Por:
Arturo Lizárragar Osorio

martes, 18 de septiembre de 2012

Capítulo 52 (Cavernas Ignotas)

- Bip...

-Bip, Bip...

-Bip...

-Bip, Bip, Bip, Bip...

Marea digital y acordes de respirador, pinceles de alcohol y acuarelas de sollozos, regresa la conciencia, regresan los sentidos, sabores a tierra y a acero viejo. Pesaban las pupilas, pesaban los brazos, pesaba la cabeza. Mi corazón marcaba los ritmos de un despertar aturdido, de un regreso inesperado.

Despegué los párpados, pantallas de luces y siluetas borrosas, quería entender en dónde estaba, quería comprender en dónde me encontraba. El cuerpo se negaba, cada acción era un lento comando indisciplinado. Me revolcaba en marea nueva, en cavernas ignotas, en torpes caminos. El ser entero me daba vueltas y sentía hasta el latir de la tierra.

De a poco se enfocaron las ideas, se hilaron las razones. Parte por parte se fueron armando las piezas. Abrí un poco más los ojos, paredes en blanco y cortinas comunes, camas a los costados, sabanas de papel, y el Bip Bip que no dejaba de fastidiar a un costado.

Levanté las manos, palpé mi rostro, una goma cubría mi nariz y mi boca; tenía sed, mi cuerpo pegado en cables, cada bocanada que procuraba era un sonido hipnótico muy parecido a la esencia de Darth Vader. Me distraje un segundo imaginándome con un sable láser y un traje negro, me regalé un momento de gracia en medio de la desesperación. No sabía en dónde me encontraba, era obvio que me encontraba en un hospital, pero en cuál hospital, esa era la pregunta.

Recordé lo que había hecho, no sabía cuánto tiempo había pasado, ni si estaba de alguna forma detenido. De seguro si estaba en un hospital no sería en un hospital privado con lujos incluidos. Lo seguro es que me encontraba en un hospital de beneficencia o, a lo mejor, en la enfermería de una penitenciaria, eso, era lo lógico, a nadie lo dejan andar disparando por la calle y luego lo ponen en un nosocomio común.

Conforme fui recobrando las fuerzas, también recobré el temor, no era lo que me dolía el cuerpo, sino el miedo a pasar el resto de mis días encerrado, privado, aprisionado. Perdí el control, y más preguntas me venían a la cabeza, me cuestionaba, la duda es mala pasajera en momentos ciegos. En algún punto, no sabía cómo estaba Ella, solo recordaba verla en la puerta del restaurante, me preocupaba que la hubiese herido, la amé tanto que ahora podría ser su verdugo. Muchas culpas se vinieron en la horizontal, confrontaciones y reproches.

Estaba sumido en el rencor cuando una de las cortinas se corrió; de atrás salió la imagen de una mujer obesa, con el cabello corto, con cofia y con bata en azul. Se tambaleaba al caminar, con mirada dura, con ligero bigote, con bellos en los brazos; sus gestos de enojo, sus caras de mal humor. Se acerco a mí, se me quedo mirando. Movió la cabeza en signo de negación y gritó:

- Ya despertó el Cabroncito.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

viernes, 14 de septiembre de 2012

Capítulo 51 (Afectos Extraviados)

Caí en la oscuridad, en la inconsciencia, en el aslfalto, en el concreto. El mundo se fue y se partió, no comprendía más, nociones lejanas de susurros extraños, sollozo interno de canales salados. Se me escapaba el alma en negros informales.

Por momentos veía los cariños perdidos, los afectos extraviados. Por momentos eran estruendos distorsionados, voces deformadas, y regresaba a la calidez de los sueños, a la cordialidad de la no noción. Agonizaba entre ilusiones y entre ajetreo, las situaciones se mezclaban, aromas a formol y olores de campo; los alientos de infancia y los dolores de la piel. Gritos y gemidos, trazos de tungsteno deambulando sobre un lienzo desvanecido.

Por segundos estaba cuerdo y deseaba morirme, dejarme, olvidarme de este mundo, de ese momento. Por momentos sentía sus las últimas pupilas: acuosas, inconsolables, nostálgicas mientras Ella me despedía el día que nos separamos. Y entonces, eran más fuertes mis deseos de morirme. Lloraba en silencio, lloraba tumbado en el hule.

Después volvía a perderme, a irme y la lógica no tenía forma: estrellas de amanecer, luna previa, ramas de canela en praderas tersas, plantíos de anís, pinceles de viñedos y copas de tabaco. Oleaje sin sentido sobre un oscuro blanco y negro.

No hay luz al final del túnel, ni siquiera vi un túnel, solo los momentos, cuadros surrealistas descoloridos por el tiempo. En esos instantes el lugar añorado es la infancia, el cobijo de los brazos maternos, las palmadas paternas, los juegos fraternos, la comida de los abuelos. En ese momento, no existen las voces que llaman, ni querubines en algodones; todo lo que hay son recuerdos deformados que pasan a despedirse.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

jueves, 13 de septiembre de 2012

Capítulo 50 (En la Incertidumbre)

Estaba en la incertidumbre, en la indecisión; con el estómago hecho pelotas, con la cabeza revuelta, con todo mi entendimiento patas pa'rriba. Estaba en el irme o en el quedarme cuando la vi salir, cuando la vi cruzar la puerta, cuando la vi tomar del brazo al otro y darle un beso. Vi sus ojos fijos en los ojos del otro, contemplando sus alientos, enamorados como hace mucho lo estuvimos Ella y Yo. La vi de frente a mí, y mis venas se implosionaron, el corazón se agrandaba en fast track, ansiedad y rabia, celos y enojo. Ya había pasado mucho tiempo, y sin embargo, verla ahí, verla de frente, confirmando su olvido me lleno la locura.

Desde hace tiempo que no salía sin un arma, así que busqué entre mis ropas, apreté el metal y un grito estalló desde mi cabeza hasta mis piernas. Me dejé ir con furia, soltando la frustración en pólvora; dismutiendo el sufrimiento en vulgar crujir de fuego.

Y como diría el corrido, sonaron siete balazos y sonaron más. Inaudito cretino escupiendo plomo, sin darme cuenta que los escoltas estaban ahí. No me di cuenta de las armas a mi alrededor, de los disparos que a mí llegaban, no me fijé en nada; solo me dejé ir presuntuoso idiota dominado por achares.

Llegó el momento que no veía nada, no la veía a Ella, tan solo me perfilaba con la pistola en mi mano destellando cabreo. La oscuridad dejó de serlo y ráfagas en adrenalina comenzaron a colocarse entre las estrellas y el suelo. No me detenía, perseguía la nada, tonto, ajeno, enajenado. Me fui de filo por la cólera con una pistola entre un cerco de escoltas.

Nunca supe si le disparé a alguien, todo era un caos de detonaciones, iluminación célebre en día erróneo. Nunca supe cuantos me rodearon o quienes me apuntaban, nunca me enteré de mi vida ni de la de nadie.

No sé cuantos pasos habré dado, no sé si estaba cerca o lejos de la puerta de restaurante, cuando, entre el impulso sentí un ósculo caliente, un puntazo en la pierna. No me detuve, era el ardor un método insignificante en la peregrinación suicida. De pronto fue otro, y uno más, llovía lumbre a mis entrañas, mi piel se convirtió en hoguera, danza de brasas resguardándose entre mi carne.

Caí de bruces, azotando mi frente en el pavimento, caí por inercia y por obligación, deposité mi ira en el tropiezo. Hice por levantarme, no sentía dolor, solo un ardor en varias perforaciones, me costo trabajo mover las piernas y los brazos, el aire se hacia escaso, respirar se volvía un privilegio; se nublaron las imágenes, borroso circo rodeando el alboroto; los sonidos se distorsionaban, improvisaciones de final de tiempo.

Quería mantenerme, volver a incorporarme, restablecer el cuerpo, algunos sonidos más a lo lejos y todo se vino negro.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Capítulo 49 (Ilustraciones de Añoranza)

Me quedé un tiempo ahí parado, perdido, con ilustraciones de añoranza y un cuerpo inmóvil. Me quedé mirándola, recordando lo mucho que la amé y el tiempo que no nos dimos. Me quedé sin saber que hacer, con emociones que se dividían, con enojo y con tristeza, con el alma resquebrajada. Sarcasmo mal comprendido, todo inició cuando la perdí a Ella; y ahora, que quería terminar ese camino, Ella se volvía a  poner delante mío.

Me quedé lo que pueden ser unos segundos o toda la eternidad, la relatividad se apropió del momento. Parado frente a la ventana el Dueño ya no importaba. Parado frente a la ventana agonizaba en ritmos lentos, en tierno tempo, en crueles percusiones. Me perdía en la incredulidad de mirarla, después de mucha tormenta Ella ahí y Yo mirándola.

Se vinieron escenas lejanas de un momento ajado. Una lágrima extraviada me partió desde adentro, momentos dilatados en centésimas. Y eran las tardes de lectura; los días que no le pude decir "Te Amo"; Eran los ocasos abrazados, el picnic y los textos de Stephen King para entretenernos. Eran todas las noches que nos amamos y las veces que nos reíamos sin sentido.

El tiempo pasmado, flotando en slow motion, sufriendo los recuerdos que se venían sin tregua. Y fueron las veces patinando sobre hielo, el parque de diversiones, las cenas con sus amigos, el transito parado mientras nos mirábamos. Fueron las nubes y la lluvia a su lado, los despertares. Fueron las calmas de celuloide, las bromas y las introspecciones. Fueron todos nuestros recuerdos queriendo pasar al mismo tiempo, entre besos y entre caricias, entre amor y entre sentidos.

