viernes, 30 de marzo de 2012

Capítulo 8 (Minifalda a Cuadros)

Todo estaba listo, ese día repasé paso por paso lo que habría de hacer, como la vez anterior, hice una gran peregrinación por mi departamento, me mire frente al espejo, saqué el arma, la guarde, me fijé que el silenciador estuviera en su lugar, y en algún momento hasta me puse a pensar en una buena frase para decirles a la cara, algo al estilo Rambo o Terminator, me atraían las frases de Peter Parker, así que saqué algunos comics y los hojeé para encontrar aquellas palabras que diría, esta vez no me quería quedar callado.

En mi reloj dieron las 3 de la tarde e igual que la vez pasada, me di un baño, me afeité, me vestí con la ropa que ya había escogido, tomé la pistola y la puse en mi cinturón cuidando que no se viera. Salí del departamento y heché a caminar por la calle en dirección de la parada de camiones, cogí el primer camión con dirección a mi destino.

Llegué un poco pasadas las 5 de la tarde, desde lo lejos alcancé a ver el Audi estacionado en la calle de costumbre, dirigí mis pasos con rumbo al Audi, al llegar a la esquina, vi que la primera mujer se acercaba a ellos, me detuve, y pude observar que desde el interior del auto manoteaban. De pronto, la mano del Zapata salió por la ventanilla y tomo a la mujer por el antebrazo, ella intento zafarse, le tiró un manotazo al Zapata, cuando de pronto del otro lado, se bajó el Bono, azotó la puerta, se fue derecho a aquella mujer en minifalda a cuadros y trenzas. Más tardo en reaccionar ella que el puño del Bono en atinarle un derechazo en el pómulo. Ella se fue de espaldas, se dio de culo con el suelo, todavía con el brazo sujeto por el Zapata. Era pleno día, y la poca gente que vio las cosas se volteó para el otro lado y abandonó la calle lo más rápido posible.

Yo no me di cuenta de mis movimientos, tal vez fueron los valores morales de los domingos de infancia en la Iglesia, tal vez fue una acto reflejo, tal vez fue simple humanidad. Pero cuando el Bono preparaba su pierna para recetarle una patada, Yo estaba a unos metros apuntándole a la cabeza, él no me percibió, y antes de que el impacto de su pie fuera a dar a la cabeza de aquella mujer, Yo, ya le había disparado.

La bala entro justo en la mitad de su cabeza (vamos, que ni en los vídeo juegos hago eso), le cruzó las ideas y le hizo estallar una flama de sangre y sesos por el orificio de su trayecto, se desplomó en vertical, a un lado de la mujer. El Zapata volteo asustado, abrió la puerta del Auto y en lugar de enfrentarme quizo correr para el otro extremo de la calle en señal de huida, no podía dejar que se fuera, le apunte a la distancia, y jalé del gatillo una, dos, tres, cuatro veces, hasta ver que caía; me acerque a donde estaba y a quema ropa le di un tiro en la nuca. Un espasmo fue su último movimiento y un charco de sangre se mezcló en el chapopote y en el silencio de una calle abandonada por el miedo de la gente.

Regresé a donde estaba la mujer, le tendí la mano mientras me escondió su rostro de terror dibujado en sangre ajena y en rímel corrido. Su temor superaba cualquier esfuerzo y su mejilla se inflamaba a en su piel morena; me miro de reojo con su mirada de pupilentes. Me di cuenta que apenas era una niña, que no podía ser una mujer; una niña haciendo la calle.

La adrenalina circulaba todo mi cuerpo, deje de lado la cortesía, reaccioné, tenía que salir de ahí, ya no levante a aquella niña, la deje (con sus cabellos mal pintados) asustada en el piso; vi que en el Audi habían dejado las llaves pegadas, me subí en él y salí dejando atrás una ciudad marcada por dos muertes y por una niña aterrada llorando en el pavimento.

Escrito por:

miércoles, 28 de marzo de 2012

Acotación 2

Fuego de ciudad
arde en la mirada,
se impregna en la entrañas,
seduce la honestidad.

Aguijón de concreto,
pasos perdidos,
semántica destruida
y avenidas por construir.

Fe corrompida
y esperanza desperdiciada
en esquinas dolientes,
en pasos subterráneos,
en subsistencia caducada,
en aflicción de urbe.

Respiración contenida,
impotencia de medio día,
caída en desconsuelo,
estruendo compartido.

Crimen sistematizado,
disipación en resistencia,
en fuego de ciudad
que arde en la mirada.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio
http://www.facebook.com/GRUNGEmx
http://www.facebook.com/GRUNGEblog
https://twitter.com/#!/GRUNGE_mx

lunes, 26 de marzo de 2012

Capítulo 7 (La Preparación)

Tenía que enfrentar a los del Audi, eran dos, uno que conducía y otro que hacia las entregas, así que mis probabilidades de que me mataran eran mayores que con el Gordo. No podía esperar mucho, no me podía dar el lujo de que ellos me encontraran primero, ya que no era seguro que me ejecutaran, y yo quería morir, no ser torturado, aunque la tortura era un proceso psicológico atado a mi cotidiano desde la noche que maté al Gordo.

Por otro lado, si sucedía algo similar a lo del Gordo, no quería dejar marcas, no era mi ideal ir a la cárcel cargando los fantasmas de asesinatos, mirando nostálgico a la muerte tras rejas y aislamiento. Era mi obligación preparar todo con claridad científica.

Lo primero era investigar todo lo que pudiera del Audi Negro, tenía su matrícula y eso era un inicio. Internet me llevo hasta una casa en una zona residencial de clase media; ahí todas las mañanas llegaba el tío que conducía el auto, un hombre alto, flaco y de bigote a la Emiliano Zapata, este tipo era un aviador del municipio que su principal actividad era tramitar amparos judiciales para su red de delincuencia. Al poco tiempo de llegar él, salía el tipo que hacia las entregas con el Gordo, era uno de esos galancetes de balneario, siempre traía una camiseta de tirantes, con la panza chelera, una chaqueta de cuero y unas gafas a la Bono.

Todos los días, de lunes a viernes tenían las mismas actividades, sacaban el auto, iban a dejar a los hijos del Bono a la escuela (a los cuales despedían con un beso y una bendición), después se encaminaban a una bodega en una zona industrial, ahí les abría el portón un tipo con una ametralladora colgada en el hombro, guardaban el auto, salían a la hora y media y se iban a hacer entregas, recorrían cerca de 5 sectores diarios, luego recogían a los niños de la escuela los llevaban a la casa y ellos salían al palacio municipal, en donde los esperaba un comandante al que entregaban un sobre y un abrazo. Después de esto, se iban a comer a unos tacos cercanos al palacio municipal, pagaban y se marchaban con dirección a la zona de prostitutas de la ciudad, se estacionaban en una calle a esperar a que mujer por mujer les fuera a saludar, les daban dinero y ellos le regresaban un insulto con una nalgada. Regresaban a la casa del Bono, guardaban el auto y el Zapata se retiraba a su casa que no quedaba lejos de ahí. A veces en las noches, los visitaba una especie de Chamán, de esos que apestan a yerbas desde un kilómetro de distancia, con sus collares colgados y un ídolo de piedra en las manos.

Los sábados empezaban más tarde su faena, salían pasado el medio día y solo se encaminaban al palacio municipal y a la zona de prostitutas. Los domingos, por lo general se quedaba cada uno en su casa y solo salían para ir con sus familias a un templo cercano, ahí escuchaban el servicio por más de hora y media, daban un sobre al pastor, este les daba un gran abrazo y se regresaban a sus casas.

Si tenía una oportunidad para enfrentarme a ellos era en las primeras horas en que se estacionaban en la calle a esperar a que mujer tras mujer les diera dinero. Así que ese sería el momento.

Ahora bien, no podía salir igual que la vez pasada, no podía ser tan descuidado, tenia que hacer un recorrido por la ficción Hollywoodense, por lo que, fui a comprar un silenciador para mi pistola, unos guantes de látex para no dejar marcas (fueron de látex porque es más cómodo disparar con ellos, los dedos no se atoran en el gatillo), busqué en mi armario hasta encontrar una chamarra tipo sudadera con una capucha, le rebaje la suela a mis botas para que no quedaran huellas en el suelo, miré más vídeos en Internet para saber como mejorar mi puntería y como soportar mejor el impacto de disparar en mis brazos. Encontré una camiseta que me había regalado ella de Pearl Jam, y esa era la camiseta que usaría, no sólo porque era negra, sino porque, al morir con esa camiseta puesta, ella sabría que nunca...

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

viernes, 23 de marzo de 2012

Capítulo 6 (El Remordimiento 2)

El haber escuchado a aquellas señoras en el supermercado me había calmado un poco, aunque no del todo, un remordimiento pesado ascendía por mis venas, se instalaba en las ideas. Era un asesino caminando por las calles, estresado por las consecuencias, mirando de reojo a todas partes, mutilando la moral, acelerando el paso, escondiéndome en mi angustia.

Al salir del supermercado me encamine tan rápido como pude a mi departamento, crucé las avenidas, me volví a pegar a las paredes, baje la mirada, me refugié en la visera de la gorra, trague una saliva amarga con sabor a culpa.

Ya faltaban unas cuadras para llegar, cuando al doblar en una esquina, se atravesó frente a mi el Audi negro, en ese momento una medusa eléctrica deambuló por toda mi espalda, el susto freno mis pies y mi cabeza se vino oscura.

Si andaban ahí, de seguro andaban investigando quién se reventó a su Dealer. Y si hemos de ser honestos, como victimario, Yo había sido un caos, dejando más marcas que un profeta ignorado. Me habían visto a un lado del Gordo en la tienda, disparé sin pensar, sin esconderme, alguien tenía que haberme visto desde la ventana de su casa corriendo como niña asustada. Si preguntaban un poco darían conmigo.

En cuanto desapareció el Audi en el horizonte tiré a correr a mi departamento, entre con el corazón en la garganta, arrojé las compras en cualquier parte, cerré todo, regrese al rincón, me puse de pie, camine a una pared, camine a la otra, entre a mi cuarto, busqué la ropa de aquella noche, la lavé, la metí al cesto de la basura. Busqué la pistola, la tome con los dedos, me le quede mirando, y ahora ¿Qué coños hago con esto?.

Mi objetivo no se había cumplido, yo seguía vivo, asustado, temeroso, arrepentido, torturado, angustiado, nervioso, tembloroso, sudoroso, insómnico, paranoico. Ese estado no se quita con remedio alguno (o eso pensaba), en algún momento aquellos tíos del Audi darían conmigo, así que debía de salir Yo a encontrarlos primero, me les tenía que enfrentar, a lo mejor con un poco de suerte ahora si me mataban.

Escrito por:

miércoles, 21 de marzo de 2012

Acotación 1

Muerte de media noche
fuego entre pólvora,
asesino imprudente
marginando el tiempo.

Mirada de último suspiro,
sangre de concreto,
remordimiento
y pecados trasnferidos.

Muere mil veces,
la escena se repite,
las secuencias se adhieren
en una conciencia
que no se detiene.

Morir Matando,
Matar Muriendo,
me desangro por pausas
carcomiendo los rincones,
me arrepiento en angustias
consumiendo las reflexiones.

Muerte de media noche,
me pudro,
imagino,
confabulo en contra,
mirada repetida de último suspiro.

Muerte de media noche
y parece que nunca amanece.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio
http://www.facebook.com/GRUNGEmx
http://www.facebook.com/GRUNGEblog
https://twitter.com/#!/GRUNGE_mx

martes, 20 de marzo de 2012

Capítulo 5 (El Remordimiento 1)

No sé que tan rápido corrí, salí con los nervios impulsando el esfuerzo, con la angustia motorizando mis piernas. Llegué al departamento y apenas atiné a abrir la puerta (las llaves se me revolvían entre los dedos), entré y cerré con todos los cerrojos. No prendí las luces, no encendí nada, me mantuve en silencio, busqué el rincón más apartado de la puerta y de las ventanas. Una desesperición infrahumana me gobernaba y tenía que sostenerme tranquilo, con el temor atado al temblor, con la incertidumbre del no saber, con la imaginación decodificando pesadillas.

Dormir era una opción para otros tiempos, y cada vez que cerraba los ojos, volvía a ver la mirando agónica del Gordo, esa mirada de último suspiro, esa mirada previa a morir. Y no existe descripción posible para esa mirada, ni las películas, ni el léxico contemplan el estruendo de la última mirada, es como un aullido de ayuda, como una transferencia de pecados, como un fierro herrando la conciencia.

Me acurruque en una esquina del departamento y ahí me estuve toda la noche, todo el otro día y varios días más. No comía, no dormía, apenas cerraba los párpados y encontraba de nueva cuenta al Gordo mirándome a los ojos antes de morir.

Sentía que en cualquier momento llegarían por mí, pensaba si me habrían identificado, si el joven al que le vendió aquel gramo me habría identificado, si el dueño de la tienda habría dicho algo, si alguien se asomó por la ventana al oír los balazos y entonces podría decir que fui Yo. me preguntaba por los policías que pasaban cada viernes, por los del Audi negro, por sus clientes. Alguien debería de estar indagando, alguien querría saber quien fue el que se ejecuto al Gordo, y entonces vendrían por mí, se vengarían, y no me preocupaba que me mataran, sino que no lo fueran a hacer, que pasaba si iba a dar a la cárcel, una condena entre escoria, una sentencia a vivir condenado, torturado, revolcándome en remordimientos.

De vez en cuando me asomaba por la ventana, con un dedo corría la persiana para hacer un pequeño espacio y poder mirar para afuera, de a poco me fue regresando el hambre, prendí la computadora y busqué en los periódicos alguna nota, algo referente, busqué en los principales diarios, en los portales de nota roja, pero en ninguno se mencionaba nada.

Tenía que volver a salir, debía ir a comprar comida, y el saber que tenía que abandonar el departamento se convirtió en un tormento. Me disfracé con lo que pude, me puse una gorra y gafas oscuras para ocultarme un poco, salí del edificio y caminaba pegado a las paredes, cada sonido era un sobresalto, cada persona era una sospecha, cada paso era una condena.

Al llegar al supermercado me encontré con dos vecinas que hacían sus compras, aunque ellas no me conocían, Yo a ellas sí, pues eran de las clásicas viejas que se recargan en la escoba a platicar toda la mañana en lo que salen los niños de la escuela. Al pasar a su lado, escuché su conversión:

¿Fuiste a la misa del esposo de la Aureliana?
- No, que voy andar yendo a eso, si yo ni le hablo... Y ¿supiste quién lo mato?
- Pues que nadie sabe y como andaba metido en malos pasos ni le quieren investigar...

Fue ese breve fragmento de conversión lo que escuché, pero me tranquilizo un poco, aunque no del todo...

Escrito Por:
Arturo Lizárraga Osorio

www.facebook.com/GRUNGEmx

viernes, 16 de marzo de 2012

Capítulo 4 ( El Primer Ingenuo)

Ya con el plan en marcha y con el arma a un lado, lo primero era aprender a utilizar una pistola, para no pegarme un tiro por accidente. Este hecho tampoco fue un problema, gracias a la paranoia de la gente, uno puede ver un montón de vídeos en Internet en donde le explican detalladamente como usar una pistola, un rifle, una bazuca, una granada, etc... La violencia es una etiqueta de decandencia con la que se esta familiarizando la humanidad.

Pues bien, el paso siguiente era encontrar al Ingenuo que me daría un tiro, alguien que al sentirse amenazado descargara su perversión en mi ser. Y como dirían en ventas, busque en mi mercado cálido, en las proximidades de mi confort, en las cuadras aledañas al edificio donde vivía, y el primero que se cruzo en mi camino fue el Dealer local, un gordo canoso que sin moral en sus manos le da lo mismo venderle un kilo de coca a un Yonki que medio gramo al infante que acaba de salir del cole.

Lo comencé a seguir de a poco, a familiarizarme con su rutina, lo observe a distancia, vi sus manos sudorosas recibiendo el dinero de un futuro muerto; miré su esférica silueta corrompiendo en silencio, mientras las miradas se voltea como si con eso no fueran participes o no ensuciaran sus almas.

Anoté en un cuaderno cada una de sus actividades, los martes a medio día pasaba un audi A6 negro, al que le entregaba un rollo de billetes que sacaba del bolsillo del pantalón; los miércoles en la noche regresaba el mismo auto y le dejaba una bolsa de plástico que el guardaba de inmediato en su casa; los viernes era obligatoria la visita de una patrulla en la mañana y de otra a media tarde, y a ambas entregaba dinero al mismo tiempo que platicaban un momento y se daban un abrazo de despedida; sus días de mayor actividad eran los viernes y sábados; mientras que los lunes, se la pasaba tranquilo bebiendo cerveza en la tienda de la esquina. Así que, si tenía una ventana para abordarlo, sería un lunes en la noche.

Esperé con calma el momento, me aseguré de tener todo en orden, preparé mi ropa favorita para morir con ella puesta. El lunes destinado me la viví intranquilo, dando vueltas de un lado para otro del departamento, repasando mis movimientos, en algún momento me acorde de Taxi Driver, veía el reloj cada dos segundos, prendía el televisor, posteaba en twitter tonterías sin sentido, ponía música, la quitaba, volvía a repasar el plan, hasta que dieron las once de la noche.

Me di un baño, me puse la ropa, tomé el arma y salí del edificio, al llegar a la esquina vi su figura sosteniendo el último envace de caguama. Entre en la tienda a comprar unas pastillas de menta para aminorar el aliento y mirarle de cerca. En su cinturón se detenía una pistola justo abajo de su espalda (si a esas lonjas se le pueden llamar espalda), en ese momento casi estaba seguro que esos serian mis últimos instantes vivo. Dejó el envase, se despidió del propietario de la tienda y partió, yo pague las pastillas, las abrí, me heché una a la boca, me despedí y salí atrás de él.

Al doblar la esquina vi que un joven se le acercaba, mientras él en su ebriedad de lunes, sacaba algo de su bolsillo, se lo entregaba al mismo tiempo que el muchacho le daba un billete de 100 pesos. Por poco me doy la vuelta y me retiro, fue entonces cuando el volteó a verme con su sonrisa de cinismo, nos miramos a los ojos un segundo, el joven había desaparecido entre las calles, su mirada me retaba, me desafiaba, era la mirada vacía de alguien que sin dignidad mira al mundo enfrentándolo para que lo deje tranquilo mientras mata de a poco su entorno en la impunidad. Fue esa mirada la que me hizo no salir en la dirección contraria, darme la vuelta y dejar las cosas para después; fue esa mirada la que me sostuvo frente a él.

Busqué con celeridad la pistola en la bolsa interna de la chaqueta, la saqué, mi cuerpo temblaba, la sostuve con las dos manos y le apunte, él se reía con descaro, se volteo por completo a mí, se sobó su panza con tranquilidad y me dijo:

- No mames, estas bien pendejo... si me haces algo te va a cargar la chingada...

La menta en mi boca era ya de un sabor grisáceo, las piernas eran hule sosteniendo mi ser, el miedo parpadeaba por mis ojos, un sudor frío se patinaba en mi piel que no sentía, y buscando eso: que me cargara la chingada, en un acto involuntario jalé del gatillo, tres veces solté mi temor en plomo, una neblina de pólvora escondió una madrugada que ya se decoraba en sangre.

Le había dado al Gordo, le perforé el cuerpo y la grasa de tres balazos. Nos miramos por última vez a los ojos, mientras el se desmoronaba en la acera. Me miró a los ojos antes de morir y su mirada era otra, su mirada...

Me acababa de convertir en un asesino, guardé el arma de nueva cuenta en mi chaqueta y partí corriendo tan rápido como pude.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

lunes, 12 de marzo de 2012

Capítulo 3 (Cómo Morir)

Decidir morir es, en términos generales, la expresión sublime de la tristeza y decidir cómo hacerlo es la estrategia cuantificable de la misma. Buscar el suicidio, como ya lo dije, conlleva la responsabilidad de hacerlo milimétricamente bien. Por lo que, salir a la calle a buscar que a uno lo maten no es tan mala idea, mucho menos en una ciudad donde la agresividad corroe la sonrisa de la gente, donde la corrupción es un acto inherente a la justicia, donde la sangre es tan común como el amanecer y el tráfico.

Perecer en este espacio gobernado por cárteles y por lisiados morales es cuestión diaria, ya sea atropellado, ya sea caminando por las fallas arquitectónicas de la urbe, ya sea por error en una balacera, o simplemente por un ajuste de cuentas, lo contrario a no fallecer viviendo aquí es estar fuera de las estadísticas.

Agilizar este proceso, tendría que ser sencillo, por lo que, lo principal era conseguir un arma y buscar a la persona suficientemente violenta que al sentirse amenazada tirara a matar. El arma, no puedo decir que la conseguí a escondidas, ni siquiera que me esforcé en buscarla, si uno quiere un arma en esta ciudad es suficiente con salir al centro y deambular por las calles y de pronto entre los ambulantes, en medio de las películas de cinco pesos y los tenis robados uno puede encontrarla, lo difícil es escogerla, mas para una persona como yo que su única experiencia con armas era tras un joystick.

Ya con el arma en mis manos tenia que prometerme dos cosas: nunca atentar contra un justo y nunca usarla en un inocente. Y no tanto movido por la bondad de mi alma, sino por la lógica de que ni un justo ni un inocente serian capaces de contestar una agresión.

Una vez dispuesto, tenía que salir a buscar a aquel que al verme armado apuntándole, fuera capaz de pegarme un tiro antes de ver mi miedo...

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

viernes, 9 de marzo de 2012

Capítulo 2 (El Abandono)

Una vez que la perdí, tenia que perderlo todo, y esa era la estrategia en un time table imaginario que debía de seguir paso a paso.

Perder el trabajo fue sencillo, después de unas semanas llorando entre cubículos, decidí renunciar. Me aleje de la gente, clausuré FaceBook y Twitter, tiré el móvil en el primer charco que se cruzó en mi camino, me perdí de mis amigos y de mi familia, rompí el televisor, me encarcele en mi apartamento sin abrir los ojos.

Deje la vanidad y la higiene para otro tiempo; puse sus recuerdos en el cesto de la basura y nuestras iluciones las queme a fuego lento. Clarifique que el sufrimiento lo debería de llevar en circunstancias de sobriedad, mientras alrededor todo se ensombrecía con una fúrica pasmocidad.

Ya solo quedaba el último paso: perder lo corpóreo para esperar que, con el suicidio, el sufrir se disolviera en un único momento de dolor.

Pero ser suicida no es una labor sencilla, si se es lo suficientemente estúpido uno puede quedar liciado en lugar de muerto, y entonces el sufrimiento se duplica. Para suicidarce uno tiene que formular un método infalible, convocar todos los recursos de su inteligencia.

Por ejemplo: si uno decide tirarse de un edificio, es una mala idea, porque no solo se corre el riesgo de quedar parapléjico, sino también lo pueden arrestar o recluir en un manicomio. Si decide uno cortarse las venas siempre se corre el riesgo de que alguien lo rescate antes; si se toma veneno puede ser que el veneno no haga los efectos deseados y uno termina con un lavado de estómago, si uno se dispara no siempre se logra que la bala entre bien, entonces se termina deforme...

En fin que el plan debe de ser específico y bien formulado, Y ahora que lo pienso mi plan fue el más estúpido de todos. Decidí por unanimidad, salir a la calle a que me mataran.

Arturo Lizárraga Osorio

lunes, 5 de marzo de 2012

Capítulo 1 (La Presentación)

Muchos me recordaran de ahora de adelante a partir de este punto, muchos no sabían de mí hasta hace unas semanas, muchos hojearon mis disturbios en las páginas de los pasquines de 3 pesos que venden en el Metro, otros a lo mejor me relacionan con alguna nota roja, pero pocos se atraverán a calificarme en mi justa dimensión.

Yo no soy lo que pretenden que sea ahora, no soy lo que muchos me imputaran ser, ni mucho menos soy merecedor de la atención que ahora tengo. No soy un Frank Castle, con todo su entrenamiento y sus diálogos de fabula; tampoco tengo pactos como Johnny Blaze; mucho menos fui diseñado como Steven Rogers. Mi nombre es latino y mis acciones provienen más de una farsa que de una vida gloriosa.

Todo comenzó hace un par de años, y como muchos de ustedes, tenía una vida común y tranquila, contaba con un trabajo estable y con una cotidianidad digna de pagos quincenales. Las cosas eran un sueño de clase media impulsado por la imagen más hermosa que he visto en mi vida. Todo impulsado por Ella.

Con Ella, comienza todo: supe que la amaba desde el primer segundo que la vi y la sigo amando hasta este momento (si nunca han creído en el amor a primera vista, debieron de palpar mi corazón para entenderlo). Empezamos a salir a los pocos meses, y cada día a su lado era un diluvio de entrega extrema.

Eran sus rizos dorados colgando por el amanecer, su cuerpo reconociendome y nuestros alientos sincronizándose en los primeros esfuerzos del día para amarnos. Eran las tardes de supermercado los domingos, las noches de café los viernes, el cigarrillo después de la comida, las películas abrazados en el sillón. Era su voz y era su mirada, sus defectos más exhaltados y sus virtudes más escondidas. Era toda Ella reconocida por mi y en nosotros.

Y de pronto las palabras se volvieron enojo, los sueños se disolvieron en puntos de vista distintos, las actividades dejaron de ser mutuas, el entendimiento se fue de a poco desvaneciendo en diálogos profanando la relación. Y sin dejar de amarla todo se perdió...

Sin Ella se acabo todo, el mundo podía pasar a un segundo plano y era momento de abandonarlo todo. Algunas personas, ante situaciones como estas, se refugian en la familia, otras buscan consuelo en el alcohol y en otras mujeres, algunos otros se protegen en Dios, yo simplemete busque la muerte...

Arturo Lizárraga Osorio

viernes, 2 de marzo de 2012

Introducción

Grunge es una historia de redención y de tristeza, narrada en primera persona, nos lleva por el peregrinar de un personaje que al perder todo prefiere refugiarse en los rincones más oscuros del ser.

Comienza hablando de el porque de su andar y de como fue dejando todo de lado, hasta llegar al punto de sumergirse en un mundo en el cual nunca se imagino y para el cual nunca se preparo.

Poco a poco, nos conducirá por una narrativa de acción movida por sentimientos lúgubres, propios de la condición humana.

Con un final poco esperado, Grunge te llevará de la mano por una historia oscura y llena de acción. No dejes de leerla a partir del 5 de Marzo.

Arturo Lizárraga Osorio