miércoles, 30 de mayo de 2012

Acotación 9

MASACRADOS
El Inquisidor a 28 de Mayo de 2011
Por: Sr. Potter

En la noche de ayer en la Calle de Riva Palacio en el centro de la ciudad, fueron muertos a tiros cuatro personas, tres de los cuerpo (y de acuerdo a averiguaciones previas) se presumen son de un grupo de asaltantes, conocidos por operar en el centro de la ciudad. El cuarto cuerpo corresponde a un indigente que al parecer murió por accidente.

En el lugar de los hechos, había un auto ford, el cual se cree pertenecía a los ejecutados, en el interior del vehículo se encontraron armas de corto alcance y algunas placas de policía falsas, de acuerdo al Comandante Negrete.

En un hecho singular, junto a los cadáveres se podía observar el dibujo de una banda de rock similar a la que ha aparecido en otros hechos, como en el incendio de una bodega o en la ejecución de dos policías. Al preguntarle al Comandante Negrete si existía alguna relación entre estos hechos, se limitó a contestar que por el momento no tienen ningún indicio y en que se están realizando las investigaciones pertinentes.

Con este hecho ya son nueve los muertos que podemos identificar, por el momento, como los "Asesinatos del Grunge"

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

lunes, 28 de mayo de 2012

Capítulo 27 (Una Pasada)

Esa noche regresé al edificio, la pasé con las primeras visitas de los fantasmas, me sentía vacío, me sentía inmóvil, con un largo set list que me llenaba de impotencias, a dónde se me fue ese tiempo, la frustración de una noche intranquila con los fantasmas de los niños juguetenado frente a los sueños. Al otro día debía de levantarme temprano, las ideas no toman forma con tan sólo escribirlas en un pedazo de papel. En la oscuridad escuchaba risas perdidas, llantos aclamando circunstancias, accidentes a fuego lento, una columna de latas y de cemento que se movía en voluntad por los sonidos de un edificio abandonado.

Esa noche se hizo larga, pesada, deambuló por el tormento, por la tortura, por las acotaciones de un programa que habría de ejecutar. Al amanecer y con poco descanso, salí a la calle, tenía tiempo y tenía dinero, lo demás dependía de mí. Lo primero que busqué fue donde comprarme ropa con la que me sintiera bien, con la que no me confundieran. Entre los ambulantes encontré camisetas de grupos de Grunge, algunas de Nirvana, Pearl Jam, Stone Temple Pilots, Sound Garden y hasta de Temple of the Dog. Después fui por unos cuantos jeans, unos tenis cómodos, una chamarra de piel como la que guardaba en mi viejo closet de la época del cole. Terminando de armar el look, fui a la primera agencia de motocicletas que se me puso enfrente y sin miramientos ni dudas compré una lo suficientemente rápida, aunque no me la pudieron entregar por falta de una identificación, fue entonces cuando me dirigí a la plaza de la falsificación ubicada en el corazón de la ciudad, ahí por una pasta me dieron todas las identificaciones que necesitaba y hasta me di el lujo de hacer una con el nombre de Grunge, así como me nombro el idiota del periódico. Regresé por la motocicleta y terminé de juntar los activos que necesitaba, gafas oscuras, gorras, guantes, etc. El primer punto de mi lista, la imagen estaba lista.

De regreso al edificio, al pararme en un semáforo, unos imbéciles quisieron asaltarme, no les puedo narrar la gracia que me hicieron, de verdad, no se las puedo explicar, fue como una gran chiste. Me pidieron que me bajara de la moto, los volteé a ver, iban en un ford de los noventas, y antes de que se bajaran ellos del auto, me arranque, me brinqué la luz de alto entre conductores asustados, ellos se arrancaron detrás de mí, me siguieron, me di la vuelta en una pequeña calle de nombre Riva Palacio, cerca de uno de los teatros más populares del país y enfrente de una de las plazas de mayor folclore; encontré un parque, me detuve, me bajé de la moto, los esperé a que llegaran a mí (comenzaba a anochecer), había aprendido a jamás salir sin un arma, llegaron rápido, tomé la pistola de entre la chamarra, se bajaron del auto, apunté y antes de que pudieran hacer algo, hice volar casquillo tras casquillo, eran tres y sus cuerpos fueron a dar al asfalto, sin reacción ni reflejos, recargué la pistola, me acerqué a ellos y les disparé de cerca a la cabeza. Volteé y vi un indigente escondido atrás de una de las bancas del parque, me acerqué a él y sin pensamientos previos le disparé mientras él temblaba. Volví a ver la sangre en el pavimento y cual artista inspirado dibujé de nueva cuanta la carita de Nirvana a un costado de los cuerpos. Regresé a la motocicleta, me subí, arranqué y me fui de ahí.