Me quedé un arpegio largo parado frente a la ventana, mientras Ella le daba su atención a otro,y Yo llorando sin llanto, sufriendo con disimulo. De pronto, Ella se volteó a la ventana, con su piel blanca, con sus ojos avellana, con sus risos y su valle de gestos. Me vio y no me reconoció, la transfiguración de mis facciones la hicieron no identificarme; me gesticuló una mueca y se siguió en lo que estaba.

Sentí una mano en el hombro y una voz ronca que me preguntó si se me había perdido algo, no le respondí, encogí los hombros y negué con la cabeza. Diluvio de pupilas y cabeza baja, me retiré con el mismo paso con el que me acerqué y me fui a parar a un lado de la motocicleta, viendo de lejos la puerta del restaurante. Pensé, libré, divagué por ese momento, por esa incertidumbre, por el dolor en las emociones, por el hueco en el abdomen, por Ella y por mí, sin saber si irme o quedarme.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

martes, 11 de septiembre de 2012

Capítulo 48 (Soplido de Curiosidad)

Cogí lo que restaba en las penumbras de mi existir, guardé el pasado reciente en bolsos y en maletas, doble esas paredes cuarteadas y las procuré en el olvido perdido. Era momento de pasar y de salir, de dejar atrás. El tiempo se extinguía en la porcipalapetancia de sangre pasada.

Cogí la pasta y cogí el remordimiento, los puse por separado en compartimentos distantes. Cogí lo que sobraba de mí y me perdí en sombras, en destinos nuevos; me dispuse a partir con los últimos chillidos de la razón. Me despedí de los fantasmas, me cambié el rostro.

Quise avanzar, cambiar, no seguir. Quise parar, pero un soplido de curiosidad, un estrago en el adentro me impulso a buscar al Dueño, era como esa necesidad idiota de otra línea, era como un morbo que se inhala por gramos, adicción de saber y de sufrir. Me prometí solo ir a ver de lejos, me hice la firme promesa de solo mirar quien era, que aspecto tenía, me hice la promesa de solo satisfacer mi curiosidad, ya sin vidas derramadas.

Me trepé en la motocicleta, dejé el equipaje listo y me dirigí a un restaurante del centro de la ciudad en donde el Licenciado me platicó cenaba todos los miércoles el Dueño, el Licenciado me juró con su llanto que el Dueño iba ahí sin guardias y por obligación todas las semanas. Eran a penas las nueve de la noche y estaba consciente de que lo encontraría, mas no, que lo reconocería. Aceleré por el concreto de calles mal pavimentadas, frene en los semáforos, larva de dos ruedas por senderos urbanos.

Llegué al restaurante de lujos excesivos, me estacioné enfrente, del otro lado, justo debajo del murmullo de los árboles. En el lugar había solo escoltas y autos negros, hombres de gafas oscuras por todos lados. Por una ventana pude ver que en el interior solo estaba un mesa servida, con un puñado de personas sentadas, a la distancia no podía reconocerlos, y aunque los hubiera reconocido, quién podría decirme quienes eran o quién de aquellos era el Dueño.

Pero cuando la curiosidad es terca, nada es lógico, así que caminé a la esquina, crucé la calle y me dirigí al restaurante simulando cotidianidad. Puse mi andar en modo tranquilo, la idea era pasar más cerca de la ventana y hechar un ojo para ver a quienes ahí estaban, estúpidamente creí que así reconocería al Dueño, y aunque lo hubiera reconocido qué podría hacer, había más guardias ahí que en la residencia presidencial. Con el tiempo, he pensado que el Licenciado me tendió una trampa, una especie de venganza póstuma, en la cual, no quería caer.

Pasé por delante de los escolta, no detuve mi andar, llegué a la ventana y de reojo observé pa'dentro, de reojo lo primero que vi fue esa cabellera rubia, ondulada en risos y en risas, esos ojos que tiempo atrás me despidieron entre nostalgias de sueños rotos. De reojo, la vi a Ella, tan igual y tan distante, estaba sentada en esa mesa, con la postura que recordaba, con el rostro iluminado, con el rostro que algún día me regalo y me ilumino. De reojo la vi a Ella, era lo único que podía mirar.

Me detuve, me paré en la ventana, no había confusión era Ella, tomando la mano de otro, dándole su sonrisa a otro. Me detuve y se detuvo la vida, Ella ahí, abrazando a alguien que no era Yo; moviendo su mirada por la mirada de otro. Se me helaron las arterias, se me partió el estómago, se me agolpó la circulación, moría más que cuando mataba, Ella ahí y Yo mirándola desde afuera.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

viernes, 24 de agosto de 2012

Capítulo 47 (Aflicción Inconscripta)

Todavía faltaban interrogantes, todavía quedaban cabos sueltos, el quedarme ahí sentado, acostado, inventando la consideración de una nostalgia que se hacia depresión, no era una opción. Faltaba resolver el dilema del Dueño, era una asignatura pendiente, una tarea por terminar. Por un lado, lo sentía como una obligación; por el otro, ya era un tiempo que no podía repetirse.

Hice de mi vida un matar para morir y de algún modo maté lo suficiente para seguir vivo y muerto sollozando la inconformidad de un aflicción inconscripta. Sabía cual era el siguiente paso, el Licenciado me dio a la perfección los datos del Dueño y me indicó cuales eran sus puntos ciegos, me habló de los momentos en que era vulnerable, de las horas donde bajaba la guardia. Tenía en mi mente cada una de las palabras para buscar al Dueño. Sin embargo, una hastío de kilómetros se me corroía por la determinación.

Ahora sé que uno no deja de matar por miedo, no deja de matar por temor. Nunca nadie puede estar tan cerca de tus pasos para dejar de matar. La verdad es: que llega un punto en que la satisfacción se hace remordimiento, se humedece en la pólvora, en la omnipotencia perdida.

Tratar de recordar cuánta gente asesiné ya no era un cálculo certero, solo se podían contemplar desde una remordimiento acumulado, desde tardes de soledad y de introspectiva. De alguna forma me cansé de lo mismo, de alguna forma pensé que ya no tenía motivo ni motivación. En el edificio abandonado tenía dinero como para rehacer mi existir a mi conveniencia, poseía identificaciones para desaparecerme sin dejar marca. Podía elegir cualquier destino, cualquier lugar y simplemente salir da ahí, de esta Ciudad que me torturaba en reclamos sordos.

Mas no sé porqué, el tema del Dueño me contraía en la morbosidad, debía de por lo menos ver quien era, tenía que saber como parecía, si tenía los rasgos que imaginé o solo era una insignificancia. Cargaba conmigo la duda y una estúpida obligación por terminar lo que empecé.

Y así, en el dilema no me entendía; y así, en la inquietud y en el ideal, me perdía indefinidamente. Queriendo huir, necesitando terminar algo que sabía nunca tendría fin.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

miércoles, 22 de agosto de 2012

Acotación 15

Le Volaron los Sesos
El Inquisidor a 14 de Julio de 2011
Sr. Potter.

El día de hoy, amaneció muerta una familia en su domicilio ubicado en la Colonia Prados de Tenango, en el interior de la Casa se encontraron los restos de tres de los miembros de la familia (uno de los cadáveres corresponde a una menor de edad) mientras que se desconoce el paradero de otro de los integrantes de la familia.

Según reportes policiales, el crimen responde a un intento de asalto, sin embargo, en el interior del domicilio no falta nada, aparentemente. Por otro lado, la forma en que fueron muertos infiere otros motivos, ya que, los tres cuerpos fueron encontrados amarrados de pies y manos con cinta.

La menor de edad fue muerta de un balazo en la nuca, y los otros dos cuerpos restantes (que de acuerdo a los primeros peritajes corresponden al padre y la madre de la menor) fueron torturados. En su análisis el forense a determinado que la mujer murió desangrada por cortes en las muñecas de ambas manos, y que el hombre sufrió diversas contusiones y finalmente le abrieron el cráneo para extraerle la masa encefálica.

Por lo que se puede observar, la masa encefálica de la víctima se utilizó para realizar diversos dibujos en las paredes de la casa, estos dibujos, una vez más, corresponden a bandas de grunge de los noventas, y conservan una determinada similitud con los dibujos que se han visualizado en otras escenas de homicidio.

En un dato a destacar, la víctima a la que le sustrajeron el cerebro, es el mismo Licenciado que representa a los dueños de la bodega que fue incendiada no hace mucho tiempo y en donde uno de los guardias fue decapitado. En esa bodega, también se encontraron estos dibujos.

En lo referente a este hecho el Comandante Negrete, quien esta a cargo de esta investigación, negó cualquier vínculo entre estos delitos. Al mismo tiempo, señalo que la segunda hija del matrimonio no aparece, por lo que dispondrá de su tiempo para dar con su paradero.

Por el momento podemos decirles que los asesinatos del Grunge no se han terminado.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

lunes, 20 de agosto de 2012

Capítulo 46 (Bosques de Olivo)

Al dejar a la Niña ahí parada sobre un amanecer que se enredaba por una noche agitada, después de dejar a la Niña me regresé al edificio abandonado, simulando la discreción, perdido en sangre. Mis pasos eran gotas de tragedia en una vida perdida; la ternura de la compulsión por asesinar se marcaba sobre los siniestros colores de las sombras.

Me quedé varios días perdido, pensando los pensamientos, recobrando recuerdos, a veces la recordaba a Ella con su cabello dorado en los buenos días, la recordaba con más fuerza, la recordaba desde el incomodo destino. Por Ella había querido vivir, y Ella fue quien me hizo querer morir; y de morir a matar solo di un paso.

Cuando se mata, uno se pierde en recuerdos vagos, en culpas de justificación y señala los puntos muertos de un subconsciente extraviado. Ya me estaba cansando de matar, ya me estaba cansando de vivir y tenía que culpar a alguien, debía de justificar mis actos responsabilizando a otros. En un inicio la culpe a Ella, después, culpé a la vida, la gente, a los prójimos, a los fantasmas de los niños que me volvían loco por las tardes y por las mañanas; por último culpé a Dios, aunque en él, nunca hubiera depositado mi fe.

Me quedé más tiempo del suficiente compadeciéndome y compadeciendo a mis víctimas, me quedé arrinconado en el piso, recostado en el vientre de la oscuridad, consintiendo la soledad de una realidad irreal.

No comprendía si era mejor morir en el remordimiento o si morir por error, cada asesinato era una mirada que se pegaba en las pesadillas, el Gordo, los Policías, los Asaltantes, el Licenciado... cada muerto tenía una mirada distinta tatuandose en la configuración de las paredes. Sin embargo, cuando llegaba a los ojos de la Niña de mirada lejana, las retóricas eran más profundas, más punzantes, la contradicción de matarla y quererla viva, el dialogo confundido entre amarla y saberla perdida.

Las fuerzas para matar se extinguían y la necesidad de morir se acrecentaba. Bosques de olivo y aceite de oliva se patinaban en el requerimiento de un pasado no vuelto. Y de pronto, entre las conjeturas, recordé que el Licenciado tenía dueño, que el Licenciado no estaba solo y que el Dueño me buscaría por todos los rincones, recordé que no había terminado de matar ni de morir. Por un momento, recordé que mi forma de morir era matando.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

miércoles, 1 de agosto de 2012

Acotación 14


Sales de mí
y te recuestas en el rencor lejano,
en las palabras que no hemos dicho,
en la intranquilidad del desencanto.

Somos prójimos ajenos,
simulando simulacros.

Te sales en la lluvia,
en la indiferencia,
en el sarcasmo,
en las heridas,
sin textos para pretextarnos,
y ambos sufrimos
y ambos
          nos alejamos.

Sales de la pauta
y de la falta de diálogo,
te sales en azul descarriado,
no hablas,
no hablamos,
circunstancias mutuas,
sin hacernos daño.

Sales de mí,
me ahogo,
me desespero,
no te alcanzo.

Sales,
regresas,
te miro,
nos ignoramos.

Sales de mí
y Yo
          no te alcanzo.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

lunes, 30 de julio de 2012

Capítulo 45 (Dogma de Fe)

Salí de la casa del Licenciado con la niña agarrada a mi mano, tomada de la mano de quien ha matado a su familia. Salimos juntos a la calle, con sus pequeños pasos apresurados, con su cabello despeinado y su pijama de figurillas. Llegamos a la motocicleta mientras el amanecer amenazaba con hacer su entrada. Se talló sus ojos, me agachaba la mirada, la cargué con cuidado, la monté delante de mí en la motocicleta y le pedí que se agarrara con fuerza, le coloqué mi casco que le bailaba sobre sus hombros y arrancamos. El sonido del motor fue la obertura de un día que comenzaba a demembrarse en el vecindario.

Salí de ahí, con la fragilidad de un infante tomada en mis brazos, no era mi hija, no era nada mío, ni la sangre ni los genes los compartíamos y, sin embargo, en un breve momento de aplomo esa niña se sujeto a mi cariño. No tenía muy en claro qué hacer con ella, matarla, abandonarla, llevarla a jugar con los fantasmas de los niños a las ruinas del edificio, entregarla y entregarme, ponerla en una estación de metro, simplemente pararla en la calle a esperar la piedad o la buena fortuna.

Como un discernimiento de clemencia me acordé del sacerdote que me había regalado la ropa, de la Iglesia a la que me llevaba la Niña de mirada lejana, y puse rumbo a ella. Si Dios existe, en sus manos habría de dejar a la niña, en sus manos ponía el destino de esa niña a la que hice huérfana. Si Dios existe, esa niña estaría cobijada por su amor y por sus bendiciones. Era ahí, en la Iglesia, en donde debía de dejar a la niña.

El sol ya se proclamaba en sus ritos iniciales, las calles comenzaban a tomar vida y yo abrazaba a la niña de su cuerpo, procurando que no se cayera. Ese trayecto fue un breve devenir de anhelos, la ternura de la niña se tomaba con fuerza a mi brazo, se aferraba mientras el casco le bailaba. Era esa niña de aplomo, de ilusión entre enojo, de mirada inamovible, de expresión perdida pillándome por el brazo hasta el querer. Si debo de ser honesto, por un momento se me desbordo el corazón; por un momento imaginé mi vida de una forma distinta, abrazando a esa niña que no era nada mío y que se permeaba por la fantasía de lo que nunca ha sido.

Llegamos a la Parroquia, la bajé de la moto, me volvió a tomar de la mano y caminamos hasta el atrio en donde pichones y zorzales arrullaban los adoquines. Le quité el casco, me agaché a su estatura, la miré con cuidado, con la facción cambiada en tristeza, ella con la misma careta de siempre, ni miedo ni nostalgia se le asomaban en el mirar. Me puse a su altura y le expliqué que debía de esperar ahí un momento, que en cuanto abrieran la Iglesia tenía que entrar y preguntar por el Padre; le supliqué que siguiera esas instrucciones, le dije que al ver al Padre le dijera que la habían dejado ahí para encontrar un nuevo hogar. Le tomé la mano, se la abrí y en ella le puse toda la pasta que cargaba conmigo, un pequeño rollo de billetes y me despedí.

Dejé a la niña ahí, parada en el atrio, con unas instrucciones insípidas y en la esperanza de que Dios existiera; dejé a la niña ahí con un dogma de fe como argumento y como redención. Me dí la vuelta sin querer mirar pa'tras; me dí la vuelta prometiéndome no regresar, con un pequeño ciruelo que se amargaba en la garganta y se impulsaba por la emoción.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

viernes, 27 de julio de 2012

Capítulo 44 (Fractales de Ternura)

La mirada de la niña se me incrustaba en la conciencia, era un espejo inmutable en donde se reflejaba un aplomo sin careta, era una niña mirándome, atada de pies y de manos, con la boca sellada. En ese momento hubiera deseado que el gaffer estuviera en sus ojos y no en su boca. Le miré con calma, con sigilo, con paz. Frené mi salida, la niña aún seguía viva y eso era un problema para mí, me podía identificar, me podía señalar, podía narrar los hechos y eso llevaría a la policía a dar conmigo tarde o temprano, si ya había cometido las suficientes tonterías como para que me pillaran, esa sería una mayúscula. No podía dejar a la niña con vida ahí donde estaba.

Me aproximé a ella, con un dedo en la boca le pedí silencio, con la mano abierta le pedí calma. El qué hacer con ella parecía una solución obvia, las opciones eran lógicas mirando el cuarto y el suelo y los muebles y el techo y la atmósfera delineada en muerte.

Me puse cerca de ella, le coloqué mi mirada frente a la de ella, no temblaba, no gritaba, no se movía, solo observaba, perdida en un tiempo presente que busca retener los índices de los sucesos. Su ver era una formulación de juicio en realidad; su mirada era un cincel que se acomodaba en el miedo y en la clemencia.

Tenía la pistola cerca y el cuchillo entre las ropas, tenía la oportunidad y tenía la facilidad. La niña ahí, viva, no era una opción. La elección de como hacerlo ahora era solo mía. Cogí el cuchillo, observé a la niña entre la cuchilla que brillaba en rojo. Cogí el cuchillo y lo puse en su frente, Cogí el cuchillo y lo puse en mi frente. Era una decisión que me estaba tomando más tiempo de lo debido, matar era la respuesta lógica.

Pero en un punto, sus ojos ganaron mi piedad, su mirada me recordó la humanidad; su fragilidad serena, su aplomo, su fuerza, su débil cuerpo, su cuerpo atado, todo logró que crecieran fractales de ternura por la inclemencia de mis actos. Tomé con más fuerza el cuchillo, lo puse cerca de sus manos, le quité el Gaffer; le liberé las piernas, le descubrí las palabras, la puse de pie.

La niña no grito, no profirió semblante alguno, se quedó ahí, parada, mirándome. Me di la vuelta, no podía permanecer más tiempo, me encaminé a la puerta, la niña no se movía. La miré sobre el hombro, de reojo. Seguía ahí, extendí el brazo, abrí mi mano, la niña pegó una ligera carrera a donde me encontraba, tomó mi mano, le sonreí nervioso.

Salimos caminando, con la niña tomada de mi mano, a final de cuentas dejarla ahí viva, hubiera sido un grabe error.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

miércoles, 25 de julio de 2012

Capítulo 43 (Pánico)


Miré el televisor unos minutos, cambié de canales y encontré la repetición de un partido de fútbol de mi época de infancia, lo estaba viendo cuando el Licenciado comenzó a moverse, no tenía la intención de seguir esperando, así que fui a la cocina, tomé un balde, le puse agua fría y regresé a la sala para tirársela en la cara. No se movió mucho, apenas inició la mirada, le abrí los ojos con las manos, le di unas hostias de ida y de vuelta, se espabiló un poco, le repetí la rutina, tantas veces que me comenzaron a arder las palmas de la mano; cuando terminó de reaccionar me volteó a ver, se quedó asustado, sus pupilas eran terror dilatado, sus labios temblaban aún por debajo de el gaffer. Miró a su alrededor y vio a su familia en la misma situación que él. El pánico lo forzó a querer moverse, a agitar todo el cuerpo, le di un para más de cachetadas para que se quedara quieto.

Su mujer y sus hijas comenzaban a reaccionar también, me acerqué al Licenciado, me senté junto a él, le pase el brazo por encima de su hombro y le puse el cañón de la pistola en su mejilla. Le advertí a lo que iba, le advertí todo el asco que sentía por él, le sentencié que solo existía una manera de que las cosas se arreglaran, y esa forma era confesándome paso por paso quien era su jefe, quien era el Dueño de la bodega y como lo podría encontrar.

De pronto sentí un calor húmedo por debajo del sillón, un charco cálido y amargo se formaba rápidamente, el muy cerdo se había orinado, su miedo lo controlaba. Me levanté de su lado de inmediato y le dije: que si eso era miedo para él, no tenía una idea de lo que seguía; le visualicé un tantito de lo que se le venía y él nada más me miró con ese susto y ese temor que ya no se podían narrar.

Me dirigí a su hija mayor que tenía la misma expresión que su padre, la tomé por los brazos y la puse de pie, la coloqué de frente al Licenciado, para que pudiera mirarla a los ojos. Su esposa gemía gritos y expulsaba llanto. La hija pequeña solo me miraba, ya sin expresión ni entendimiento. El Licenciado quiso hablar, gemía, suplicaba, no sé cómo se puso de rodillas. Lo observé con atención y le platiqué que eso era solo una advertencia para que colaborara. Le puse la pistola a la niña mayor en la nuca y le disparé, su cuerpo se vino pesado, la solté y ella cayó en un entintado de sangre. El Licenciado era una magdalena doblando el cuerpo.

Me fui en dirección al Licenciado de nuevo, lo levanté y lo puse en el sillón otra vez. Le di un par más de hostias para que se calmara un poco, le dije que el espectáculo no había terminado. Agarré a su esposa, la coloqué cómodamente. El Licenciado, seguía con sus gemidos. Saqué una navaja para afeitar, la abrí, la rosé por el cuerpo de la Esposa, le recorrí los brazos, la sentí en su piel blanca con una navaja afilada. Le descubrí las muñecas de las manos, lentamente la miré, lentamente palpé el pulso en sus brazos. Empuñé la navaja con fuerza y con ternura, empuñé la navaja por el terciopelo de su carne y sin más remedio corté las venas de sus muñecas. Un flujo de vida se asomo a penas encima de sus manos, la Esposa me miró ya con una suplica calma en petición de piedad.

Me dirigí al Licenciado, me le puse cara a cara, le expliqué que su esposa se desangraría si no hacíamos algo rápido, pero para que eso sucediera, me tenía que contar todo lo del Dueño de la bodega, sin gritos y sin llantos, por una vez lo quería ver comportarse como hombre. Le quité el gaffer de la boca y quiso gritar, de inmediato un puñetazo le llegó, se calmó, se puso a llorar entre suspiros y entre asfixia como niño regañado. Hablo entre sollozos y me dijo todo lo que quería saber.

En cuanto terminó, volteé a ver a la Esposa que ya no reaccionaba, la vida se le había fugado en lo que nosotros hablábamos. Me miró el Licenciado pidiendo clemencia, como si él tuviera esa clemencia. Caminé para atrás de él, me puse a sus espaldas, tomé la navaja y con energía le corté el cuello, me regresé delante de él, mi coraje no se calmaba mientras lo veía morir. Fui a la cocina y tomé un cuchillo más grande, de esos que se usan para partir la carne. Regresé y le comencé a tumbar la frente, el todavía no moría, le tumbé la frente con ese cuchillo hasta que logré abrirle el cráneo, y en cuanto me encontré con su masa encefálica la saqué con los dedos e hice mis tradicionales dibujos por toda la casa, en las paredes, en el piso en los muebles.

Ya iba de salida cuando volteé y decubrí que la hija menor seguía viva, viéndome desde su lugar, sin expresión ni susto, era esa niña simplemente mirándome en mi demencia.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

lunes, 23 de julio de 2012

Capítulo 42 (Mitigando el Enojo)


En este momento, me gustaría hacer una pausa antes de continuar, advertirles que lo que hice no me llena de orgullo, y que para muchos estas palabras serán ofensivas, mis hechos serán vejados por su moral y valorados como la esencia de la perdición. Quiero advertirles, que lo que sigue son los actos de una bestia mitigando su enojo. Por lo que entenderé si prefieren no leer o quieren juzgar las siguientes letras.

Como lo había predeterminado salí de noche, me fui con calma por las calles que comenzaban a mutarse en desiertos; recorrí los tonos azules de una luna calma; me asocié con la majestuosidad del sigilo. Era Yo, la noche y el disimulo montados sobre la motocicleta.

A las pocas cuadras de llegar a la casa del Licenciado apagué el motor de la motocicleta y me fui caminando de a poco, la llevé hasta un lugar seguro y la recargué en la penumbra de un árbol; Me trepé por el árbol, lo subí y me columpié hasta el muro, me deslicé en la oscuridad por la franja de concreto, encontré el lugar para bajar, con cuidado y sin hacer ruido caí dentro del jardín de la casa del Licenciado.

Caminé hasta la puerta de la cocina, la abrí sin ningún problema (la mayoría de la gente no le pone llave a la puerta de la cocina), metí las manos en la mochila que llevaba, saqué la pistola, encontré el cloroformo, humedecí un trapo con el cloroformo. Subí por las escaleras y lo primero fue buscar el cuarto del Licenciado, lo encontré, me metí casi sin hacer sonar el sonido.

El Licenciado dormía con su mujer, con precaución me aproximé a él, cogí el trapo y se lo puse en el rostro no hizo mas que seguir dormido, me fui al sitio de su mujer y le apliqué la misma estrategia, ninguno de los dos proclamó reproche, creo que, por su forma de dormir, ni el trapo, ni el cloroformo eran necesarios.

Me fui al cuarto de las niñas, encontré primero a la mayor como de 10 años y le repetí la rutina, al entrar al cuarto de la menor (de 6 años), abrió los ojos se me quedo mirando con ojos de espanto, con mirada de terror, no gritó, no dijo nada, solo eran sus ojos muy abiertos y su cuerpo temblando. Me hizo dudar, me tabaleó con su fragilidad; por un segundo pensé en no hacer nada, pero ese breve momento se diluyó en la oscuridad que me consumía. Extendí mi brazo y abrí la mano en signo de calma, me moví hacia ella pausadamente, y ella solo me miraba. Me acerqué lo suficiente para aplicarle la técnica del cloroformo y dejarla inconsciente sobre mis brazos. La cargué hasta la sala y la amarré con ternura, con los brazos atrás y los pies juntos, le puse un trozo de gaffer sobre la boca.

Me regresé por los demás y la técnica era la misma, sobre uno y sobre otro, la única diferencia fue la forma en que los coloqué, el lugar que le dí a cada uno, a las niñas las recoste juntas sobre un love seat, a la esposa la puse en el sillón individual, y al Licenciado lo senté en el sillón más grande del cuarto, el que daba de frente a una pantalla plana de grandes dimensiones.

Ya con todos ahí me di cuenta de que se me paso de largo la forma en que iba a despertarlos, la ficción televisiva me ha enseñado muchas cosas, pero nunca, como se despierta a la gente después de una breve dosis de cloroformo. Por lo que decidí sentarme junto al Licenciado y prender el televisor para mirar un poco de tv en lo que ellos reaccionaban.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

viernes, 20 de julio de 2012

Capítulo 41 (Ira Colérica)

Los días siguientes se llenaron de rabia, me escurría el enojo por las venas, se adhería la impotencia en la noche y en el día; el sol ardía sobre los pensamientos, una suave angustia se revolvía en la frustración. Las tardes pasaban con la necesidad de golpear, de matar, de gritar; llanto de furia contemplando el tiempo. Me torturaba la idea, me estrangulaba la urgencia. Sentir la prioridad de la desconmensurable tiniebla dominando los actos. No puedo entender cómo me contuve, no puedo entender cómo pude darle orden a mis pensamientos.

Por unos días me encerré a apalear la soledad, ni los niños, ni la Niña de mirada lejana murmurando desde la sanja me podían calmar. Por un breve momento, era Yo, dando vueltas en el mismo espacio, dislocando unos pies presurosos y una ira colérica. La exaltada venganza nunca se había hecho tan presente, tomaba forma, me dominaba, me poseía, me suplicaba.

Ese hijo de puta dos veces me sangró y no existiría una tercera. Al poco tiempo salí del edificio y comencé a seguirlo a distancia, a discreción, lo seguí paso a paso, la observación era una de mis herramientas consentidas y ahora le tocaba ser observado al Licenciado. No lo iba a dejar ir, era su óbito la idea primordial en ese momento.

Ya no era ni héroe ni villano, ero Yo y sólo Yo jugando mi propia guerra, era Yo extraviado en una lucha que cogía sentido en la dirección de mis pensamientos. El mundo se recorría a parte, la vida no era mi vida y lo que inició en una idea estúpida se convirtió en la trayectoria perdida de una vendetta.

En el tiempo que lo seguí imaginé miles de escenas, imaginé miles de insultos, me involucré en la participación de la invención de nuevas maneras de hacer sufrir. El Licenciado sufriría y sufriría desde el alma hasta la epidermis. Durante el tiempo que lo seguí, lo vi en incontables ocasiones esconderse, únicamente era valiente tras el culo de sus guarda espaldas, solo era valiente protegido en su muro de gorilas, pero él era un cobarde, un animal temeroso que se hizo de poder por suerte o por error.

Después de seguirlo descubrí que su punto débil eran las noches, no las pasaba fuera, permanecía en su casa, a lado de su mujer que le gritaba hasta la calle, jugando con sus hijas, escondido tras las bardas de concreto que rodeaban su hogar. Era ahí, sin custodios ni seguridad física, donde pasaba las noches. Sus mastodontes no se quedaban a proteger su miedo y solo era su familia la que ahí estaba un día y otro también.

