lunes, 30 de abril de 2012

Capítulo 17 (La Broma)

El amanecer nos acogió entre camiones, en las penumbras del metro, en las calles congestionadas, en una urbe que chilla entre el tráfico y la impotencia. De aquel valle de tierra a la casa de la Patrona el recorrido era extenso, nutrido por el colorido de un despertar con olor a frenos, con la silueta de neumáticos a baja velocidad, con las carreras del de junto, con mis pensamientos extraviados.

Después de un par de horas entre transbordos, llegamos a una colonia de casas educadas, de construcciones pretenciosas, de esencia a jazmines y de nostalgia a café recién calentado. En una de esas casas (que en su mayoría se erigen por el snobismo ecléctico más que por la armonía arquitectónica) era donde vivía la Patrona con el Político. Para poder entrar se tenía que tocar en una estrecha puerta lateral de metal pintada de rosa mexicano; una vez que tocamos, se asomó un tipo de lentes oscuros y corbata mal atada. Reconoció a la Niña de mirada lejana y nos dejo pasar no sin antes interrogarla por mi presencia.

Al terminar de aclarar mi presencia, le extendí la mano a aquel tipo, temiendo que en una de esas me fuera a robar la piel, le di un nombre falso que antes usaba para no contestar el teléfono a los de telemercadeo. Me pidió a que esperara un momento en lo que la Niña de mirada lejana entraba a la casa, a los pocos minutos la Niña regreso con la Patrona una mujer con la deformidad de cirujanos plásticos por todas partes, sus labios a penas se movían, su rostro era una careta sin expresión, estirada hasta la espalda. Me invito a pasar y me sentencio que primero tenía que entrevistarme con su esposa, por lo cual, me encamino hasta la puerta del estudio del Político y una vez más tuve que aguardar unos minutos. Salió la Patrona y me indicó que pasara a ver a su marido.

Al momento de entrar en el estudio uno no sabe si reírse o si sorprenderse, los libreros de madera, las réplicas de esculturas griegas, los animales disecados, los sombreros de charros, los cuadros vanguardistas, las fotografía de los caudillos, la imagen de la Virgen de Guadalupe, la enciclopedia de historia universal, las lámparas minimalistas, los tapetes regionales sobre el mármol blanco, el escritorio Luis XV, los sillones, los detalles; uno no entendía si estaba en una mala broma o en un museo mal acomodado. Y si el estudio era una mala pasada, el Político no se quedaba atrás, no sabía si tenía más gel en el cabello o joyas en las manos; usaba una camisa en tonos morados con una corbata roja con sublevados de calendarios aztecas, portaba un traje negro y unos zapatos que brillaban más que el rolex en su muñeca. Con la ropa que usaba se podía pagar la beca universitaria de por lo menos 10 jóvenes y sin embargo, él la lucia como burócrata desempleado.

En cuanto me vio el Político, me extendió la mano y me invitó a pasar, conteste su saludo, nos sentamos a que me entrevistara. me hizó unas cuantas preguntas y me dijo que no tenía problema con darme el trabajo, pero que había que resolver primero un pequeño detalle. La cuestión era que mi sueldo no me lo iba a pagar él, sino el senado ya que era una de las prestaciones que le otorgaban por su cargo como Senador Plurinominal; entonces, el sueldo correspondiente era de 50mil pesos al mes, pero él me pedía que debido que tenía que cubrir gastos externos a la transportación, yo cobrara solo 5mil pesos y que el resto se lo depositara en una cuenta que me daría después.

Yo ya no entendía si estaba en la mitad de un chiste. Le dije que no existía ningún problema ya si ilusiones ni aliento; no sin antes pedirle un poco de pasta para poder comprarme algo más de ropa, él me dio 1mil pesos y me reiteró nuestro acuerdo; mis fuerzas no eran las de un hombre que buscaba dinero sino venganza y por el momento estaría bien con aquel trabajo. Me citó para el día siguiente en las oficinas del senado, nos despedimos y salí de ahí.

Al salir note que: hacía un tiempo que mis pensamientos se habían calmado, pero un hueco en la profundidad del yo, me incomodaba; era una angustia de matiz a metal caduco, una furia de añejamiento en proceso, un enojo reservado que se calentaba a fuego lento dentro mí.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

viernes, 27 de abril de 2012

Capítulo 16 (Alienación)

Esa noche regresó la niña de mirada lejana, me miró y lo primero que me dijo fue que ya me tenía un empleo, que había hablado con su patrona y que su marido el político necesitaba un chofer por lo que al otro día debería irme con ella para ver a la señora y al señor desde muy temprano. Abrió una bolsa de supermercado y sacó una camisa y un pantalón, me los dio para que los usara a la mañana siguiente.

Yo sin palabras, no atiné a decirle nada mas que a asentar con la cabeza cada una de las cosas que me decía. Me explicó que para su patrona era su primo que venía de provincia, que andaba buscando un empleo, que lo necesitaba con urgencia y por ello la patrona aceptó a darme ese trabajo.

Toda la noche estuve con el ojo pegado al techo, dando vueltas sobre el petate, pues aunque tenía a alguien que se preocupaba por mí, Yo no contenía la furia. Toda la noche se me incendiaban las ideas, me quemaba desde las entrañas, me seducía la necesidad de matar, pero de matar con odio verdadero. Era una vuelta tras otra en la madrugada, pensando, analizando, imaginando.

En algún punto mis pensamientos dejaron de ser los de un asesino, y se volvieron los de un sádico, confabulé torturas, visualicé cada uno de mis movimientos; escuché los gritos de dolor, los lamentos de piedad, las marcas de sangre, los ojos de agonía. Era vívido, mis deseos se revolvían una y otra vez, me perdía afectado por el placer de hacerlo. No me detenía, me iba en fantasías, en murmullos de espanto, en la tribulación de mis futuras víctimas. Comenzaba a perderme en la locura.

Antes del amanecer se despertó la niña de mirada lejana y me dijo que era momento de partir. Nos arreglamos, tomamos un café y salimos cuando el valle todavía estaba oscuro. Mientras ella me hablaba, yo proseguía con mis pensamientos, su voz para mi era un mudo cantar lejano y ajeno.

En un momento ella se detuvo, me volteó la cara a la suya, sostuvo sus ojos en los míos, y me dijo:

- Entiendelo, dejalo ir, eso que estas pensando te va a perder en un lugar del que nunca vas a poder escapar...

Me soltó y prosiguió su andar.

Me dejo reflexivo, en la alienación entre la demencia y la cordura.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

miércoles, 25 de abril de 2012

Acotación 6

Cierro los ojos
el aliento se revuelve,
la presión se contradice,
busco respuestas en desiertos
y en despojo,
vuelvo a reunirme con el enojo,
con la ira,
me convulsiono
en la prolífica imprudencia de venganza.

La oscuridad es un ciclo,
me cubre,
me envuelve,
me besa por las venas,
me acaricia el corazón.

Amante desconsiderado
de furias impuestas,
de ciudad desmoronada,
de moral perdida.

Me dejo ir en bestias,
en trasfiguraciones,
en máscaras marcadas,
en ojos desquiciados.

La oscuridad es mía,
yo soy de ella,
nos entendemos al oído,
nos abrazamos con el alma,
nos consideramos con el espíritu.

Cierro los ojos,
pierdo la fe,
ficciones en terracería,
en pedazos de chozas
y en aluminio deteniendo el viento,
los impulsos
no pueden esperar a mañana.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

lunes, 23 de abril de 2012

Capítulo 15 (La Pausa)

Al terminar de agradecernos, le pregunte si no tenía algo de ropa que me prestara. Me dio unos pantalones deportivos y una sudadera. Al vestirme, descubrí que mi cuerpo era un mapa en alto relieve, un bulto tras otro que me marcaban desde los pies hasta el cuello; mi rostro tenía un curvilínea marca que iba desde mi párpado inferior derecho, hasta el mentón. Era Yo un lienzo vanguardista de violencia y cicatrices en caos.

Salí a ver donde me encontraba y el paisaje era un llano de terracería ilustrado por un laberinto de chozas edificadas en: cartón, lámina y algunos tablones. La luz llegaba por una maraña de alambres mal colgados sobre postes improvisados; el agua potable era un privilegio que llegaba cada semana en una pipa del municipio y la actividad principal de los habitantes era recolectar la basura del tiradero más cercano que quedaba a unos cuantos kilómetros de distancia. Era el valle de Santa Barbara en el extremo oriente de la ciudad, en donde me encontraba.

No tenía a donde ir, y regresar a mi casa por mis pertenencias hubiera sido la mayor estupidez de todas. Le pregunte a mi anfitriona, a aquella niña de mirada lejana si podía quedarme con ella por un tiempo, ella con gusto acepto, con la condicionante que tenía que poner mi vida en orden, la verdad era algo que no pensaba hacer pero, acepte su condición.
,
Al otro día, me llevó a una Iglesia cercana y me obligó a confesarme con el Padre, entré y en ese momento no sabía si debía hacerlo, vamos, tenía años sin pisar un Iglesia y tenía aun más tiempo sin confesarme, es más nunca me he llegado a considerar una persona de fe, pero debía de complacer a mi salvadora. Así que entré y lo primero era resolver cómo confesar la pólvora en el ambiente, la sangre entre los pulmones, el placer de matar por querer morir; cómo hablar de mi vida con alguien que no sabes si te va a dar una penitencia o te va a mandar encerrar. Por lo que solo le dije que era un pecador, que había ofendido a mucha gente, que me arrepentía de lo malo que era y cosas como esas. El Sacerdote al terminar de escucharme me dijo: que un hombre no se gana mis cicatrices cometiendo pecados comunes, que me daba la reconciliación y que por favor lo esperara un segundo.

Cuando me pidió que lo esperara, pensé de inmediato en salir corriendo, por un instante imaginé que iría por un policía, pero al poco tiempo regreso con un bulto entre las manos, me lo extendió y me ordeno que me cambiara la ropa, que me vería mejor en ropa de hombre y que seguramente esa ropa era más de mi talla. Accedí tomé la ropa y me fui al baño a cambiarme. La verdad si me veía mejor que con unos pantalones que en el trasero decían: Sexy Ass.

Esa noche al regresar, la niña de mirada lejana, me impuso como mi sitio el mismo petate en donde estuve los últimos días (Yo no tenía problema con ello). Sentenció a que me encontraría un trabajo, porque ella no me iba a mantener y también accedí sin reproches ni malas caras. Un trabajo me ayudaría a equilibrar un poco mis ideas.

Al siguiente día ella se marchó a trabajar y me dejó en ese páramo de tierra revolcandome sobre los pensamientos. Nunca supe a ciencia cierta cómo me curaron, si me vacunaron contra la rabia, si me dieron algún medicamento; lo único que sabía era que mi depresión ahora era un grito contenido de furia, no quería detenerme, en un punto esa golpiza me dio la fuerza de un enojo de proporciones épicas y solo pensaba en la forma de joderme a ese par de gordos que me golpearon. Me cuestionaba el lugar donde me encerraron, me cuestionaba el tiempo, el autor intelectual, me hacía 500 encrucijadas y todas llegaban al encuentro con el enfado, con una llama que me escalaba desde la impotencia hasta la mirada.

Se me inflamaba el coraje, se me enterraba la ira, me incendiaba en cólera, tragando saliva, apretaba los dientes, veía el mañana en un carmesí con propulsor haciendo circular la oscuridad por sobre tiempos de hambre de venganza. Estaba cabreado y si ya había matado antes porque no habría de hacerlo de nuevo.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

viernes, 20 de abril de 2012

Capítulo 14 (Renacimiento)

Entre el hedor y las ratas, entre los bichos y el dolor, distinguí unos gritos, una voz de mujer, sentí unas pequeñas manos que me arrastraban, palpe bajo mi espalda bultos de basura caminándome. Estaba sedado con el horror y la golpiza, sensaciones de moribundo deambulaban por mi sistema nervioso y unas manos que me arrastraban.

Con dificultad puedo hilar una narrativa en secuencia lógica, la conciencia iba y venía en desfases de coherencia intermitente. Apenas recuerdo las manitas, los gritos de mujer, mi cuerpo arrastrado, un destello de noche y otro de amanecer. En mis adentros quería irme, quería quedarme; soltaba la vida, abrazaba la oscuridad, no había luz al final del camino; sonidos vagos, motores encendidos, cama de concreto y después un tejado de cartón en paredes de aluminio, un fuerte olor a agua hervida, a consomé en cuadritos, a mugre y a encerrado; cuando abría los ojos era ese cartón figurando historias sobre mi cabeza. Postrado en un espacio desconocido no tenía ni axialidad ni simetría.

Cuando empecé a recobrarme sentí el zumbar de las heridas, la palpitación de las cicatrices, escuché el habla de una anciana, me pidió que no me moviera, que estuviera tranquilo. Era una mujer en delantal y cuerpo biafrano, su piel arrugado me tomo de la frente, me puso un fomento de esencia a eucalipto. Me pregunto mi nombre, no pude responderle. Me le quedé viendo fijamente, quise reconocer el espacio. Volvió a mí para pedirme que descansara, recosté la cabeza en una amorfa almohada ubicada en mi nuca y me quedé dormido.

