No sé que tan rápido corrí, salí con los nervios impulsando el esfuerzo, con la angustia motorizando mis piernas. Llegué al departamento y apenas atiné a abrir la puerta (las llaves se me revolvían entre los dedos), entré y cerré con todos los cerrojos. No prendí las luces, no encendí nada, me mantuve en silencio, busqué el rincón más apartado de la puerta y de las ventanas. Una desesperición infrahumana me gobernaba y tenía que sostenerme tranquilo, con el temor atado al temblor, con la incertidumbre del no saber, con la imaginación decodificando pesadillas.
Dormir era una opción para otros tiempos, y cada vez que cerraba los ojos, volvía a ver la mirando agónica del Gordo, esa mirada de último suspiro, esa mirada previa a morir. Y no existe descripción posible para esa mirada, ni las películas, ni el léxico contemplan el estruendo de la última mirada, es como un aullido de ayuda, como una transferencia de pecados, como un fierro herrando la conciencia.
Me acurruque en una esquina del departamento y ahí me estuve toda la noche, todo el otro día y varios días más. No comía, no dormía, apenas cerraba los párpados y encontraba de nueva cuenta al Gordo mirándome a los ojos antes de morir.
Sentía que en cualquier momento llegarían por mí, pensaba si me habrían identificado, si el joven al que le vendió aquel gramo me habría identificado, si el dueño de la tienda habría dicho algo, si alguien se asomó por la ventana al oír los balazos y entonces podría decir que fui Yo. me preguntaba por los policías que pasaban cada viernes, por los del Audi negro, por sus clientes. Alguien debería de estar indagando, alguien querría saber quien fue el que se ejecuto al Gordo, y entonces vendrían por mí, se vengarían, y no me preocupaba que me mataran, sino que no lo fueran a hacer, que pasaba si iba a dar a la cárcel, una condena entre escoria, una sentencia a vivir condenado, torturado, revolcándome en remordimientos.
De vez en cuando me asomaba por la ventana, con un dedo corría la persiana para hacer un pequeño espacio y poder mirar para afuera, de a poco me fue regresando el hambre, prendí la computadora y busqué en los periódicos alguna nota, algo referente, busqué en los principales diarios, en los portales de nota roja, pero en ninguno se mencionaba nada.
Tenía que volver a salir, debía ir a comprar comida, y el saber que tenía que abandonar el departamento se convirtió en un tormento. Me disfracé con lo que pude, me puse una gorra y gafas oscuras para ocultarme un poco, salí del edificio y caminaba pegado a las paredes, cada sonido era un sobresalto, cada persona era una sospecha, cada paso era una condena.
Al llegar al supermercado me encontré con dos vecinas que hacían sus compras, aunque ellas no me conocían, Yo a ellas sí, pues eran de las clásicas viejas que se recargan en la escoba a platicar toda la mañana en lo que salen los niños de la escuela. Al pasar a su lado, escuché su conversión:
- ¿Fuiste a la misa del esposo de la Aureliana?
- No, que voy andar yendo a eso, si yo ni le hablo... Y ¿supiste quién lo mato?
- Pues que nadie sabe y como andaba metido en malos pasos ni le quieren investigar...
Fue ese breve fragmento de conversión lo que escuché, pero me tranquilizo un poco, aunque no del todo...
Escrito Por:
Arturo Lizárraga Osorio
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