Hice un plano detallado de lo que supuse era el interior y diseñé como entrar, sabiendo que debía de entrar de madrugada y con cuidado extremo para no hechar a perder de nueva cuenta el intento. Estaba decidido, el Licenciado moriría en la comodidad de su hogar.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

miércoles, 11 de julio de 2012

Acotación Perdida


Nos miramos en silencio
noche de dos,
de miradas extraviadas.

Te escucho en silencio,
entras por las estrellas,
te impregnas por las nubes,
te quedas en mí.

Nuestro tacto inquieto,
la luz de tu sonrisa,
nuestra visión mimetizada,
labios intranquilos
necesidad de aliento.

Nos miramos en nosotros,
caricias de algodón
y luna entrometida.

Te trepas por los poros,
me escurro en la emoción,
romance de media noche,
arrullándonos a los dos.

Nos miramos sin fatiga,
ósculos en el alma,
cariño en exaltación.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

lunes, 9 de julio de 2012

Capítulo 40 (Al Borde del Holocausto)


Los perdí, pero un ardor de tinieblas se escurría por mi cuello; si me apuntaron, no lo hicieron del todo bien; si la bala me tocó solo fue un ligero rasguño que dejó su fuego en mi cuello. No podía detenerme, no podía parar, aún con mi cuello quemando mi ropa, aún con la sangre que se patinaba por el viento y por los poros.

Seguí a toda velocidad, tanto como pude, en un momento dejé el Circuito Exterior y me metí por calles menores hasta el edificio abandonado. Dejé la moto y me seguí por la neblina de una visión que pretendía apagarse, agarré un poco de alcohol y me lo puse en la herida, volvió a arder, se me desagarraba el consiente. La sangre se exponenció hasta el sur de mi cuerpo, mientras, seguí curando la herida; la cubrí con una gasa, se marco de carmesí.

Me senté un momento, estaba débil, estaba inquieto, estaba frustrado. No se puede ser tan torpe, me respaldé en mi soberbia para actuar, imaginé que siempre matar era sencillo, ya para mí era una práctica común, ya para mí era un ejercicio simple sin derivaciones de por medio. Fallé porque me acostumbré a la sencillez de apuntar y de disparar, a la practicidad de solo jalar del gatillo. Ya no debía de confiarme, la conformación de la herida doliendo era un recordatorio permanente, debía actuar con cautela y con precisión.

En ese momento, un rencor nuevo fluía por la dicotomía del pensamiento: acababa de fracasar por mi ímpetu y mi arrogancia, y eso, me encendía, me inflamaba, me exasperaba; por otro lado, la cara de miedo del Licenciado, me llenaba de una ira distinta, alguien tan cobarde, alguien tan maricón, alguien tan improbable me mandó dar la paliza de mi vida, me puso al borde del holocausto y no le pude tocar.

Abrí una lata de atún y me la comí. Llevaba un discernimiento maldito por la contemplación de los errores, sabía que habría que regresar, que ese hijo de puta del Licenciado no podía quedar con vida, no era lo que Yo quería; lo quería ver sufrir, lo quería ver rogar, lo quería ver palidecer y suplicar hasta el momento de su muerte. Le quería obsequiar una agonía dolorosa, pausada, sádica, imborrable en la reencarnación y en la purificación.

Mi espíritu era una trágica conglomeración de rabia. Me senté con los fantasmas de los niños, jugué con ellos por obligación y acordé que debía salir a buscar el punto débil del Licenciado, o moría él o moría Yo.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

viernes, 6 de julio de 2012

Capítulo 39 (Paladar de Cobre)


Por un tiempo esperé afuera, preparando las balas, disponiendo la furia, incrementando el enojo, el Licenciado tendría que salir tarde o temprano, y ahí, lo estaría esperando. En el punto en el que me encontraba la soberbia llena el cuerpo, la omnipotencia ciega la realidad, de tanto matar uno se hace prepotente y siempre se tiene la seguridad de que con levantar el arma las cosas saldrán sin dificultad.

Lo esperé a un lado de la moto, cuando empezaba a atardecer, antes de que el alumbrado se encendiera, salió el Licenciado: primero llegó el auto, se abrió la puerta del edificio, salieron los guaruras, abrieron la puerta de atrás del coche, en ese momento, me encaminé para acercarme, salió el Licenciado, levanté la pistola, apunté directo. Sobrado en mí escuché un grito, los guarda espaldas sacaron sus armas, me apuntaron, paladar de cobre y barullo entre concreto. Me vieron, solté el primer balazo, un intento perdido que fue a dar a otra parte; Sonaron sus armas, sonó fuego de plomo persiguiendo mi cuerpo, solté un segundo balazo, la mirada del Licenciado era un temor de pánico, un miedo calado que lo permeaba hasta el espanto, sus reflejos eran lentos, sus pupilas se ampliaron, el Licenciado destilaba pavor, él era un idiota asustado en medio de una balacera.

Siguieron sacudiendo el aire con disparos; Yo no había atinado ni un sólo impacto. seguí disparando, en desesperación y en defensa propia; la puntería me abandono ese día, por fortuna, a ellos también les cambiaron la mira. Me di la vuelta, corrí a la motocicleta, disparaba sin apoyo y sin puntería; encendí la moto, me arranqué; ellos salieron detrás mío. Aceleré a fondo, di la vuelta en sentido contrario, me subí a la banqueta, entronqué con una avenida, pasé enfrente de las patrullas, tomé una glorieta, me brinqué un semáforo, y ellos seguían atrás de mí disparando en movimiento, sin dejarme descanso.

Se escucharon los berridos de las patrullas, luces en azul y en rojo cubriendo mi sombra. Le forcé el motor a la motocicleta, iba en diagonales, en trazos abigarrados por un tránsito permisivo y tolerante. Intenté meterme en calles menores, en pequeñas vialidades. El auto seguía atrás de mí, no me dejaba, las patrullas nos hacían escolta. Al dar la vuelta en una calle, me topé con una patrulla cruzada cerrando el paso, no sé comó me la sacudí por la acera.

Por un momento el auto se me emparejó, me di cuenta de que el Licenciado no iba dentro, el muy cobarde de seguro se hecho a correr para adentro del edificio. El motor ya no daba para más. iba en el límite de la aceleración. No podía sacudirme esa marca entre soplidos de pólvora, me pisaban las espaldas, se me quedaban pegados. Intente dispararles, se me cayó la pistola de las manos. La policía nos seguía, era mucho escandalo, era una tarde perturbada por una persecución en violencia de asfalto.

De pronto recordé las reparaciones del circuito exterior, de seguro el caos llevaría un tráfico que me daría ventaja, no estaba lejos, me dirigí con el mapa planeado, fue cuestión de unas cuadras, de tolerarlos por unos minutos. me dí una vuelta en "u" para soltarlos un poco. llegué al circuito exterior, era un esqueleto de autos parados, circulando lo mínimo de vez en cuando. Me metí entre esa columna de desesperación y de claxon.

Los comencé a perder, por el retrovisor observé como se bajaron a tratar de seguirme a pie, no les dieron mucho las piernas, me alejaba. De pronto solo sentí un dolor cálido, un fluir a media temperatura bajando por el cuello, bifurcándose en la espalda y en el pecho, uno de los imbéciles me había atinado, en el último momento una de las balas me alcanzó y me besó por el cuello.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

miércoles, 4 de julio de 2012

Capítulo 38 (Intentando Dilucidar)

Llegué a la dirección indicada, a un edificio en tonos rosados; me bajé de la moto, y no tenía la más mínima idea de como conocería al famoso Licenciado, a lo mejor era alto, chaparro, de lentes o usaba jeans. Me quedé un tiempo parado en la banqueta intentando dilucidar el aspecto del Licenciado. En ese momento llegó un auto azul de vidrios polarizados, se bajó un hombre alto de lentes oscuros y cara de mafioso, del lado del conductor se bajó otro de igual aspecto; salieron dos hombres iguales del interior del edificio, abrieron la puerta trasera del vehículo y salió un tipo bajo de estatura, barba de candado, traje azul y corbata de dibujitos, peinado de lado y mirada de prepotencia. Imaginé que ese era el Licenciado, podía asegurarlo si no fuera porqué en la singularidad de su actividad muchas personas podrían llegar a ese edificio con la misma prepotencia y la misma apariencia.

Tenía que estar seguro, así que dejé pasar un tiempo, dejé que se disolvieran los guarda espaldas y que el Licenciado entrara. Después de un rato, puse el arma en la motocicleta, me acerqué a la puerta, toqué el timbre, me respondió la voz de un hombre y me preguntó por mis motivos, le dije que me habían mandado a ver al Licenciado, que me envió la Patrona porque tenía un asunto pendiente y ella me lo recomendó para que me solucionara el problema.

Me abrieron, salieron los dos tipos de un momento atrás y me pidieron una identificación, les dí una de las credenciales falsas que había comprado; me cachearon hasta por los poros del cabello, me indicaron que subiera al cuarto piso y que ahí me iban a recibir.

Me encaminé por los pasillos de bombillas encendidas, por las escaleras de pasamanos en negro, por las paredes de tirol blanco, por el mármol y la estreches del mal lujo. Al llegar al cuarto piso una joven de lentes y traje sastre me volvió a interrogar, le volví a repetir lo mismo de antes; me pidió que esperara un momento en lo que me extendió la mano indicándome que me sentara en un loveseat de cuero negro. Tomé asiento y aguardé quince minutos, una hora, dos horas, ya después de mucho tiempo salio el tipo que se había bajado del auto, me saludó al tiempo que se autentificaba conmigo como el Licenciado al que buscaba.