Al despertar, entre la modorra y las primeras nociones de la realidad vi una cabellera mal pintada de rubio, una piel morena y un rostro de niña. Erguí el cuerpo, me dolían las costillas, sentí mi cuerpo desnudo bajo una sabana roída. Miré bien, era aquella niña que dejé sentada en el asfalto, era la misma niña de pómulo inflado y rímel corrido. Ya no traía una minifalda a cuadros, vestía de pantalones deportivos y de camiseta; era menos su maquillaje, y su rostro de niña era un infantil cuadro de inocencia.

Ella al ver que reaccione fue a mí, se inclinó a mí, Yo semi-sentado sobre un petate en el concreto la miré con asombro, no sabía cómo dio conmigo, si ella fue capaz de encontrarme moribundo en un basurero, era lógico que aquellos tipos me encontraran en mi departamento. Me extendió una taza con una bebida caliente, me ordenó que me la bebiera, y lo primero que le pude decir fue: Gracias.

Me preguntó mi nombre, yo le pregunte el suyo, le cuestioné cómo me encontró y me platicó que el día que salí del hotel al departamento me vio pasar por la calle y me reconoció, entonces decidió seguirme, vio cuando entre al departamento y vio cuando me sacaron inconsciente; siguió a los tipos que me llevaban y fue a dar a una bodega donde me metieron, dice que a las pocas horas salieron cargando una bolsa negra y pensó que podría ser Yo, se fue tras ellos en un taxi hasta un bordo de aguas negras que rodea la ciudad; fue testigo de como me arrojaron y se marcharon, puso atención a cuando rompí la bolsa; con gritos y con palos espantó a las ratas y a las cucarachas, me jaló hasta la banqueta, paro otro taxi y me llevó a su casa que era donde estaba.

Ella sabía que no podía llevarme a un hospital no sólo por los costos sino por el follón en el que nos hubiéramos metido. Le pidió a su vecina que es curandera que me ayudara (era la anciana que había visto), me tuvo atención y cuidados por varios días, y todo porque en un intento por matarme le evité una tranquiza. Me platicó de aquel día: me dijo que cuando me vio arrancarme ella se paró y salió corriendo, no espero a la policía, no espero a nadie, se fue y se refugio en su casa, desde entonces no la molestaban y ella ya trabajaba como doméstica a las ordenes de la esposa de un político. Le agradecí mil veces y ella a mí, ambos nos salvamos en momentos distintos.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

miércoles, 18 de abril de 2012

Acotación 5

Peste diluida,
ropa de polietileno,
cucarachas en polímeros,
tiernas mordidas de rata.

Sofoco el deseo,
suprimo la razón,
inerte en descomposición,
en la sacudida del hedor,
viento putrefacto en negros de espanto.

Ritmos de horror,
lenta caída lamiendo las heridas,
dejo los testimonios,
pierdo la fe,
alimento maltratado
en cicatrices sin cicatrizar.

Percusión moribunda,
muerte untada
sobre la inexistencia de la piel,
suave miel en desconsuelo.

Peste diluida,
hedor esparcido,
comparecencia en desconfiguración,
agonía en largo plazo.

Peste diluida,
tortura en respiración,
inhalo el último viento,
sacrificio sin redención.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

lunes, 16 de abril de 2012

Capítulo Censurado

No puedo contarles que sucedió en el inmediato, mis recuerdos llegan al momento en que me dieron el segundo golpe, de ahí en adelante fue un jump cut largo. Lo siguiente fue un sonido, una lluvia en teclados de lámina, una percusión de gotas sobre techos con goteras. Lo siguiente fue agua mineral entrando por mis fosas nasales, el gas de un tehuacan asfixiandome.

Abrí los ojos de a poco; mi cuerpo adormecido de dolor, mis brazos atados sobre mi cabeza, mis pies flotando del suelo; todo Yo, colgado como res en matadero. El paisaje era un oscuro entre paredes de adoquines. Frente a mí, dos tipos en camisas remangadas, con la corbata desatada, con la panza presionando los botones, con los pantalones ocultos por abajo de la barriga; sus rostros eran abigarrados, desmoronados por una vida violenta y sin conciencia.

Aquel par de panzones se me quedaron viendo, me gritaron, no les entendía, me insultaron y de a poco, descubrí sus insultos, marejadas de prodigiosas leperadas fluían por su léxico. Tomaron un envase y lo apuntaron a mi nariz, una vez más el aguan me ahogaba, tocí, moví la cabeza. No paraban de gritarme, fueron a una mesa y tomaron una bolsa de tela, la humedecieron, le pusieron unas bujías, le amarraron una cuerda, se vinieron a mí y comenzaron a azotarme con la bolsa. Sentí el primer golpe, sentí el segundo, se vinieron el tercero y el cuarto golpe, para el quinto azote solo sentía el dolor y un sabor a sangre seca que venía desde adentro. Perdí la noción, volví a desmayarme...

Reaccione de nuevo, y los panzones seguían ahí, con su florido vocabulario hablándome; en esos momentos uno no entiende, uno no piensa, solo son sensaciones, sabores a rastro subiendo y bajando por un cuerpo maltratado; en esos momentos uno no sabes qué es lo que pasa.

Los panzones regresaron a la mesa, se pusieron unos guantes gruesos como de jardinero y tomaron un alambre de púas. Ahora los latigazos eran más fríos, eran más profundos, caricias metálicas arrancando mi piel, sumiéndose en mi carne. Ya no contaba los azotes, ya no palpaba mi cuerpo desmenuzado, ya no sufría mi sangre salpicando los alrededores.

No paraban de gritarme, de reírse en una sádica profesión de un rito que no les parecía ajeno. Uno de ellos soltó el alambre, se quito los guantes y a puño limpio comenzó a golpearme, parecía la imagen icónica de un boxeador golpeando una vaca muerta. Los golpes hacían un eco seco sobre los insultos; Yo, inmutable por un dolor que a penas me obligaba a gemidos. Golpeó mi rostro, mis huesos crujieron, cerré los ojos, y todo se fue, una vez más fade out.

Soy incapaz de decirles cuanto tiempo estuve ahí, bien pudieron ser unas horas o unas semanas, no lo sabría hasta después. Lo único que les puedo contar: es que reaccione envuelto en una bolsa de plástico negro; con un instinto de sobrevivencia más que con fuerza, la rompí para poder respirar, eran mi último aliento queriéndome mantener vivo, hice un hoyo, lo hice más grande, un aire con olor fétido entro como bocanada refrescante a mis pulmones, una brisa de aroma a putrefacción y a basura me dieron un suspiro.

Supuse por esa soberbia pestilencia que no me encontraba en un lugar grato, y que ya no estaba en presencia de los panzones; quedamente aperturé la mirada y mi primera visión fue una rata montada en mi cara; sobre el dolor de la tortura sentí las patitas de cucarachas, los dientes de más ratas. No podía, la impresión, el horror, el hedor, el...

Saqué mi entendimiento de funcionamiento y me dispuse a morir alimentando bichos y roedores; bajé todo, clausuré la conciencia, mi razón no daba, mi cuerpo se apagó.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

viernes, 13 de abril de 2012

Capítulo 12 (Inconsciente)

En cuanto leí aquellas palabras (sin titulo ni remitente) un sentido perdido sacudió mi cuerpo, un shock de nervios circulo todo el departamento, solté todo, solté el estrés, solté los sobres, solté la poca tranquilidad, solté un suspiro de angustia. Ahora era un puerco marcado, un blanco identificado, un peón perdido en un tablero desconocido.

En ese momento no servían las suplicas, no existía Dios ni consuelo, me había decidido a perderlo todo y ahora tenía perdida la fe, la moral y la ética, no había ni para que rezar ni para que suplicar. Lo único que quedaba era actuar rápido, era procurar pensar con claridad, sacudirme el miedo, espantar el susto.

Con el cerebro nublado, con la vista en blanco y en negro, entré a mi cuarto, abrí la maleta, heché lo primero que se me puso por delante, apresuré lo dispuestos, sin check list y sin detalles, busqué lo elemental, abalancé el alma en el bolso negro. No sabía lo que arrojé, ni lo que llevaba, debía de salir de mi departamento. 

Gracias a mis sutiles formas de superhéroe de tercer mundo, había dejado las migas suficientes para ser reconocido, y lo peor es que no sabía ni quién me había reconocido, no sabía a quién le debía un saldo en desfavor. Podía ser la policía acostumbrada a extorsionar primero a los culpables y después a procesarlos, podían ser los colegas de los chulos, podía ser la familia de los difuntos, podía ser solo justicia divina. Como fuera, debía de esconderme y en cuanto más me tardaba en el departamento, más probable era que me pillaran.

Cogí el bolso ya lleno, me puse la pistola en la cintura por cualquier contratiempo, abrí la puerta y justo en ese momento sentí un golpe seco en el pómulo, un tortazo de metal que se acompañó con todos los recuerdos de mi vida: veía a mi madre y a mi padre mientras perdía el equilibrio; veía a mi hermana jugando mientras intentaba sostenerme; vi a mis amigos tomando cerveza mientras buscaba no caerme; recordé los abrazos de mis abuelos mientras me daba la primera caricia de suelo; contemple la Iglesia de niño mientras mi cuerpo se descomponía para atrás; volví a sentir los labios de ella mientras mi nuca se sacudía en el piso. Perdía la conciencia como una lágrima contenida de los recuerdos que se dejan y se vuelven a asomar.

Fue ese golpe, que ahora me tenía inútil sobre el laminado, el que me trajo la cálida zozobra de memorias que no recordaba. Entonces imaginé que ese recuento en Flash Back era lo último, ya no habría más, ya no más, mi redención suicida llegaba a su objetivo. No había visto mas que recuerdos, sensaciones del pasado dándome la despedida; no había reconocido a mis agresores, no sabía que me había pegado, sólo era la retrospectiva apresurada de mi vida.

Sentí un segundo golpe en la barbilla, mi cabeza se reboto con el piso. Quise mantenerme, quise reaccionar, infinidad de ideas, de corajes, de impotencias. Todo se recorrió en fade out, en negros y no supe más.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

miércoles, 11 de abril de 2012

Acotación 4

Madrugadas de hotel,
noches entre pautas, 
escribo en la incertidumbre, 
sobre los vasos ausentes, 
bebiendo lágrimas de ciudad 
perdido en el silencio.

Reposo en la luna, 
en las nubes que me cubren, 
en las sombras de las luces, 
en el parpadeo de los pecados.

Se me inflaman las ojeras, 
se me inflama la culpa, 
sufro en quietud, 
en el óxido de los errores, 
en el tirol de las faltas.

Pongo la decencia
en sabanas percudidas, 
me cobijo en cristales 
y en respiros, 
los ojos no cierran, 
la tranquilidad se tarda.

Cansancio de espíritu,
estrellas secas vigilando mi mirada,
saco la nostalgia,
muerte en reserva,
oscuridad que me abraza.

Madrugadas de Hotel,
noches de arrepentimiento,
escudriño de alma,
confesión al vacío
palabras para al alba.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

lunes, 9 de abril de 2012

Capítulo 11 (Escabullido en Pánico)

Esperé a que amaneciera, con la vista perdida en la venta, con los ojos puestos en el cochambre del cristal, con la visión fija en la calle angosta y en los muros. Ya había matado cinco veces, cinco veces había sido verdugo y Yo seguía vivo, alterado, con sobre dosis de miedo y de preguntas. Un millón de veces revisé cada uno de los disparos, me pregunté por todo lo que había hecho, caminé sobre mis pisadas en mi memoria. La quietud de ese cuarto de hotel acogido por gemidos y por mugre era el estrago de mis actos.

Al otro día, salí ya pasada la media mañana, con la pistola escondida entre las ropas, con la garganta amarrada, con la paranoia desprendida. Compré algo de comer en la primera tienda que se atravesó en mi camino, y me distraje un poco en el quiosco mirando los diarios, dentro de mí sentí la infame curiosidad de saber si algo se habría dicho, digo nadie mata a dos chulos y dos policías en un día y pasa sin ser notado.

Compré todos los periódicos disponibles, me regresé al sucio cuarto de hotel y me encerré poniendo el miedo en el cerrojo. Abrí diario por diario, los leí hasta en la sección de sociales y en los avisos de ocasión.  Solo en una nota, en un amarillento periódico de nota roja, se hacía mención a la muerte de los dos policías, la nota la firmaba un tal Potter (algún imbécil que poco de imaginación usa el nombre de un personaje de ficción como seudónimo). En la nota se hablaba de los dos policías y que a cargo de la investigación se encontraba el Comandante Negrete; también aparecía una foto de los dos cuerpos y en el fondo se podía ver el dibujo que hice con la sangre.

Con cuidado recorte la nota, la volví a mirar, era un mórbido transe, miraba con hipnótica necesidad mi dibujo en la foto, como si se tratara de una obra de arte, de un trabajo de mucho esfuerzo. Después de un tiempo guardé el recorte en la maleta y me dediqué a pensar que no era buena idea regresar a mi departamento por un largo periodo.

Pasé los días sudado en angustia, en interrogantes, entre paredes despintadas, escuchando el silencio, contemplando la desesperación, en una habitación que con dificultades podía solventar el beat oscurecido de mi vida. Las noches eran insomnio, eran pesadillas, eran la misma ventana una y otra vez, el murmullo de los gemidos, la música grotesca de un erotismo que se paga por hora. Las madrugadas tomaban de la mano el amanecer, llegaban juntas, me sorprendían por igual a diario. Dormía poco, comía a escondidas escabullido en pánico.

Viví cuanto pude en aquel infierno de cinco letras. hasta que un día sentí que era momento de volver a salir, lo probable era que las cosas se hubieran calmado y que ya todo se hubiera olvidado. y así fue como decidí regresar a mi departamento, aunque no a habitarlo de nuevo, sí a sacar algunas cosas. Ese día, tomé la maleta, pagué las últimas cuentas pendientes en la recepción y me encaminé a de nueva cuenta a casa.

Al acercarme fue inevitable volver a pasar por el lugar en el que había matado al Gordo, para después, revisar la escena del doble homicidio, en ella todavía se podía ver de a poco el dibujo, ya desgastado y sin fuerza, pero yo sabia que ahí estaban esos trazos. No me detuve mucho tiempo, no era seguro hacerlo, pero sí me di tiempo de volver a pasar.

Entre a mi edificio, mirando para todos lados, abrí la puerta, subí por las escaleras, todo iba bien, era el silencio de paredes de concreto y de humedad de todos los días. Inhalé aquel sentido tranquilo de etos compuesto por el confort de una vieja rutina. Llegué a la puerta del departamento, metí la llave, abrí la puerta, de primera vista estaba todo bien. Cerré de nuevo, al parecer solo el polvo me había visitado, en el suelo la correspondencia de costumbre, estados bancarios y publicidad, la recogí por costumbre, y la revolví frente a mis ojos, en medio surgió un sobre en blanco, un sobre sin referencia alguna, lo abrí y saqué una hoja mal escrita en recortes de revista que decía:

"Sabemos quien eres y lo que nos has hecho..."

Escrito por:
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viernes, 6 de abril de 2012

Capítulo 10 (Cuarto Ajeno)

No podía regresar a mi departamento, después de aquello, era una verdadera estupidez regresar e instalarme tranquilamente en el confort del sillón a mirar televisión, abandonar por el momento el hogar era lo lógico.

Vague sin dirección, con rumbo perdido, cargando en mi mano una maleta con dinero y con armas; cargando en mi espalda cuatro muertos que se replicaban en la demencia de la insensibilidad. La Ciudad se alargo por rumbos desconocidos, por avenidas aceleradas por la madrugada, por luces de papel dormitando en la oscuridad.

Donde pasar la noche, donde encontrar un refugio al peregrinar, donde poner fin al vía crucis de un psicópata, donde esconder mi rostro transfigurado en asesino, donde poner el descanso, fue por un momento la cuestión primordial en un caminar extraño.

Y aunque tenía la pasta suficiente para instalarme en cualquier hotel de lujo, no podía identificarme, necesitaba un lugar en donde no pidieran un nombre, un lugar distinto a las amistades y a la familia, un lugar como el que parpadeaba frente a mí del otro lado de la calle. Era ese lugar, de iluminación perdida y de pintura deslavada. Fue ahí en ese motel protector de pecado donde me podría resguardar, por lo menos en ese momento.

Entre por sus puertas de cristal esmerilado de mugre, pise sus suelo pegostiosos, pedí una habitación y me entregaron una llave de cobre carcomido atada a un trozo de madera marcado con el número 66. Al mirar el 66, en una tétrica ironía, me di cuenta que no estaba lejos del infierno, aunque desde hace un tiempo sentí a la bestia deambulando por mis ideas.

Abrí cauto la puerta de madera apolillada, escuché las bisagras en un quedo crujir de bienvenida, arrojé la maleta sobre la cama y puse el cerrojo. Estaba en un cuarto ajeno, entre paredes mal pintadas, en un catre reflectado sobre óxido, en un espacio rentando para socorrerme, mientras los recuerdos de los cinco muertos se paseaban frente a mi.

Entre arrepentimientos y remordimientos, entre tibios llantos y secos lamentos; la oscuridad la acompañe mirando por la ventana, la acompañe con fragancia a moho y a fantasmas; me quede insómnico, perdido en la mirada de una metrópolis que no sabia si ya me había olvidado o comenzaba a recordarme.

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miércoles, 4 de abril de 2012

Acotación 3

Grito de media urbe
se desgarra la impaciencia,
mato,
ruego,
no hay clemencia,
Infierno enaltecido
en medias tardes,
en palabras mal dobladas.

Visceral encuentro de realidad,
tanto enojo,
tanta decepción,
rompo brutal
en fractales de pólvora,
en mi mano inquisidora,
en algo que no me deja paz.

Podría asesinar al mundo entero,
revolcarme de frustración,
desprenderme de fracasos,
y sólo miro correr
la demencia entre mis dedos.

No queda más moral,
no quedan necesidades,
recuerdos impregnados
por la solicitud de suicidio.

Grito en medio de la urbe
y mi mente yace dolida en la soledad.

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Arturo Lizárraga Osorio
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lunes, 2 de abril de 2012

Capítulo 9 (Asesino, Suicida o Demente)

Salí entre calles mirando disolverse a la niña en le retrovisor, aceleré con la espiga del miedo circulando mis piernas. Cuando, la ciudad se mancha en violencia la gente se espanta, no reacciona, se esconde y deja que las cosas se sucedan, somos una sociedad carente de héroes. Eso me dio una ventaja, no luces de policía, no bullicio de sirenas, circulaba en un auto ajeno como quien ha ido a la tienda a comprar un refresco.

Bajé la velocidad en cuanto me sentí seguro, la tarde ya se convertía en noche, me alejé lo suficiente y dejé el auto en las afueras del primer cuadro de la ciudad. Antes de abandonar el carro lo revisé, cateé en minuciosidad el interior: en la cajuela de guantes encontré una buena porción de billetes, una pistola y algunas balas; en el guarda equipaje me topé con una maleta llena de una buena dotación de droga, y con una ametralladora. Cogí la droga y la arrojé en la alcantarilla: las armas las tomé y las puse en la maleta, con el dinero que no me vendría mal y partí de ahí.

A unas cuadras de distancia cogí un taxi y le pedí que me llevara a la primera estación de Metro que se cruzara en nuestro camino, transbordé entre nervios, con las imágenes de aquella niña y de esos dos imbéciles a los que acababa de matar. Ya no sabía si era un asesino, un suicida o un demente.

Llegué a las cercanías de mi departamento, estaba a unas cuadras de estar seguro, cuando a mis espaldas escucho una voz aguardentosa con un tono en cantadita que me dice:

- Joven deténgase por favor...

Me cago en...!

No quería voltear, esperaba que fuera a otro joven, traía las manos cubiertas de pólvora y armas como para que me encerraran un buen tiempo. Volteé para imaginar que no era a mí, pero sí, era a mí, era una de las patrullas que pasaban a cobrarle una cuota al Gordo. Estaba jodido, mis ideas se revolucionaron, la adrenalina se me agolpó en el cerebro, mi cuerpo comezó a incendiarse, mi estomago se agrietó, infusión de nervios controlando el momento.

Por un momento creí que me había cargado la chingada, no tenía reflejos, las luces de la ciudad se hicieron oscuras, nada quedaba, me habían pillado. Los oficiales bajaron de su patrulla, se encaminaron hacia mí, mientras uno de ellos dijo:

- habrá esa maleta joven...

Puse la maleta en el suelo, me incline para abrirla cuando sentí en el cinturón mi pistola, en un movimiento a discreción agarré la pistola, la empuñé con fuerza y con una rodilla en tierra les disparé, sin nervios y sin remordimiento, les disparé.

A los dos les atiné en medio de las cejas, los dos cayeron sin aullar, sin movimiento, poniendo su obeso cuerpo en la banqueta, los miré, me miré en el reflejo de la ventanilla de la patrulla, observé a detalle el flujo rojo deambulando por el asfalto, mientras la ciudad era el inerte testigo de un asesino.

Vi mi reflejo y vi el dibujo de mi camiseta, era el mal dibujo de una persona, ese trazo que simula a una persona que es frecuente en las camisetas de Pearl Jam. Me puse los guantes, volví a mirar el dibujo, mojé los guantes con la sangre y repliqué el dibujo en la banqueta. Agarré la maleta, me di la vuelta y me fui.

Ya era un demente trazando garabatos en la muerte.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio