miércoles, 9 de mayo de 2012

Capítulo 20 (Vuelto Bestia)

Todavía no era media noche cuando dejé a la Niña de mirada lejana, salí a caminar por el valle de terracería, salí en medio del caos de chozas y de alambres, salí en con el enojo tomado de la mano, con la furia mitigando mis pasos, con la idea fija de regresar a aquella bodega.

Alcancé a tomar el último bus que me llevaba a la ciudad, me dejo a unos cuantos kilómetros de distancia y de ahí a pie por la sombra del asfalto, por la intranquilidad de la media luna, por los pensamientos, por las avenidas y por la vehemencia. Todos aquellos planes parecían desaparecidos, todos los mapas y todas las indicaciones se extraviaron en un atropellado Yo que resoplaba cada vez más fuerte.

Llegué ya entrada la madrugada a esa bodega, sin armas y sin ideas, sólo con la necesidad de desquitarme, con un enojo tan arraigado, con un moribundo ser que expiró entre ratas su último vestigio de humanidad. Fue entonces cuando hice una de las mayores tonterías de la historia de las tonterías, sabiendo que la bodega era resguardada por un tipo con ametralladora, se me ocurrió simplemente tocar a la puerta, como quien va a visitar a su abuela enferma; golpeé con el puño cerrado ese portón de fierro, sonó en el silencio la percusión metálica de mi golpeteo. No cargaba ni una resortera, solo era Yo a la expectativa de que me abrieran, solo era Yo vuelto bestia, solo era Yo esperando matar o morir.

Se comenzó a abrir la puerta, se iba desplazando de a poco, me puse a un lado; se comenzó a abrir la puerta y de atrás de ella se asomó el guardia, con la ametralladora en el hombro, con el cabello mal peinado, con la pregunta de un toquido en medio de la madrugada, con los ojos atentos.

No esperé a que me identificara, no esperé a que me viera, cerré la mano, amarré los dedos, apreté las palabras, armonicé la rabia y en apertura de saña le tiré un puñetazo a la mandíbula, el guardia se sacudió, no dejé pasar tiempo y un izquierdazo salió de mí en dirección a su mejilla. Me le abalancé, me le fui encima, el guardia no entendía, el guardia no atinaba. Caímos dentro de la bodega en erótica charla de violencia, Yo sobre él, él de espaldas al suelo, agitando sus manos, queriendo sacudirse mis golpes; Yo profesé la sublime sinfonía de cólera, mis brazos no paraban, el ruido de los impactos era seco acompañado de un eco de piso; los huesos se chocaban, el susto en su mirada era magia. Mi cuerpo armonioso, resonando en la profética obra maestra de alguien que se sabe nacido para matar.

Nunca me había sentido con esa sensación de vida, era una infusión de poder transitando desde mi vesania hasta mi insania. Mi sudor danzando en el aire, su sangre acariciando mis nudillos, delicado movimiento de sentimientos, estaba cubierto en la dulzura del Yo matando. Y de pronto, un ruido más profundo, un ruido más duro, apenas un quejido y sus brazos dejaron de agitarse y los huesos tronaron, su mirada de espanto se quedo inmóvil, su cuerpo paro, su rostro se terminó de deformar y no volvió a hacer nada más.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

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