Me pasó a una sala de juntas y me volvió a preguntar por mi asunto. A él no le podía repetir las palabras de antes, por lo que, le inventé que mi hermano estaba en prisión (Yo ni hermano tengo), por supuesta venta de drogas, pero que no era culpable, que por favor me ayudara. Estaba en eso cuando le sonó el móvil, lo contesto y recuerdo muy bien lo que dijo:

- Si mi amor... si, yo lo sé... diles a las niñas que voy a llegar temprano para jugar con ellas... besos... te quiero.

Se disculpó y se volvió a dirigir a mí diciendo: que el cobraba mucho, pero que por haberme mandado la Patrona me cobraría menos; me intento tranquilizar diciendo que si el caso era difícil tenía contactos para hacer que mi hermano saliera libre; me pidió que le llevara los documentos del caso y que se los dejara con lo tipos de la puerta y que él se encargaría.

Nos despedimos de mano y no se porque los abogados siempre le quieren dar a uno un abrazo, creo que es porque le quieren robar la cartera. En fin, salí de ahí, me regresaron mi identificacioon y me fui a la moto, mientras, lo esperaría afuera, lo esperaría ya armado.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

lunes, 2 de julio de 2012

Pausa y Reflexión


Hoy me dirijo a ti. Tal vez, no nos conocíamos; quizá, ya nos hemos visto; a lo mejor, tenemos diferencias irreconciliable o somos grandes amigos. A ti y solo a ti me dirijo, en la voluntad y en la razón, alejado de las bromas y del chacoteo. Me dirijo a ti en preocupación y en súplica.

Hoy se despierta México con la tristeza de una tragedia, llenan las redes sociales los comentarios negativos, las desilusiones y la pesadumbre por un proceso electoral que no fue el deseo de muchos. Se pone el pesimismo por delante y se abre la oportunidad al lamento. Yo puedo decir que cualquiera que hubiera sido el resultado el día de ayer en las elecciones a presidente, hoy México, estaría llorando la misma desgracia. Y si hubiera sido Andrés Manuel o Josefina o Gabriel, el País se lamentaría por igual. Este resultado es la crónica de una muerte anunciada, este resultado es la consecuencia de solo sentirnos demócratas por seis meses cada seis años.

Leo mensajes de pena, de vergüenza, de desilusión. Culpamos al otro, culpamos al sistema, culpamos a las instituciones y descalificamos nuestro esfuerzo. No dudo que hayas ido a votar, que invertiste tu entusiasmo y tu tiempo en tachar un papel con la ilusión de un País mejor. Dispusiste de tu mañana, de tu día, de una hora o de cinco horas de tu tiempo, enviaste mensajes por Facebook o por Twitter, alentaste al otro a participar y lo trataste de convencer de actuar. Mis preguntas son: ¿Cuánto tiempo le dedicaste a tu País los últimos seis meses? y ¿Cuánto tiempo le has invertido a tu País en los últimos seis años?.

Habrá quienes tengan una participación más activa que los otros, habrá quienes digan que siempre van a mítines y marchas, habrá quienes se justifiquen para salvarse. La verdad es que la gran mayoría de los que hoy nos quejamos nos hemos ocupado de nuestro País en pequeñas porciones. Y nos sentimos altamente mexicanos el 15 de Septiembre y el 12 de Diciembre. El tiempo restante nos acomodamos en nuestro confort, en nuestro lugar seguro y desde ahí apenas opinamos y poco actuamos.

Hoy nos indignamos, hoy nos quejamos, pero ayer no hicimos nada, y dejamos que pasaran los asesinatos, y dejamos que siguieran las mentiras y no denunciamos y no colaboramos. Y entonces dejamos que pasen los años y esperamos que por magia surja un Mesías, un salvador nacional que nos llevará por buen rumbo. Ponemos nuestras esperanzas en los Partidos Políticos que tantas veces nos han decepcionado  y seguimos en la espera del milagro. Te puedo decir que la redención no la encontraremos en la espera del milagro.

Estamos tristes, divididos por colores partidistas, por ideologías distintas. Estamos frustrados y sentidos, tocados en nuestras esperanzas y en nuestra colectiva conciencia. Sin embargo, la rabia pasara, se hará más calma y muchos de los que hoy reclaman, mañana estarán sentados de nueva cuenta en su comodidad, mirando las olimpiadas o los programas de domingo por la tarde, y desde ese sitio nos quejaremos sin hacer nada.

Sin embargo, hoy te digo que el cambio puede iniciar en este momento, que el cambio no esta en una elección presidencial o en una campaña política, el cambio esta en nosotros, hoy y mañana y siempre. El cambio de este País no esta en esperar que llegue alguien a salvarnos, esta en nosotros, esta en nuestra voluntad y en nuestra disposición. Esta en nuestro cotidiano, en no permitir que las cosas sean inmutables.

Podrás no ser de los que salen a marchar por la calle, yo tampoco lo soy y no es lo que te pido. El cambio esta en los pequeños detalles, en modificar nuestro entorno. Muchos se reirán y querrán descalificar mis palabras como utopía, como irreal, como ilógicos, sin embargo, yo sé que tú puedes. Estoy convencido que todos podemos y que si trabajamos juntos desde lo más básico, este País no dependerá de Enrique ni de Andrés, sino de nosotros.

Hoy empecemos a cambiar y cambiemos cada uno. Si tienes la oportunidad, no te pases el semáforo; si te van a infraccionar, no pagues mordida; si eres empresario, dale el sueldo justo a tus empleados; si eres comerciante, paga lo justo y cobra lo justo; si eres mexicano exígente al máximo y trabaja por hacer las cosas siempre mejor. Se que es difícil, que requiere nuestro esfuerzo diario, pero que esta pesadumbre nos sirva de experiencia, trabajemos con el ejemplo.

Me dirás que los medios manipulan a la gente, entonces no dediques tus domingos a mirar el televisor, sal, visita a un enfermo, dale un consejo a un amigo, haz una caridad o recoge la basura del parque. No compres el mismo diario, o la misma revista, dispón de ese dinero para cambiar tu entorno. No te pares en el esfuerzo justo, en el esfuerzo mínimo, en la injusticia y en la conformidad. No voltees la mirada al ver una injusticia, ayuda al que lo necesita, muchos nos verán como locos, pero si todos lo hacemos, los locos serán quienes no lo hagan.

Convive con tu familia en la tranquilidad de saber que tus empleados pueden vestir la misma ropa que tu traes puesta, o pueden comer la misma carne que tu comes. Abraza a tus hijos con las manos tranquilas de saber que has respetado las leyes, de que diste tu máximo esfuerzo en tu trabajo. Besa a tu pareja con la satisfacción de saber que hoy ayudaste a formar una mejor nación. No dejes que el dinero te gobierne y haz del bienestar colectivo tu máxima ambición.

Reconoce al de junto como tu prójimo y deja de etiquetarlo por su creencia religiosa o su nivel socio cultural. Tiremos los calificativos a la basura y dejemos de ser Nacos, Fresas, Chilangos, Regios, Indios, Júniors, Perredistas o Priistas, Católicos o Cristianos. Y distingámonos como uno solo, distingámonos como Mexicanos.

Denuncia las injusticias, no le des la espalada. Siempre tiéndele la mano al de a lado, reconoce en el otro la misma mirada cansada de una larga jornada de trabajo; reconoce en el de junto las misma ilusiones que tú de un mejor País y de un México más grande. Aspiremos a lo más alto, no dejemos caer nuestro esfuerzo y sintámonos partícipes de este cambio todos los días.

La democracia emana del pueblo, no de los partidos políticos, no esperemos un héroe cada seis años, seamos nuestros héroes diarios, para que no dependamos de milagros, para que no esperemos salvadores, para que no nos gobierne el pesimismo y la tristeza. Con nuestro trabajo diario esta nación no será Enrique o Andrés, esta Nación Seremos Todos.

Cambiemos hoy, cambiemos siempre, ejerzamos nuestro derecho a vivir a diario. No permitamos que nos gobiernen 70 años, el retroceso solo se dará si nosotros lo dejamos. Cambiemos hoy, tú puedes, todos podemos. Cambiemos México.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

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viernes, 29 de junio de 2012

Capítulo 37 (Arriba del Corazón)


Me di unos días para recuperarme, me traté la herida, me curé los huecos, me vacuné contra infecciones; en soledad y sin ir a ningún nosocomio me curé la herida, no sé si lo hice bien o si lo hice mal, no sé si quedó algo alojado dentro de mí, pero sí  sé que todavía ahora, de vez en vez, siento un ligero dolor en el pecho, justo arriba del corazón, justo a un lado de los sentimientos.

Con los días fui evolucionando las indicaciones del Político, me dijo que aquella bodega era de un Empresario de apellidos Cortés Ortega, que su giro era hacer y vender ropa para niños, eso no era ningún secreto, me había enterado de ello desde el momento en que entré, lo había comentado el periodista en su artículo. Me comentó que lo veía poco, pero que ese negocio era la fachada para lavar dinero; este personaje controlaba la distribución de droga en la zona centro de la Ciudad, y administraba una red de trata de personas. No era un capo, si no el sirviente de alguien mayor, me sentenció que no me metiera con ellos, porque su poder llegaba más allá de lo que Yo podría llegar.

Me dijo que a quien conocía bien era al Lic. Escobar, tenía un despacho en las calles de Liverpool y York, él era el operador del Dueño, no solo era abogado, sino que era quien se encargaba de sobornar autoridades, de comprar jueces, de realizar ajustes de cuentas, era este licenciado quien le pagaba al Político una buena cantidad a cambio de favores cuando las cosas no se podían resolver fácilmente.

