Fue en ese momento, arrojado a la realidad, cuando un enérgico despertar alerto todos mis sentidos, y entonces la venganza pausada se volvió un rift acelerado. Los sueños se incendiaron, invadieron la piel, se agitaron por las venas, la necesidad se hizo imperiosa. Parado de nueva cuenta frente a ese portón, mirando desde el asiento de un auto, la bodega en donde tiempo atrás me instalé a observar a mis víctimas. Regresaba sobre pasos y destino.
Mi ira enrojeció la piel mientras el Político me ordenó que metiera el auto y que lo esperara una media hora y que por ningún motivo me fuera a bajar del auto. Una vez adentro, el Político abandonó el auto y me dejó en las sobras de un techo de lámina. Cuando observé con cuidado era el mismo techo que cubrió al par de panzones que me golpearon, eran las mismas paredes, el suelo, los colores, los olores. Mi paladar se lleno de sedimentos de sed, mis manos se tornaron temblorosas, mi impotencia se aferraba a mi estomago y mi mirada se hacia infierno y guerra.
Durante treinta minutos no dejé de buscar al par de panzones, vi restos de sangre que podían ser la mía, dibujé fotografías en mi mente de cada detalle, del número de ventanas, del tipo de cerradura en el portón, del tamaño, del olor, de las succiones; estaba insolubles en confabulaciones de una revancha que se veía próxima.
A los treinta minutos exactos regreso el Político, lo llevé de regreso a su casa, dejé el auto, salí, esperé en la acera a la Niña de mirada lejana, salió, y nos encaminamos al valle de terracería, fuimos por un par de bolillos para cenar, llegamos a la choza, nos cubrimos bajo los cartones, nos sentamos en el petate a comer ese pan duro que pasaba al ritmo de un café amargo. Ella me platicaba de su día, me narró cada una de sus labores, y según creó eso lo hacia todas las noches. La interrumpí un momento, la miré con calma (acariciando sus ojos con cuidado) y le pregunté si ella era oriunda de la Ciudad, a lo que ella respondió que no, que se había venido de su pueblo con su Abuela, pero que al llegar a la Ciudad, la urbe mató a su Abuela y ella simplemente se perdió de a poco en las calles y la desesperición.
Le pedí que regresara a su pueblo, a lo que ella no accedió, me argumento que ahora estaba bien y que para que tenía que alterar las cosas. Le volví a pedir que se fuera pero sus argumentos eran los mismos (no se cómo se puede vivir bien con un zombie) no aceptaba volver a su pueblo. No quería discutir con ella, así que sin dejarla de ver, solo le dije un Gracias aterciopelado envuelto en honestidad. Ella no entendió, y sólo me calificó de loco. Regresé los ojos al vaso de café y ella se siguió con su plática.
Esperé a que se quedara dormida, tomé todo el dinero que tenía en mi bolsillo y se lo dejé sobre el petate, me acerqué sigiloso y le di un beso en la frente, me di la vuelta y salí de ahí. Una vez más a abandonar todo, era momento de que el monstruo volviera a matar.
Escrito Por:
Arturo Lizárraga Osorio
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