Caí en la oscuridad, en la inconsciencia, en el aslfalto, en el concreto. El mundo se fue y se partió, no comprendía más, nociones lejanas de susurros extraños, sollozo interno de canales salados. Se me escapaba el alma en negros informales.
Por momentos veía los cariños perdidos, los afectos extraviados. Por momentos eran estruendos distorsionados, voces deformadas, y regresaba a la calidez de los sueños, a la cordialidad de la no noción. Agonizaba entre ilusiones y entre ajetreo, las situaciones se mezclaban, aromas a formol y olores de campo; los alientos de infancia y los dolores de la piel. Gritos y gemidos, trazos de tungsteno deambulando sobre un lienzo desvanecido.
Por segundos estaba cuerdo y deseaba morirme, dejarme, olvidarme de este mundo, de ese momento. Por momentos sentía sus las últimas pupilas: acuosas, inconsolables, nostálgicas mientras Ella me despedía el día que nos separamos. Y entonces, eran más fuertes mis deseos de morirme. Lloraba en silencio, lloraba tumbado en el hule.
Después volvía a perderme, a irme y la lógica no tenía forma: estrellas de amanecer, luna previa, ramas de canela en praderas tersas, plantíos de anís, pinceles de viñedos y copas de tabaco. Oleaje sin sentido sobre un oscuro blanco y negro.
No hay luz al final del túnel, ni siquiera vi un túnel, solo los momentos, cuadros surrealistas descoloridos por el tiempo. En esos instantes el lugar añorado es la infancia, el cobijo de los brazos maternos, las palmadas paternas, los juegos fraternos, la comida de los abuelos. En ese momento, no existen las voces que llaman, ni querubines en algodones; todo lo que hay son recuerdos deformados que pasan a despedirse.
Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio
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