Fue gracias a ellos y al jefe del Dueño, que llegó a ser Senador, le pagaron su campaña política, le compraron votos, lo llevaron a un curil que no se merecía. Cuando las cosas se complicaban, acudían al Político y este hablaba con autoridades, cobraba favores y hacía que las cosas se calmaran.

 Me advirtió que estaban protegidos, que llegar a ellos sería tarea más que imposible, que aún llegando al Licenciado, nunca podría tocar al Dueño. Ya daba lo mismo, lo complicado que fuera, no impediría que lo intentara. Me podía haber largado del país si quería, me podía haber escondido en la más exótica de las playas, tenía el dinero, tenía los documentos; lo que no tenía era la voluntad, lo que no tenía eran las ganas, cuando uno llega al punto en el que me encontraba, matar se convierte en una necesidad mayor que morir; es una especie de moral, una conciencia motivando las acciones, es como un pundonor profesional, como una obligación adquirida. No tenía ni la más puñetera idea de a dónde llegaría, y si llegaba lejos no me importaba, y si no llegaba a ningún lado tampoco tenía importancia. Era terminar, terminar en bien o en mal, pero terminar.

En cuanto me sentí sano, en cuanto terminé de compadecerme, en cuanto me sentí listo, salí con las notas que había escrito incrustadas en la cabeza, tomé la moto y me dirigí a la dirección que me dio el Político, al lugar en donde podría encontrar al Licenciado.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

miércoles, 27 de junio de 2012

Capítulo 36 ( Sin Plegarias )

Tirado, esperando lo que no llegaría, me levanté quedamente, me dispusé de pie y con la piel perforada, comencé a dar pasos equívocos, a recorrer las dimensiones en zig zag, me tambaleaba por la sin razón de las acciones. Me levanté la camiseta y miré la costra sobre las cicatrices. Busqué algo de alcohol y lo único que encotré fue el whisky que sobró de matar al Político, me limpié la herida en la inconclusión de un día que se maquillaba borroso.

Mojé mi rostro, me cambié la ropa, volteé y la Niña de mirada lejana seguía tirada. No sabía bien que iba a hacer con Ella, no sabía si ponerla con los niños, si votarla en algún lado, si dejarla ahí, por un momento, mi impulso antropófago me sedujo. No sabía que hacer.

Lo primero fue caminar a Ella, ponerme de rodillas, recostarme junto a Ella, disculparme al oído, susurrarle mi arrepentimiento, la salvé para después matarla. Me quedé un tiempo recostado en ella, suavizando su rigidez, amándola en destiempo.

Me levanté, levanté su cuerpo, lo cargué a mi lado, la bajé por las escaleras, encontré el piso más bajo, encontré la tierra que sobra. Abrí una sanja, en fúrica desesperación abrí la zanja, no sé si media tres metros o medio centímetro, solo sé, que dejé caer su cuerpo, lo sepulté sin protocolos cuando la noche comenzaba a acariciarme. La dejé caer en ese hoyo mal hecho, en ese hoyo mal formado. Sin ceremonias ni rezos, sin plegarias de por medio, la dejé caer. Volví a cubrir el hueco, con cal y con tierra. Le dediqué un último llanto.

Se había ido la Niña de mirada lejana, aunque aún hoy la siento palpando mi emociones, juguetando por mi sangre, deambulando por la mente, emocionando los recuerdos. Se fue la Niña de mirada lejana y aún mis labios retienen sus encantos y aún mi paladar contempla su aliento.

Terminé esa noche con más preguntas, con el pundonor existencial recobrando la fuerza, llegué a un punto de no retorno, a un punto de seguir o perderse. Aunque los periódicos mal informaron lo del Político, no tardaría alguien en buscarme y con la suerte que tenía para no morir solo ganaría una larga condena.

Todavía con el dolor en el pecho, con la tristeza, con la perdida, tenía que regresar al punto donde estaba, debía de continuar hasta donde los monstruos me dejaran, hasta donde el rencor me permitiera, hasta morir de una buena vez, morir sin imposiciones.

Agarré una pluma y anoté cada una de las cosas que me había dicho el Político, habría que comprobarlas para asegurarme de que no fueran producto de la sobre dosis que le ocasioné. Esa noche, medio dormí y medio escribí, confabulado en la continuación de una vida que buscaba matar para morir.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio




lunes, 25 de junio de 2012

Capítulo 35 ( Perdido en la Desolación )


Me había disparado, el plan de que me mataran lo había pospuesto, me disparé en la mitigación del ser, en la exclamación de las culpas. La bala me cruzó el pecho, el dolor me palidecía el cuerpo, mi sangre se mezclaba con la sangre de la Niña de mirada lejana, tragedia Shakespeareana ironizando el flujo. La mirada se me perdía, la calma se me extraviaba, el cuerpo se debilitaba, conjugaciones lejanas en una acción dejándome sin sentido.

El cliché llevó a mi cuerpo a caer a un lado del cuerpo de la Niña de mirada lejana, mi exclamar se silenció a un lado de la Niña de mirada lejana, en ese momento, no pensé, me dejé ir en lo que consideré la última insanidad de una bestia. Se fundieron los ojos, se desvanecieron los sonidos, las ideas se retiraron de una en una, hasta que todo fue nada, hasta que se dejó de sentir el calor y la mente.

Reaccioné con un ligero hilo de sol parpadeando en mi rostro, reaccioné al otro día, me dolía el pecho, me dolía el alma, me dolía la pérdida. Estaba débil, solo el hueco en el pecho, la sangre perdida, la boca deshidratada, el hilo de luz bailando y el cadáver de la Niña de mirada lejana iluminado por el drama.

No estaba muerto, de alguna forma Dios me vomitó de su reino y seguía con vida, en la tortura, en el purgatorio de una realidad fría, sufriendo mi acciones, padeciendo el tiempo y la memoria. Como les dije desde un inicio, dispararse no es un buen remedio, la fuerza de la bala lleva a la gente a mover el blanco, a fallarlo, por más que se ponga el arma cerca, siempre existe un breve movimiento que lleva a la bala a perder el objetivo. Así me había sucedido, me maté sin matarme, me disparé en dirección perdida, la bala perforó mi pecho pero no mi vida.

Estaba tirado, sin fuerza ni lógica, llorando a la Niña de mirada lejana a mi lado, llorándome a mí, llorando el error. Ahora estaba perdido en la desolación de no haber muerto, en la lúgubre infamia de una realidad oscurecida.

Seguir ahora era una interrogante, no podía ni levantarme, tirado en el suelo, inmóvil en la tristeza, enfurecido con la vida, buscar una explicación era aún más ilógico que encontrarla. Me sentía débil, agonizando, desangrado, herido en el espíritu. Me quise dejar ir en una agonía que no sabía cuanto duraría.

Escrito Por:
Arturo Lizárraga Osorio

viernes, 22 de junio de 2012

Capítulo 34 ( Soltó Mis Labios )

Ella se fue apagando, cayendo entre mis brazos, soltó mis labios, el aroma a romance y a pólvora se quedaron mezclados. Me miraba con sus ojos de espanto, me miraba con el aire que le quedaba, la fui bajando, me quedé de rodillas, con Ella entre los brazos. Besé su frente, abrió sus labios, la arropé en la conciencia de que la había matado. La Niña de mirada lejana yacía entre mis manos, le acaricié el rostro, le quieté las lágrimas, sus ojos ya no eran lejanos, quiso sonreír con su boca ya reseca en agonía, quiso tocarme de nuevo. Nos besamos y su cálido aliento se volvió frío, y su cálido aliento se fue agotando. Murió por mí, arropada en mí, besada por mí.

Se extinguió sin emitir sonido, le lloré en silencio, regué su cuerpo con mi llanto, la maté en conciencia, en placer, en amor. Le disparé a su ternura, acribillé su cariño, la emancipé asesinándola. La comprensión no era clara, la realidad era nublada; razones tenía muchas, pretextos me sobraban, la comenzaba a amar, y eso, era uno de los absurdos previsibles, de los cuales, no me podía dar el lujo. Amarla significaba llevarla a la tumba en manos de otro, amarla significaba ponerla en riesgo, amarla significaba enredar más las cosas. Y en lugar de amarla, preferí perderla, en voluntad propia, la perdí con mi fuerza y con mi entendimiento, la perdí en mí y por Ella. Me quedé un largo pensamiento abrazado a sus restos, a su rígido cuerpo, a su existir terminado. 

Al soltarla, la miré en su vulnerabilidad, en su fragilidad inerte, en su humanidad perdida. Ya no sabía comó entenderme, ya no sabía a dónde había llegado, ahora mataba el amor, mataba mi ser, mataba la vida. Era una abominación vagando por las sombras, era una bestia oculta en la ciudad. Ahora ya no la lloraba a Ella, ahora me lloraba a mí, me extravié en la alcalina singularidad de la demencia.

Me convertí en la sin razón de la existencia, ya no existían enlaces ni rencores, únicamente una cotidianidad por matar o por morir, un poder de impunidad que me arrastraba en la incertidumbre. Ya no era el del principio, el odio se formó en mí, tan cautelosamente, que ya no podía sentirlo ni desprenderlo. Fue en ese momento que entendí que era una amenaza, que la única justicia estaba en mis manos.

Observé la sangre, de la Niña de mirada lejana, mojando mis rodillas, escurriendo por el piso, una nostalgia de mirar salado se mezclo con esa sangre. Agarré la pistola, la agarré con toda la voluntad y con toda la fuerza, la agarré odiándome; la pasé por mi frente, recordé cada homicidio, cada última mirada; besé el cañón mientras caían todos los asesinados; la llevé por mi cuello, por mis abrazos, los fantasmas eran las imagines imaginadas; la planté en mi vientre, la coloqué con calma, no sabía donde apuntarme. Si acababa de matar al amor, lo justo era morir por el corazón. Agarré el arma con todo el coraje que me guardaba, la apunté al pecho, disparé. Disparé y el sonido ardió en mi piel, el plomo tibio rasgo mi cuerpo; un calor, de hasta nunca, usurpó mis ideas; olía a herida, olía amargo, olía a dolor y a sufrimiento.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

miércoles, 20 de junio de 2012

Acotación 12

Tiembla tu cuerpo,
tiembla la vida,
se escapa por los costados,
por la luna,
por los hechos.

Mueres sin morir,
tomada de mis manos,
endeblez de noche,
lamento de remanso.

Tiembla el tiempo por los recuerdos,
se destila en la dulzura del imposible,
indulto perdido,
milagro permutado.

Mueres por amor
y por consentimiento,
mueres en la dimensión del ciclo,
eterna mirada congelada,
infinito beso no concedido.

Mueres muriendo en la agonía de la muerte,
en la debilidad de la esperanza,
en la anticipación de los sucesos.

Tiembla la neblina
y la lluvia,
tiemblan los días soleados,
tiembla el futuro,
tiembla el llanto,
tiembla tu cuerpo,
mueres sin morir
tomando mi mano.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

lunes, 18 de junio de 2012

Capítulo 33 ( Danza de Estrellas )


Al salir del funeral, nos encaminamos juntos, la Niña de mirada lejana y Yo, nos encaminamos con el rumbo perdido mientras la tarde colgaba su última sonrisa, mientras el sol cedía a la noche, mientras las calles se imprimían en tuxteno. Ni Ella ni Yo teníamos una ruta trazada, nuestra idea de vernos era un silencio mutuo y una mueca tímida en una caminata donde nadie atinaba una palabra.

En un momento, se me ocurrió preguntarle si quería comer algo, me respondió moviendo la cabeza de forma positiva. Lo primero que se nos atravesó fue un restaurante de hamburguesa (de esos donde se venden más juguetes que comida), pedimos cada quien algo, y entre gritos de niños y madres histéricas nos sentamos a comer (lo mejor de ese momento fue el batido de vainilla al que soy adicto). La Niña de mirada lejana volvió al tema y me preguntó que porqué la había dejado, le respondí sin respuesta, le respondí entre balbuceos, no le dije mucho y le pregunté a Ella cómo estaba, cómo seguía, algunas cosas de su casa, algunas cosas de su vida cotidiana de la que por partes fui testigo. Comenzó a hablar, se le soltó la plática y me dijo cada detalle de su vida.

Terminamos de comer y le pedí que me acompañara, que si quería saber de mi vida tenía que ir conmigo, seguirme, pero, también le advertí que mucho de lo que iba a platicarle no le sería grato, que su imaginación sufriría fracturas, que su tolerancia se desvanecería en miedo. Le ganó la curiosidad y fue conmigo, nos cubrimos en la ruta de regreso al edificio abandonado, me siguió paso a paso, su boca no dejaba de emitir palabra.

Llegamos al edificio, le pedí que entrara, peló la pupila, nos escabullimos por los chillidos de los escombros, por la penumbra de las escaleras; nos sentamos de frente en el piso, encendí una vela, abrí una botella de vino que compré días antes; comencé a platicarle.

Le platiqué cada detalle, le hablé desde el inicio de la historia, tal como ahora se las platico a ustedes, le confesé la caída del gordo, le narré a los policías, le expliqué lo de la bodega, le indiqué lo de los niños, le hablé de los asaltantes y lo del Político. Le mostré los recortes de periódico, Ella no se movía, no conservaba expresión, su piel se pronunciaba sólo por el bailar de la vela.

También le revelé que pensaba en Ella, que de una forma extraña se inmiscuyó en la silueta de los pensamientos, le manifesté todo lo que recordaba de Ella y todo lo que le agradecía; había sido ternura y cariño en momento lúgubre. Ella se acerco a mí, me miró de cerca, se talló los ojos con la manga de la ropa. Ella me miró de cerca, me quedé callado, entonces jugamos al cíclope, su mano rosó mi hombro, acarició mi mejilla; la noche se convertía en movimiento suave, en campo, en fragancias, en fresco silencio mientras nos mirábamos de cerca, cada vez más de cerca.

Nuestras frentes se encontraron, se recargaron una con la otra, mis manos buscaban su tacto, nuestra respiración se enredaba, le acomodé el cabello sobre el oído, describió mi cuello con sus dedos, le esculpí sus brazos con los anhelos, nos compusimos en un abrazo, nos dejamos el uno en el otro, la ciudad extendía su arrullo a lo lejos y no queríamos soltarnos.

Nos deseamos en dulce abrazo, nos miramos de nuevo, ella se proclamaba por todo mi cuerpo, nuestros labios se confundieron, frescos mordiscos, pasiones permutadas. La apacibilidad se incrusto con nuestros alientos jugando, danza de estrellas alentando los besos.

Cogí mi arma, la apunté a su estómago, al besarnos cogí mi arma, le acaricié el estómago, estalló el gatillo, se me escurrió entre los brazos, retina de agonía, atril de espanto, se me escurrió su vida entre los brazos mientras nos besábamos.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

viernes, 15 de junio de 2012

Capítulo 32 ( Abrazo en Traición )

Esa noche llegué cansado al edificio, sonámbulo, con más ganas de dormir que de platicar con los fantasmas, esa noche, aunque algunos de ellos salieron a querer platicar conmigo, no les presté atención. Me acomodé en el gozo de mis homicidios, con la disposición de descansar hasta la mañana siguiente.

Al otro día me había quedado de ver con la Niña de mirada lejana afuera del Palacio de las Artes de la Ciudad. En punto de la hora, yo ya la estaba esperando. Ella llegó unos minutos después, y se me plantó enfrente, me peló la mirada con un tono de angustia y de cierta tristeza. Me le quedé viendo y le pregunté si estaba bien, a lo que me respondió que si no me había enterado (enterado de qué, cuando uno vive en un edificio abandonado se aleja del entorno), me dijo que habían matado al Político. En ese momento reaccione, claro que lo habían matado, si Yo lo maté. En ese momento, le pedí con urgencia que fuéramos a un kiosco a comprar los diarios del día.

En cuanto llegué vi que todos los diarios tenían la noticia en la primera plana, algunos en mayor tamaño que otros, pero todos la habían incluido en su publicación. Acababa de dar mi primer golpe mediático, me había hecho famoso, compré algunos, incluido el inquisidor, donde siempre publicaba el idiota de seudónimo Potter. Leí cada una de las notas con avidez, la Niña de mirada lejana me hablaba, me preguntaba, no la entendía, con dificultad podía entender lo que leía, no daba crédito, nada de lo que decían los diarios era cierto, ni una sola palabra, Yo fui quien estuvo presente, Yo fui quien mató al Político, Yo vi lo que sucedió con precisión; y lo que los periódicos decían, no era ni una verdad cercana.

En un momento, me jaló la Niña de mirada lejana del brazo y me dijó que teníamos que ir al funeral; la vi fijamente y no pude evitar carcajearme, esa fue una de las risas más profundas que jamás he tenido. Ir al funeral del Político era el Beso de Judas, la hipocresía del asesino, el descaro de mi vida. Pero en afán de ser franco, no pude evitar ir, era como querer ver el final de una película, como no quererse perder la última página de un buen libro.

En cuanto terminé de reírme, le dije a la Niña de mirada lejana que fuéramos, cogimos un taxi y nos dirigimos a la funeraria. En el camino no hablamos mucho, Ella no hablo mucho, iba como asustada, no sé si por mi risa o si por ver de nuevo a la Patrona. Al llegar al lugar, estaba cercado por un número incontable de seguridad: guardias, policías, agentes, guaruras. Era complicado poder llegar a entrar y en ese momento no lo quería intentar, traía como era costumbre un arma entre las ropas, si me pillaban ahí, no quería ni pensarlo.

La Niña de mirada lejana insistió en acercarse, no pudimos llegar muy lejos, había una valla para evitar el paso, mientras cual vil alfombra roja, desfilaban Diputados, Senadores, Ministros, Empresarios, etc... Todos con sus mejores ropas, todos de gala y sonriendo mientras agachaban la cabeza, uno incluso se atrevió a saludar a la gente alzando la mano.

De reojo alcance a ver a la Patrona saliendo de la funeraria, vestía un sombrero y vestido rojo con accesorios en dorado; platicaba con otras mujeres y reía con ellas, por lo visto, estaba que se moría de la tristeza. Prendió un cigarrillo en las escaleras de la funeraria, seguía platicando cuando nos alcanzo a ver. La Niña de mirada lejana le agito la mano como si eso en lugar de un velorio fuera una fiesta, la Patrona la reconoció y se acerco a nosotros.

Al llegar a donde estábamos, la Niña de mirada lejana le extendió sus condolencias y la Patrona la abrazo. Al mirarme a mí, no supe bien que hacer, le dije que lo sentía, la Patrona se acerco y me dio un abrazo, no podía contener la risa, era un sínico, un descarado. Abracé a la Patrona, la toqué en su alegría, de alguna forma ese abrazo en traición me relajo aún más, por un momento me enteré en ese abrazo, que la había liberado, que la había despojado de una pesadilla, que le regresé la vida cuando menos lo esperaba.

Ella se despidió de nosotros, nos agradeció y se regresó con sus amigas, Yo volteé a pedirle a la Niña de mirada lejana que ya nos retiráramos, ella accedió y nos fuimos de ahí, tal y como llegamos.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio