viernes, 9 de marzo de 2012

Capítulo 2 (El Abandono)

Una vez que la perdí, tenia que perderlo todo, y esa era la estrategia en un time table imaginario que debía de seguir paso a paso.

Perder el trabajo fue sencillo, después de unas semanas llorando entre cubículos, decidí renunciar. Me aleje de la gente, clausuré FaceBook y Twitter, tiré el móvil en el primer charco que se cruzó en mi camino, me perdí de mis amigos y de mi familia, rompí el televisor, me encarcele en mi apartamento sin abrir los ojos.

Deje la vanidad y la higiene para otro tiempo; puse sus recuerdos en el cesto de la basura y nuestras iluciones las queme a fuego lento. Clarifique que el sufrimiento lo debería de llevar en circunstancias de sobriedad, mientras alrededor todo se ensombrecía con una fúrica pasmocidad.

Ya solo quedaba el último paso: perder lo corpóreo para esperar que, con el suicidio, el sufrir se disolviera en un único momento de dolor.

Pero ser suicida no es una labor sencilla, si se es lo suficientemente estúpido uno puede quedar liciado en lugar de muerto, y entonces el sufrimiento se duplica. Para suicidarce uno tiene que formular un método infalible, convocar todos los recursos de su inteligencia.

Por ejemplo: si uno decide tirarse de un edificio, es una mala idea, porque no solo se corre el riesgo de quedar parapléjico, sino también lo pueden arrestar o recluir en un manicomio. Si decide uno cortarse las venas siempre se corre el riesgo de que alguien lo rescate antes; si se toma veneno puede ser que el veneno no haga los efectos deseados y uno termina con un lavado de estómago, si uno se dispara no siempre se logra que la bala entre bien, entonces se termina deforme...

En fin que el plan debe de ser específico y bien formulado, Y ahora que lo pienso mi plan fue el más estúpido de todos. Decidí por unanimidad, salir a la calle a que me mataran.

Arturo Lizárraga Osorio

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