Pasé al edificio a dejar algunas cosas que llevaba, por otra arma y más balas, acomodé todo y me observé desde adentro, sin miedo, sin caos, sin remordimientos, algo sonriente, ya no me había dado pena el accidente, solo fue una pasada, una gran pasada y eso me causaba gracia, sonreía, me sentía intocable, fuerte, orgulloso. Un año atrás me hubiera bajado de la motocicleta y me hubiera puesto a llorar, ahora ni miedo ni susto, enfrente la situación con aplomo, no dude, solo actué y eso me dejó seguir.

Terminé con las cuestiones y antes de dejarme caer en las mieles del ego, me subí a la moto y partí con dirección a la casa del Político, llegué en la mitad de la madrugada y me instalé en la banqueta de enfrente.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

viernes, 25 de mayo de 2012

Capítulo 26 (Preguntas)

Hice mio ese viejo edificio, me quedé con sus ruinas, redecoré sus escombros, reacomodé su arquitectura. Ya tenía un sitio, un lugar, una guarida, expropiada en masacre y en locura. Sólo sentía la paz calma de volver a matar, la fuerte tranquilidad de un coraje que no se mueve; sólo sentía la soledad, la inquietud, la ansiedad; sólo sentía mi cuerpo partido, mis ideas revueltas, mis deseos de no parar. En un punto volví a tomar esa nota de periódico y la leí con detenimiento, la analicé, vi mi dibujo en la foto, las cenizas de la bodega, no entendía si había borrado toda pista, no comprendía que seguía.

Me cuestionaba muchas cosas, me intrigaba quién era ese Lic. Escobar del que hablaban, si tendría algo que ver con la épica golpiza que me dieron los panzones, si no, quien era el dueño de todo aquello, alguno de ellos dos sabrían darme una respuesta. Requería saber cómo llegar a ellos, a donde dirigirme, cómo encontrarlos o cómo reconocerlos.

Entre el cabildeó, de pronto me pregunté por la Niña de mirada lejana, me preocupaba si se encontraba bien, por algún momento extrañé su compañía, necesite su plática, escuche su risa, recordé de a milímetros el tiempo que estuve con ella y ahora no sabía mucho de ella ni tenía un medio para regresar a ella, mucho menos con la mirada desprendida, con la moral enredada.

Cuando uno se sumerge en los pensamientos, la lógica se desenvuelve por voluntad propia, y de pensar en la Niña de mirada lejana, me fui a la imagen del Político, de los tiempos en que conducía su auto, de que lo llevaba al Senado entre neblina, de que él fue quien me puso de nueva cuenta frente al portón de metal de aquella bodega. Y todo fue más claro, si alguien me podía llevar a los responsables intelectuales de aquella golpiza, sería ese viejo que se peinaba con gel hasta los bellos del culo.

En medio del pensamiento me dio hambre, salí del edificio y me fui a cenar a un buen lugar, el gusto por la comida no se me había ido y mucho menos por la buena comida, me senté entre gente de negocios, entre personajes respetables; me senté a lado de unos enamorados y me dieron asco. Me senté en un restaurante, a comer como cualquier ciudadano. Ya con la comida en la mesa, me puse a hacer memoria, a anotar en una servilleta, lo que recordaba del Político además de su inefable presencia.

Recordaba poco, de verdad, ese periodo, se me fue perdiendo en grises. Tenía que hacer algo para recordarlo, así que puse punto por punto lo que debía de hacer para acercarme de nueva cuenta al Político y poderlo interrogar. Les debo de confesar que si no hubiera sido por mi adicción a las película de Lucc Besson y de Quentin Tarantino nunca hubiera podido desarrollar un plan.

