Alguien llegó, llamaban a la puerta, sonaban la bocina del auto, Yo adentro con un cadáver, disfracé la voz, respondí a los toquidos, escondí el cuerpo como pude, le quité la gorra y la chamarra, me las puse y bajando la mirada, salí a abrir la puerta con la ametralladora aún en el hombro.
Recorrí el portón, deslicé el metal sobre su eje, refugié la vista, miré de reojo y vi aquel par de panzones a bordo de una camioneta negra. Eran ese par de panzones que por milagro no me quitaron la vida, eran esos panzones que me azotaron hasta dejarme inconforme, moribundo, enardecido.
Cogí la ametralladora con fuerza, la empuñé con odio, la sostuve entre temblores. Fui a la puerta del coductor y en cuanto abrió la portezuela le di un cachazo en pleno rostro, iba cayendo cuando el otro volvió su mirada a mí, no le di tiempo y funcioné la ametralladora, no sé cuantos balazos salieron ni cuantos le atiné, la fuerza me empujo para atrás, el panzón cayó al piso.
Tomé al panzón inconsciente, busqué una cuerda, le amarré las manos, lo colgué como el me había colgado, le quité la ropa, encontré varias navajas en uno de los escritorios, de esas navajas finas que se usan para picar la piedra de coca, de esas navajas de adicto. Sostuve la navaja con cuidado y comencé a afeitarle la piel, le iba quitando cada centímetro de epidermis, con cuidado y con calma acariciaba su entorno con sadismo; se despertó entre su linfa y su agonía, gritó, chilló, suplicó, no volteé a verlo, me fui despacito rebanando su piel en finos cortes, en sangriento placer. Le quité cada rincón, cada pedazo, le removí las uñas, le ultraje la superficie y sólo quedó su carne, su interior, latiendo en vívido dolor, en indescriptible recuerdo.
Sobre protegí el momento, lo acomodé en las más frescas sensaciones, mirando su carne viva, su pulso en movimiento. Tomé un encendedor, y lo pasé por cada parte de aquel hombre; le quemé su interior, no había prisas, era Yo, reconociendo mi venganza, convenciéndome de ella, realizando mis demonios. La obertura se había terminado y ahora un adagio de clemencia me era dirigido; no escuchaba, no entendía, me entretenía pasando esa diminuta flama, paladeando cada momento, cada instante.
Al llegar el crescendo un silencio, acabo de golpe, su voz no se escuchaba, sus músculos no se movían. Se vino el final tan repentinamente que no sé cómo llegó o porqué llegó, únicamente quedaba la misma madrugada ahogada en el ferocidad de mi egolatría.
Agarré un machete que encontré entre las armas, lo agarré con decisión, me encaminé al panzón que maté a balazos y de varios golpes le quité la cabeza, tomé por el cabello la cabeza, tiré un galón de gasolina, recogí la maleta con las armas y el dinero, prendí un cerillo, salí de ahí, con la sangre que salía de la cabeza pinte en la banqueta un simulacro de cara, con asteriscos como ojos, con mal trazos como boca, era el mismo dibujo de la carita de Nirvana escurriendo sangre sobre la banqueta, dejé la cabeza a un lado y me marché mientras el fuego comenzaba a arder en los primeros soplidos del amanecer.
Me retiré a paso lento, cabizbajo, aún con enojo, aún no satisfecho, quería más, necesitaba más, no me podía conformar, no podía dejarme ahí con ese momento efímero consolando el futuro, una sanja se formaba en mí, una grieta de necesidad y mi caminar era más lento, más reflexivo, más calmo como gotas de lluvia cayendo en tardes sin gente.
Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio