miércoles, 19 de septiembre de 2012

Capítulo 53 (Livianos Gemidos)

Pasaron algunos días, y aunque ya había reaccionado, los movimientos me costaban, tenía el respirador en la boca, no podía hablar mucho, solo livianos gemidos salían de mi garganta, a diario eran el sabor amargo y pastoso. Me visitaban doctores, enfermeras, me medían, me analizaban, desfile de batas blancas y azules, gente sin rostro a quienes no quería identificar, ni reconocer.

Me entretenía buscando formas en las cortinas de las mamparas, en la mugre de las paredes blancas; contaba las veces que parpadeaban las luces, las ocasiones en que se expresaba la gotera y ponía toda mi atención en ubicarla a lo lejos; dilucidaba en ecuaciones el número de plafones que faltaban en el techo, llegué a sacar una aproximación estadística que por cada doce plafones faltaría uno, o por lo menos estaría roto.

Se me fueron algunos días vegetando en esa cama, sin saber en dónde estaba; todos quienes entraban me decían el "Cabroncito"; por un momento pensé que el atreverme a hacer una idiotez como la que hice, me había valido el mote. De a poco, fui gesticulando, moviendo las extremidades y en uno de esos esfuerzos llegué a sentir hasta como se movían las uñas.

Al cabo del tiempo, ya podía hablar bien, me retiraron el respirador y lo primero que pregunté fue en dónde me encontraba. Una de las enfermeras fue la que me dijo que estaba en la clínica de Santa Mónica, la cual pertenecía a la Cruz Roja. Y aunque fue lo único que me dijeron, ese dato me alivió un poco, no me encontraba en la enfermería de un reclusorio, eso era una gran ganancia.

Los Doctores no hablaron conmigo, aunque si me veían con un poco de temor y de intriga, solo entraban, checaban, anotaban y salían; a veces, solo una exclamación en su salida cuando ya estaban de espaldas. Al parecer el "Cabroncito" estaba hecho de hule o era el gato de las mil vidas. La verdad, Yo pensaba lo mismo, de tanto querer morir seguía con vida.

Por la noches, en la penumbra de la sala, pensaba en Ella, me atormentaba, me preocupaba, me daba vueltas por las entrañas, se posicionaba en mi conciencia. Reflexiones sobre su estado, sobre su bienestar, sobre su ser. No sabía si estaba viva, herida o muerta, y eso me dolía más que el cuerpo, me helaba los poros, me sacaba de cualquier calma y me provocaba el llanto.

Uno de esos días llegaron unos hombres de traje, bien aseados, altos y con unos documentos en mano. Se identificaron como agentes federales del cuerpo anti narcóticos. Me hablaron sobre lo que paso aquella noche. Resulta que el tipo que iba con Ella era un Capo, el cuarto hombre en la lista de los más buscados de la CIA y Yo, en mi ataque de celos lo había matado. En cuanto me enteré de eso, de verdad quería estar muerto, si no me metían a la cárcel, al poner un pie en la calle, iban a matarme. Me cuestionaron y argumente que simplemente quería hacerle un bien a la gente, me invente una historia, les dije que no pertenecía a ninguna Cartel, ni una banda, solo era Yo, buscando un tiempo mejor.

De Ella, no podía creerlo, se involucro con lo peor de lo peor, siempre su delirio fue el dinero, pero llegar a salir con alguien así, era un exceso. Les pregunté por Ella, pero me respondieron que no tenían razón, que en el lugar de los hechos nunca existió una mujer, y menos de las características de Ella.

Sacaron una de la identificaciones falsas que traía, me llamaron por ese nombre. Mi fascinación por el fútbol, me dio la identidad con la que ahora ustedes me conocen: Raúl Llorente. Confirmé que esa era mi nombre y me fui con la mentira continúa. Se despidieron, me dijeron que después tendría que presentar mi declaratoria en el Ministerio Público y se fueron.

Me quedé aún más intranquilo, pensando en el paradero de Ella y temiendo por mi salida, ahora sí, la había cagado desde arriba hasta abajo.

Escrito Por:
Arturo Lizárragar Osorio

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