Terminé de puntualizar todo en esa servilleta, la guardé, pagué la cuenta, le di el último sorbo de vino a la copa y me retiré dispuesto a hacer todo aquello con precisión científica.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

miércoles, 23 de mayo de 2012

Capítulo 25 (Ansiedad Sosiega)

Se despertó el día entre cadáveres de infantes, se despertó el día con la tragedia en secreto, se despertó el día revolviendo las comisuras de un quebranto mudo. Se despertó el día y Yo seguía ahí, sentando, contemplando los cuerpos de los niños, llorando, con un sentimiento en medio de la garganta, queriendo ahogar al mundo, queriendo ahogarme en más desconsuelo.

Me levante, caminé a donde estaba el fardo con las cosas que saquee de la bodega, cogí un puño de billetes, me los metí a los bolsillos del pantalón, me fui a asear un poco en el primer grifo de agua que se me cruzo, me lavé la tierra, me tapé la sangre.

Salí a la calle, caminé, las ventajas del centro, es que uno puede encontrar todo en cualquier lugar con tan sólo caminar unos pasos. Lo primero que encontré fue una tienda de ropa y me compré alguna para poder desprenderme de los trapos que portaba (ya sucios de muerte), después me dirigí a comprar unas cuantas latas de leche en polvo, le siguió un costal de cal y por último me paré en el quiosco de la esquina a comprar los diarios.

Regresé al edificio, los cuerpos permanecían en el reposo en el que los había dejado, las sombras se movían sobre ellos y la indiferencia danzaba sobre ellos, surcando la ira de un pasado que se amarraba sobre las venas.

Dejé la ropa junto a las armas, puse la cal en un rincón, vacié las latas de leche, agarré el machete y niño por niño los hice cuadritos, los piqué en pedacitos muy finos. Iba picándolos con calma y con paciencia, subiendo el machete, bajándolo, golpeando el piso, triturando los huesos; cada golpe era una armonía de dureza y de recuerdos de carnicería.

Ya no existía el llanto, quedaba únicamente una prisa de desesperación, una ansiedad sosiega que circulaba por cada movimiento, mientras los cuerpos salpicaban sus jugos restantes sobre mi rostro. El olor a tripas, las expresiones guardadas en los ojos, lo consistencias de la masa encefálica, la viscosidad de las entrañas, la dificultad del alejamiento y de tanto abandono nadie dijo nada.

Cuando terminé de triturar, tomé las latas y puse en ellas cada pedazo de cadáver, las llené una por una; a la mitad necesite más latas y fui a comprar más, regresé y seguí rellenando latas con brochetas de niño. Cuando las latas estuvieron ocupadas, las condecoré con una porción de cal, hasta dejarlas al tope, las cerré y las apilé una encima de otra, hasta formar una columna que daba de suelo a techo, y así las dejé por el momento.

Encontré el grifo de un rato atrás y como pude me volví a asear, me quité la ropa, me cambié los trapos, agarré los diarios y encontré una nota que hablaba de lo acontecido en la Bodega. Era otra vez ese imbécil que se hacía llamar Potter, no decía ni la mitad de lo que yo había visto, ni era la mitad de la verdad. Junto a la nota la foto con mi dibujo en la banqueta, recorté la nota y la puse en la maleta.

Decidí quedarme en propiedad de ese edificio moribundo, que ya era tierra mía, reclamada por derecho y por fuerza. Al día siguiente, salí a comprar algo de cemento y recubrí las latas hasta hacerlas parecer un capricho de la construcción. Hasta el momento ahí están esos niños, ahí duermen, ahí juegan, encerrados en aluminio, cal y cemento. Había noches en que sus fantasmas me visitaban, había días en que sus fantasmas me molestaban; a veces jugaba con ellos, platicaba; a veces simplemente los ignoraba; a veces ya no espantaban, hasta que llego el día en que deje de prestarles importancia.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

lunes, 21 de mayo de 2012

Capítulo 24 (Hijos de Nadie)

Ahí, sentado en ese rincón, de ese edificio abandonado, pensé, discerní que aquellos niños eran hijos de nadie, perdidos en la inmensidad de la urbe, que nadie los reclamaría; deduje que eran soldados de la soledad, imposibilitados, mutilados por el destino; no habría lágrimas derramadas, no habría alegrías póstumas, sólo eran niños perdidos, olvidados, sobre viviendo sin dirección, deambulando por inercia.

Tomé de nueva cuenta la violencia entre mis dedos, la apreté con fuerza y me dirigí a donde estaban esos niños. Los miré, los miré de lejos, eran los sueños que jamás se realizarían, eran la promesa de futuros muertos. Tomé de nueva cuenta la locura y disparé sin miramientos, disparé con lágrimas en los ojos, disparé con energía en la desaparición.

Los fui matando mientras corrían, mientras gritaban; cayeron de uno por uno, cayeron frente a mis ojos, y mi mirada eran los pasados nunca realizados, cada niño era una ilusión perdida. El primero en morir era los besos guardados en el bolsillo, el segundo los amores no realizados, el tercero los hijos que no he tenido... Maté a cada uno de esos niños, maté las fantasías extraviadas, maté mi familia jamás conseguida, maté los anhelos que me perseguían; mientras, los niños seguían cayendo, seguían gritando, seguían muriendo.

Ya no era sadismo, bailaba con la muerte de frente, cara a cara, nos hablábamos de tu, era su ejecutor, era su lacayo. Por un momento dejó de sonar el percusor del arma, se paró el lienzo y los pinceles quedaron estáticos. Había matado a cada uno de esos infantes, ejecuté payasos de crucero, limpia parabrisas, vagoneros, limosneros, entes dislocados desde su nacimiento.

Se vino la noche, se vino la oscuridad, se vino la calma. Me quedé esa noche ahí, llorando esos niños, llorándome a mí, llorando el silencio. Me quedé tatuando momentos, desdoblando recuerdos que ya no tenía, mirando a los niños tirados en el suelo, sudando sangre, muriendo una muerte que no fue vida.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

viernes, 18 de mayo de 2012

Capítulo 23 (Siervo del Luto)

Sentado en el caminar, asentado por las sombras, el día se vino en la no conformación, necesitaba más sangre, necesitaba más, simplemente necesitaba más. No debía, no me convencía, el espacio era muy corto, las avenidas muy angostas, ya no existía el miedo, ya no existía el remordimiento. El enfado me circulaba desde el occipital hasta la médula, se congestionaba en mis manos, se amotinaba en la cabeza. Quería regresar, deseaba regresar, de alguna forma entendía que nada había terminado y que era momento de culminar todo, de matar a todos. Me volví, en secreto, amante de la muerte, siervo del luto, misionero del dolor.

Al inicio del medio día mi cuerpo me pidió un respiro, mis ideas se cansaron, mis pies comenzaban a suplicar, debía de buscar donde dormir, donde quedarme. Estaba perdido en mi soliloquio, extraviado en la ubicación; cuando me sacudí los pensamientos, descubrí que me encontraba en el centro de la ciudad, levanté la mirada y lo primero que vi, fue un viejo edificio abandonado, un edificio protegido por su legado arquitectónico, deshabitado a causa de los terremotos, retrazado en grietas, encerrado en vallas de madera, con cortinas de periódico y con estructura inclinada.

Ahí me refugié, era un buen sitio por el momento. Me colé por un hueco en la valla, caminé por su penumbra, subí por el crujir de sus escaleras, deambulé por el chillido de sus pisos, por la vibración de su agonía. Encontré un rincón, una esquina donde poner las cosas, donde depositar el cuerpo y sin protocolos ni pretensiones me quedé dormido.

Al poco rato me despertaron unos gritos, era una conversación amigable que subía su tono entre leperadas, era la voz de muchos y no provenía de afuera, eran voces desde adentro, con un tonito cantado interrumpiendo mi sueño. Busqué de donde venían, las seguí, las encontré. Eran las voces de adolescentes y de niños, de limpia parabrisas, de payasitos de crucero, de vagoneros de metro; reían, platicaban, comentaban, se insultaban, se bromeaban y se golpeaban unos a otros.

Entendí que esa era su casa, que ellos ahí habitaban, que su morada ante el abandono era ese edificio en el que yo pernoctaba de día. Estaba en sus dominios, era intruso de su patrimonio, era invitado furtivo. Les pude ver, con sus ropas desgastadas, con la mugre en la sonrisa, con su pestilencia en las palabras. No sabía si presentarme y salir de ahí, no sabía si mantenerme escondido hasta que fuera prudente. Regresé con cuidado a donde estaban mis cosas, abrí la maleta, armé el armamento y me quedé inmóvil deambulando por las estrategias.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

miércoles, 16 de mayo de 2012

Acotación 8

DECAPITADOS Y QUEMADOS
El Inquisidor a 16 de Mayo de 2011
Por: Sr. Potter

Ayer en el predio ubicado en la Calle de Avena #217, se produjo un incendio en las primeras horas del día, el cual, consumió la totalidad de la bodega en donde la empresa Tutto Infanti almacenaba su mercancía. En el interior del edificio se encontraron los cuerpos de tres personas que laboraban en la compañía como guardias de seguridad.

De acuerdo con los reportes periciales, dos de los cuerpos fueron torturados antes de ser quemados, mientras que el tercer cuerpo, fue decapitado y su cabeza fue hallada en el exterior del predio. Mientras que en la banqueta, se puede observar un dibujo hecho con sangre relacionado con una banda de Grunge de los años noventas.

Al preguntarle al representante de la empresa, el Lic. Escobar, sobre las posibles causas, dijo desconocer los motivos de tal ataque, ya que ahí, era solo un almacén de una empresa de ropa para niños y que no tenían ninguna relación con grupos delictivos o sospecha alguna.

Al mismo tiempo, el Comandante Negrete, negó relación alguna entre estos incidente y los homicidios de dos policías hace un par de meses, en donde también aparecieron dibujos de bandas de Grunge en las banquetas. Descarto que esto sea obra de una banda en particular y que por el momento se harían las investigaciones pertinentes.

Lo que sabemos, es que con este hecho, ya son dos la ejecuciones donde se hace una marca relacionadas con grupos de Grunge, por lo tanto, estamos viendo un nuevo sistema de ejecuciones, que llamaremos los Asesinatos del Grunge.

Escrito Por:
Arturo Lizárraga Osorio

lunes, 14 de mayo de 2012

Capítulo 22 (El Crescendo un Silencio)

Alguien llegó, llamaban a la puerta, sonaban la bocina del auto, Yo adentro con un cadáver, disfracé la voz, respondí a los toquidos, escondí el cuerpo como pude, le quité la gorra y la chamarra, me las puse y bajando la mirada, salí a abrir la puerta con la ametralladora aún en el hombro.

Recorrí el portón, deslicé el metal sobre su eje, refugié la vista, miré de reojo y vi aquel par de panzones a bordo de una camioneta negra. Eran ese par de panzones que por milagro no me quitaron la vida, eran esos panzones que me azotaron hasta dejarme inconforme, moribundo, enardecido.

Cogí la ametralladora con fuerza, la empuñé con odio, la sostuve entre temblores. Fui a la puerta del coductor y en cuanto abrió la portezuela le di un cachazo en pleno rostro, iba cayendo cuando el otro volvió su mirada a mí, no le di tiempo y funcioné la ametralladora, no sé cuantos balazos salieron ni cuantos le atiné, la fuerza me empujo para atrás, el panzón cayó al piso.

Tomé al panzón inconsciente, busqué una cuerda, le amarré las manos, lo colgué como el me había colgado, le quité la ropa, encontré varias navajas en uno de los escritorios, de esas navajas finas que se usan para picar la piedra de coca, de esas navajas de adicto. Sostuve la navaja con cuidado y comencé a afeitarle la piel, le iba quitando cada centímetro de epidermis, con cuidado y con calma acariciaba su entorno con sadismo; se despertó entre su linfa y su agonía, gritó, chilló, suplicó, no volteé a verlo, me fui despacito rebanando su piel en finos cortes, en sangriento placer. Le quité cada rincón, cada pedazo, le removí las uñas, le ultraje la superficie y sólo quedó su carne, su interior, latiendo en vívido dolor, en indescriptible recuerdo.

Sobre protegí el momento, lo acomodé en las más frescas sensaciones, mirando su carne viva, su pulso en movimiento. Tomé un encendedor, y lo pasé por cada parte de aquel hombre; le quemé su interior, no había prisas, era Yo, reconociendo mi venganza, convenciéndome de ella, realizando mis demonios. La obertura se había terminado y ahora un adagio de clemencia me era dirigido; no escuchaba, no entendía, me entretenía pasando esa diminuta flama, paladeando cada momento, cada instante.

Al llegar el crescendo un silencio, acabo de golpe, su voz no se escuchaba, sus músculos no se movían. Se vino el final tan repentinamente que no sé cómo llegó o porqué llegó, únicamente quedaba la misma madrugada ahogada en el ferocidad de mi egolatría.

Agarré un machete que encontré entre las armas, lo agarré con decisión, me encaminé al panzón que maté a balazos y de varios golpes le quité la cabeza, tomé por el cabello la cabeza, tiré un galón de gasolina, recogí la maleta con las armas y el dinero, prendí un cerillo, salí de ahí, con la sangre que salía de la cabeza pinte en la banqueta un simulacro de cara, con asteriscos como ojos, con mal trazos como boca, era el mismo dibujo de la carita de Nirvana escurriendo sangre sobre la banqueta, dejé la cabeza a un lado y me marché mientras el fuego comenzaba a arder en los primeros soplidos del amanecer.

Me retiré a paso lento, cabizbajo, aún con enojo, aún no satisfecho, quería más, necesitaba más, no me podía conformar, no podía dejarme ahí con ese momento efímero consolando el futuro, una sanja se formaba en mí, una grieta de necesidad y mi caminar era más lento, más reflexivo, más calmo como gotas de lluvia cayendo en tardes sin gente.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

viernes, 11 de mayo de 2012

Capítulo 21 (Esplendor de Satisfacción)

El guardia había muerto, permanecía en el suelo, atado a sus ojos de espanto, a su rostro deformado. Lo maté a mano limpia, con la fuerza de mis puños, con la ironía de mi enfado. Ya no sentía el remordimiento de matar, ahora sólo quedaba un esplendor de satisfacción aún no satisfecho.

Me levanté, pateé el cadáver, lo volví a patear; en mí, un grito ahogado, una impotencia superior, una necesidad de seguir golpeando, era un animal recobrando su instinto. No pararía ahora, no pararía mañana, no pararía nunca; mis piernas eran incendio, mis manos eran dominio, estaba en el poderío de mi jurisdicción impartiendo la fiereza del enojo.

Calmé los impulsos, pensé lentamente, la razón entró con cautela en mis acciones; me aproximé a la puerta y la cerré, fui al guardia y le quité la ametralladora, inspeccioné cada rincón de esa bodega, encontré rollos de telas, maquinas de coser, ropa de niño; seguí buscando, hallé atrás de las telas, a un costado de la ropa, una puerta a una segunda sección de la bodega; la abrí de un golpe, y entonces todo fue más claro.

En esa parte de la bodega tenían escritorios, computadoras, papeles de oficina, archiveros, cuadros, armas de todas proporciones: desde pequeñas pistolas, hasta grandes ametralladoras; tenían arsenal para derrocar a cualquier fuerza invasora. Y justo a un costado de las armas, más droga que la que un país necesita para matarse de sobre dosis.

Busqué algo para llevarme unas cuantas armas, encontré una vieja maleta de futbolista arrumbada en los triques, puse en ella algunas pistolas, balas, granadas, ametralladoras, más balas; ya iba a... pero se me vino una idea a la cabeza y tomé algunos paquetes de coca y de pastillas. Cerraba la maleta cuando vi un bulto detrás de un escritorio, me acerqué y era una edificación de dinero lo suficientemente alto como para darme vida de rey; cogí cuanto pude de billetes y los puse adentro de la maleta.

Regresé a donde estaba el cadáver del guardia, me disponía a hacer... cuando un toquido de claxon y un golpe en la puerta me sacaron de concentración.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

miércoles, 9 de mayo de 2012

Capítulo 20 (Vuelto Bestia)

Todavía no era media noche cuando dejé a la Niña de mirada lejana, salí a caminar por el valle de terracería, salí en medio del caos de chozas y de alambres, salí en con el enojo tomado de la mano, con la furia mitigando mis pasos, con la idea fija de regresar a aquella bodega.

Alcancé a tomar el último bus que me llevaba a la ciudad, me dejo a unos cuantos kilómetros de distancia y de ahí a pie por la sombra del asfalto, por la intranquilidad de la media luna, por los pensamientos, por las avenidas y por la vehemencia. Todos aquellos planes parecían desaparecidos, todos los mapas y todas las indicaciones se extraviaron en un atropellado Yo que resoplaba cada vez más fuerte.

Llegué ya entrada la madrugada a esa bodega, sin armas y sin ideas, sólo con la necesidad de desquitarme, con un enojo tan arraigado, con un moribundo ser que expiró entre ratas su último vestigio de humanidad. Fue entonces cuando hice una de las mayores tonterías de la historia de las tonterías, sabiendo que la bodega era resguardada por un tipo con ametralladora, se me ocurrió simplemente tocar a la puerta, como quien va a visitar a su abuela enferma; golpeé con el puño cerrado ese portón de fierro, sonó en el silencio la percusión metálica de mi golpeteo. No cargaba ni una resortera, solo era Yo a la expectativa de que me abrieran, solo era Yo vuelto bestia, solo era Yo esperando matar o morir.

Se comenzó a abrir la puerta, se iba desplazando de a poco, me puse a un lado; se comenzó a abrir la puerta y de atrás de ella se asomó el guardia, con la ametralladora en el hombro, con el cabello mal peinado, con la pregunta de un toquido en medio de la madrugada, con los ojos atentos.

No esperé a que me identificara, no esperé a que me viera, cerré la mano, amarré los dedos, apreté las palabras, armonicé la rabia y en apertura de saña le tiré un puñetazo a la mandíbula, el guardia se sacudió, no dejé pasar tiempo y un izquierdazo salió de mí en dirección a su mejilla. Me le abalancé, me le fui encima, el guardia no entendía, el guardia no atinaba. Caímos dentro de la bodega en erótica charla de violencia, Yo sobre él, él de espaldas al suelo, agitando sus manos, queriendo sacudirse mis golpes; Yo profesé la sublime sinfonía de cólera, mis brazos no paraban, el ruido de los impactos era seco acompañado de un eco de piso; los huesos se chocaban, el susto en su mirada era magia. Mi cuerpo armonioso, resonando en la profética obra maestra de alguien que se sabe nacido para matar.

Nunca me había sentido con esa sensación de vida, era una infusión de poder transitando desde mi vesania hasta mi insania. Mi sudor danzando en el aire, su sangre acariciando mis nudillos, delicado movimiento de sentimientos, estaba cubierto en la dulzura del Yo matando. Y de pronto, un ruido más profundo, un ruido más duro, apenas un quejido y sus brazos dejaron de agitarse y los huesos tronaron, su mirada de espanto se quedo inmóvil, su cuerpo paro, su rostro se terminó de deformar y no volvió a hacer nada más.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

lunes, 7 de mayo de 2012

Capítulo 19 (Insolubles en Confabulaciones)

Fue en ese momento, arrojado a la realidad, cuando un enérgico despertar alerto todos mis sentidos, y entonces la venganza pausada se volvió un rift acelerado. Los sueños se incendiaron, invadieron la piel, se agitaron por las venas, la necesidad se hizo imperiosa. Parado de nueva cuenta frente a ese portón, mirando desde el asiento de un auto, la bodega en donde tiempo atrás me instalé a observar a mis víctimas. Regresaba sobre pasos y destino.

Mi ira enrojeció la piel mientras el Político me ordenó que metiera el auto y que lo esperara una media hora y que por ningún motivo me fuera a bajar del auto. Una vez adentro, el Político abandonó el auto y me dejó en las sobras de un techo de lámina. Cuando observé con cuidado era el mismo techo que cubrió al par de panzones que me golpearon, eran las mismas paredes, el suelo, los colores, los olores. Mi paladar se lleno de sedimentos de sed, mis manos se tornaron temblorosas, mi impotencia se aferraba a mi estomago y mi mirada se hacia infierno y guerra.

Durante treinta minutos no dejé de buscar al par de panzones, vi restos de sangre que podían ser la mía, dibujé fotografías en mi mente de cada detalle, del número de ventanas, del tipo de cerradura en el portón, del tamaño, del olor, de las succiones; estaba insolubles en confabulaciones de una revancha que se veía próxima.

A los treinta minutos exactos regreso el Político, lo llevé de regreso a su casa, dejé el auto, salí, esperé en la acera a la Niña de mirada lejana, salió, y nos encaminamos al valle de terracería, fuimos por un par de bolillos para cenar, llegamos a la choza, nos cubrimos bajo los cartones, nos sentamos en el petate a comer ese pan duro que pasaba al ritmo de un café amargo. Ella me platicaba de su día, me narró cada una de sus labores, y según creó eso lo hacia todas las noches. La interrumpí un momento, la miré con calma  (acariciando sus ojos con cuidado) y le pregunté si ella era oriunda de la Ciudad, a lo que ella respondió que no, que se había venido de su pueblo con su Abuela, pero que al llegar a la Ciudad, la urbe mató a su Abuela y ella simplemente se perdió de a poco en las calles y la desesperición.

Le pedí que regresara a su pueblo, a lo que ella no accedió, me argumento que ahora estaba bien y que para que tenía que alterar las cosas. Le volví a pedir que se fuera pero sus argumentos eran los mismos (no se cómo se puede vivir bien con un zombie) no aceptaba volver a su pueblo. No quería discutir con ella, así que sin dejarla de ver, solo le dije un Gracias aterciopelado envuelto en honestidad. Ella no entendió, y sólo me calificó de loco. Regresé los ojos al vaso de café y ella se siguió con su plática.

Esperé a que se quedara dormida, tomé todo el dinero que tenía en mi bolsillo y se lo dejé sobre el petate, me acerqué sigiloso y le di un beso en la frente, me di la vuelta y salí de ahí. Una vez más a abandonar todo, era momento de que el monstruo volviera a matar.

Escrito Por:
Arturo Lizárraga Osorio

viernes, 4 de mayo de 2012

Capítulo 18 (Inmóvil de Crueldad)

Ya tenía un empleo, no el mejor de todos, ni mucho menos el que Yo deseaba, después de diez años en la universidad, de diplomas y post grados, ahora era el chofer de un corrupto, era el conductor de un político. Si para mí la clase política era lo más bajo que existía en la pirámide de la evolución, ser el sirviente de uno de ellos ¿En dónde me dejaba?. Era consiente de que aquel de los diplomas, el de los dobles títulos, el de los estudios, dejó de existir el día que le disparé al Gordo. Ahora me convertía en el mono bailarín de un involucionado.

Me alejé de la casa de a poquito, mi andar era cansino, meditabundo, bajé por las avenidas, subí por las calles, hice paisajes de introspección, de enojo resguardado. Todavía no se me quitaba la sensación de vendetta, la urgencia de violencia, pero se iba haciendo más calmada, el sadismo me concedía una paulatina tranquilidad. Cuando dicen que la venganza es un plato que sabe mejor frío, es porque uno disfruta cada pensamiento, porque ese enojo se hace calmo y entonces las ideas parecen inteligentes, las estrategias son controladas y el buqué comienza a desmembrarse en sutiles porciones.

Así anduve todo el día, perdido por la Ciudad, perdido dentro de mí, era prisionero de mis ideas, me sumergí en una cárcel de tonos escarlata. No me percataba de lo que hacía ni de como lo hacía; no sé como llegué a la choza de la Niña de mirada lejana, no sé si comí o si dormí, no sé como salí al otro día. Ya todo era una irrealidad fantasiosa, una ficción palpándose por todos los poros.

De a poco la realidad era como recuerdos de sueños, como leves pestañeos, recuerdo haber llegado a ver al Político al Senado, recuerdo encender el auto, recuerdo de momentos a la Niña de mirada lejana caminando a mi lado por el alba, tengo memorias de la Patrona, de los guaruras de la casa, tengo ligeras raspaduras en una mente que no pudo sostener el momento. Sólo recuerdo el sentido de las ideas, la emoción por ejecutarlas, la fascinación de pensarlas, algunas veces sentía que sonreía mientras creaba nuevas tácticas, todo era como un somnífero cargado de vehemencia.

No sé por cuantos días habré estado así, pensando, inmóvil de crueldad, sobreviviendo en el entorno. Pero de pronto... En un momento me pidió el Político que lo llevara a una dirección, al llegar, algo me sacó de mi fantasía, de golpe vi todo en colores saturados cubierto de polvo, reconocía ese lugar, era aquella bodega, la bodega a donde iban los Chulos.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

miércoles, 2 de mayo de 2012

Acotación 7

Pétalos de sufrimiento
ahogados en surcos de entendimiento,
me sumerjo en valles de ira,
en el estertor de la desilusión.

Pago céntimos de aire,
alquilo la vida por fracciones,
retracto en reflexiones,
tierno dibujo de existencia.

Juicioso de consecuencias
cede el enojo por angustia,
aflojo la conciencia
en bromas mal contadas.

Soy burla de lágrima suprimida,
de espanto pospuesto,
de inercia cancelada.

Pétalos en aflicción,
amantes de ideas,
coimas de dolor.
Duplico la ironía,
divido la pena,
separo el interés.

Pétalos de llanto
tiemblan por el cuerpo,
se extienden por las arterias,
se acurrucan en el corazón.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio