Sentado en el caminar, asentado por las sombras, el día se vino en la no conformación, necesitaba más sangre, necesitaba más, simplemente necesitaba más. No debía, no me convencía, el espacio era muy corto, las avenidas muy angostas, ya no existía el miedo, ya no existía el remordimiento. El enfado me circulaba desde el occipital hasta la médula, se congestionaba en mis manos, se amotinaba en la cabeza. Quería regresar, deseaba regresar, de alguna forma entendía que nada había terminado y que era momento de culminar todo, de matar a todos. Me volví, en secreto, amante de la muerte, siervo del luto, misionero del dolor.
Al inicio del medio día mi cuerpo me pidió un respiro, mis ideas se cansaron, mis pies comenzaban a suplicar, debía de buscar donde dormir, donde quedarme. Estaba perdido en mi soliloquio, extraviado en la ubicación; cuando me sacudí los pensamientos, descubrí que me encontraba en el centro de la ciudad, levanté la mirada y lo primero que vi, fue un viejo edificio abandonado, un edificio protegido por su legado arquitectónico, deshabitado a causa de los terremotos, retrazado en grietas, encerrado en vallas de madera, con cortinas de periódico y con estructura inclinada.
Ahí me refugié, era un buen sitio por el momento. Me colé por un hueco en la valla, caminé por su penumbra, subí por el crujir de sus escaleras, deambulé por el chillido de sus pisos, por la vibración de su agonía. Encontré un rincón, una esquina donde poner las cosas, donde depositar el cuerpo y sin protocolos ni pretensiones me quedé dormido.
Al poco rato me despertaron unos gritos, era una conversación amigable que subía su tono entre leperadas, era la voz de muchos y no provenía de afuera, eran voces desde adentro, con un tonito cantado interrumpiendo mi sueño. Busqué de donde venían, las seguí, las encontré. Eran las voces de adolescentes y de niños, de limpia parabrisas, de payasitos de crucero, de vagoneros de metro; reían, platicaban, comentaban, se insultaban, se bromeaban y se golpeaban unos a otros.
Entendí que esa era su casa, que ellos ahí habitaban, que su morada ante el abandono era ese edificio en el que yo pernoctaba de día. Estaba en sus dominios, era intruso de su patrimonio, era invitado furtivo. Les pude ver, con sus ropas desgastadas, con la mugre en la sonrisa, con su pestilencia en las palabras. No sabía si presentarme y salir de ahí, no sabía si mantenerme escondido hasta que fuera prudente. Regresé con cuidado a donde estaban mis cosas, abrí la maleta, armé el armamento y me quedé inmóvil deambulando por las estrategias.
Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio
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