jueves, 13 de septiembre de 2012

Capítulo 50 (En la Incertidumbre)

Estaba en la incertidumbre, en la indecisión; con el estómago hecho pelotas, con la cabeza revuelta, con todo mi entendimiento patas pa'rriba. Estaba en el irme o en el quedarme cuando la vi salir, cuando la vi cruzar la puerta, cuando la vi tomar del brazo al otro y darle un beso. Vi sus ojos fijos en los ojos del otro, contemplando sus alientos, enamorados como hace mucho lo estuvimos Ella y Yo. La vi de frente a mí, y mis venas se implosionaron, el corazón se agrandaba en fast track, ansiedad y rabia, celos y enojo. Ya había pasado mucho tiempo, y sin embargo, verla ahí, verla de frente, confirmando su olvido me lleno la locura.

Desde hace tiempo que no salía sin un arma, así que busqué entre mis ropas, apreté el metal y un grito estalló desde mi cabeza hasta mis piernas. Me dejé ir con furia, soltando la frustración en pólvora; dismutiendo el sufrimiento en vulgar crujir de fuego.

Y como diría el corrido, sonaron siete balazos y sonaron más. Inaudito cretino escupiendo plomo, sin darme cuenta que los escoltas estaban ahí. No me di cuenta de las armas a mi alrededor, de los disparos que a mí llegaban, no me fijé en nada; solo me dejé ir presuntuoso idiota dominado por achares.

Llegó el momento que no veía nada, no la veía a Ella, tan solo me perfilaba con la pistola en mi mano destellando cabreo. La oscuridad dejó de serlo y ráfagas en adrenalina comenzaron a colocarse entre las estrellas y el suelo. No me detenía, perseguía la nada, tonto, ajeno, enajenado. Me fui de filo por la cólera con una pistola entre un cerco de escoltas.

Nunca supe si le disparé a alguien, todo era un caos de detonaciones, iluminación célebre en día erróneo. Nunca supe cuantos me rodearon o quienes me apuntaban, nunca me enteré de mi vida ni de la de nadie.

No sé cuantos pasos habré dado, no sé si estaba cerca o lejos de la puerta de restaurante, cuando, entre el impulso sentí un ósculo caliente, un puntazo en la pierna. No me detuve, era el ardor un método insignificante en la peregrinación suicida. De pronto fue otro, y uno más, llovía lumbre a mis entrañas, mi piel se convirtió en hoguera, danza de brasas resguardándose entre mi carne.

Caí de bruces, azotando mi frente en el pavimento, caí por inercia y por obligación, deposité mi ira en el tropiezo. Hice por levantarme, no sentía dolor, solo un ardor en varias perforaciones, me costo trabajo mover las piernas y los brazos, el aire se hacia escaso, respirar se volvía un privilegio; se nublaron las imágenes, borroso circo rodeando el alboroto; los sonidos se distorsionaban, improvisaciones de final de tiempo.

Quería mantenerme, volver a incorporarme, restablecer el cuerpo, algunos sonidos más a lo lejos y todo se vino negro.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

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