martes, 18 de septiembre de 2012

Capítulo 52 (Cavernas Ignotas)

- Bip...

-Bip, Bip...

-Bip...

-Bip, Bip, Bip, Bip...

Marea digital y acordes de respirador, pinceles de alcohol y acuarelas de sollozos, regresa la conciencia, regresan los sentidos, sabores a tierra y a acero viejo. Pesaban las pupilas, pesaban los brazos, pesaba la cabeza. Mi corazón marcaba los ritmos de un despertar aturdido, de un regreso inesperado.

Despegué los párpados, pantallas de luces y siluetas borrosas, quería entender en dónde estaba, quería comprender en dónde me encontraba. El cuerpo se negaba, cada acción era un lento comando indisciplinado. Me revolcaba en marea nueva, en cavernas ignotas, en torpes caminos. El ser entero me daba vueltas y sentía hasta el latir de la tierra.

De a poco se enfocaron las ideas, se hilaron las razones. Parte por parte se fueron armando las piezas. Abrí un poco más los ojos, paredes en blanco y cortinas comunes, camas a los costados, sabanas de papel, y el Bip Bip que no dejaba de fastidiar a un costado.

Levanté las manos, palpé mi rostro, una goma cubría mi nariz y mi boca; tenía sed, mi cuerpo pegado en cables, cada bocanada que procuraba era un sonido hipnótico muy parecido a la esencia de Darth Vader. Me distraje un segundo imaginándome con un sable láser y un traje negro, me regalé un momento de gracia en medio de la desesperación. No sabía en dónde me encontraba, era obvio que me encontraba en un hospital, pero en cuál hospital, esa era la pregunta.

Recordé lo que había hecho, no sabía cuánto tiempo había pasado, ni si estaba de alguna forma detenido. De seguro si estaba en un hospital no sería en un hospital privado con lujos incluidos. Lo seguro es que me encontraba en un hospital de beneficencia o, a lo mejor, en la enfermería de una penitenciaria, eso, era lo lógico, a nadie lo dejan andar disparando por la calle y luego lo ponen en un nosocomio común.

Conforme fui recobrando las fuerzas, también recobré el temor, no era lo que me dolía el cuerpo, sino el miedo a pasar el resto de mis días encerrado, privado, aprisionado. Perdí el control, y más preguntas me venían a la cabeza, me cuestionaba, la duda es mala pasajera en momentos ciegos. En algún punto, no sabía cómo estaba Ella, solo recordaba verla en la puerta del restaurante, me preocupaba que la hubiese herido, la amé tanto que ahora podría ser su verdugo. Muchas culpas se vinieron en la horizontal, confrontaciones y reproches.

Estaba sumido en el rencor cuando una de las cortinas se corrió; de atrás salió la imagen de una mujer obesa, con el cabello corto, con cofia y con bata en azul. Se tambaleaba al caminar, con mirada dura, con ligero bigote, con bellos en los brazos; sus gestos de enojo, sus caras de mal humor. Se acerco a mí, se me quedo mirando. Movió la cabeza en signo de negación y gritó:

- Ya despertó el Cabroncito.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

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