Se despertó el día entre cadáveres de infantes, se despertó el día con la tragedia en secreto, se despertó el día revolviendo las comisuras de un quebranto mudo. Se despertó el día y Yo seguía ahí, sentando, contemplando los cuerpos de los niños, llorando, con un sentimiento en medio de la garganta, queriendo ahogar al mundo, queriendo ahogarme en más desconsuelo.
Me levante, caminé a donde estaba el fardo con las cosas que saquee de la bodega, cogí un puño de billetes, me los metí a los bolsillos del pantalón, me fui a asear un poco en el primer grifo de agua que se me cruzo, me lavé la tierra, me tapé la sangre.
Salí a la calle, caminé, las ventajas del centro, es que uno puede encontrar todo en cualquier lugar con tan sólo caminar unos pasos. Lo primero que encontré fue una tienda de ropa y me compré alguna para poder desprenderme de los trapos que portaba (ya sucios de muerte), después me dirigí a comprar unas cuantas latas de leche en polvo, le siguió un costal de cal y por último me paré en el quiosco de la esquina a comprar los diarios.
Regresé al edificio, los cuerpos permanecían en el reposo en el que los había dejado, las sombras se movían sobre ellos y la indiferencia danzaba sobre ellos, surcando la ira de un pasado que se amarraba sobre las venas.
Dejé la ropa junto a las armas, puse la cal en un rincón, vacié las latas de leche, agarré el machete y niño por niño los hice cuadritos, los piqué en pedacitos muy finos. Iba picándolos con calma y con paciencia, subiendo el machete, bajándolo, golpeando el piso, triturando los huesos; cada golpe era una armonía de dureza y de recuerdos de carnicería.
Ya no existía el llanto, quedaba únicamente una prisa de desesperación, una ansiedad sosiega que circulaba por cada movimiento, mientras los cuerpos salpicaban sus jugos restantes sobre mi rostro. El olor a tripas, las expresiones guardadas en los ojos, lo consistencias de la masa encefálica, la viscosidad de las entrañas, la dificultad del alejamiento y de tanto abandono nadie dijo nada.
Cuando terminé de triturar, tomé las latas y puse en ellas cada pedazo de cadáver, las llené una por una; a la mitad necesite más latas y fui a comprar más, regresé y seguí rellenando latas con brochetas de niño. Cuando las latas estuvieron ocupadas, las condecoré con una porción de cal, hasta dejarlas al tope, las cerré y las apilé una encima de otra, hasta formar una columna que daba de suelo a techo, y así las dejé por el momento.
Encontré el grifo de un rato atrás y como pude me volví a asear, me quité la ropa, me cambié los trapos, agarré los diarios y encontré una nota que hablaba de lo acontecido en la Bodega. Era otra vez ese imbécil que se hacía llamar Potter, no decía ni la mitad de lo que yo había visto, ni era la mitad de la verdad. Junto a la nota la foto con mi dibujo en la banqueta, recorté la nota y la puse en la maleta.
Decidí quedarme en propiedad de ese edificio moribundo, que ya era tierra mía, reclamada por derecho y por fuerza. Al día siguiente, salí a comprar algo de cemento y recubrí las latas hasta hacerlas parecer un capricho de la construcción. Hasta el momento ahí están esos niños, ahí duermen, ahí juegan, encerrados en aluminio, cal y cemento. Había noches en que sus fantasmas me visitaban, había días en que sus fantasmas me molestaban; a veces jugaba con ellos, platicaba; a veces simplemente los ignoraba; a veces ya no espantaban, hasta que llego el día en que deje de prestarles importancia.
Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio
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