El amanecer nos acogió entre camiones, en las penumbras del metro, en las calles congestionadas, en una urbe que chilla entre el tráfico y la impotencia. De aquel valle de tierra a la casa de la Patrona el recorrido era extenso, nutrido por el colorido de un despertar con olor a frenos, con la silueta de neumáticos a baja velocidad, con las carreras del de junto, con mis pensamientos extraviados.
Después de un par de horas entre transbordos, llegamos a una colonia de casas educadas, de construcciones pretenciosas, de esencia a jazmines y de nostalgia a café recién calentado. En una de esas casas (que en su mayoría se erigen por el snobismo ecléctico más que por la armonía arquitectónica) era donde vivía la Patrona con el Político. Para poder entrar se tenía que tocar en una estrecha puerta lateral de metal pintada de rosa mexicano; una vez que tocamos, se asomó un tipo de lentes oscuros y corbata mal atada. Reconoció a la Niña de mirada lejana y nos dejo pasar no sin antes interrogarla por mi presencia.
Al terminar de aclarar mi presencia, le extendí la mano a aquel tipo, temiendo que en una de esas me fuera a robar la piel, le di un nombre falso que antes usaba para no contestar el teléfono a los de telemercadeo. Me pidió a que esperara un momento en lo que la Niña de mirada lejana entraba a la casa, a los pocos minutos la Niña regreso con la Patrona una mujer con la deformidad de cirujanos plásticos por todas partes, sus labios a penas se movían, su rostro era una careta sin expresión, estirada hasta la espalda. Me invito a pasar y me sentencio que primero tenía que entrevistarme con su esposa, por lo cual, me encamino hasta la puerta del estudio del Político y una vez más tuve que aguardar unos minutos. Salió la Patrona y me indicó que pasara a ver a su marido.
Al momento de entrar en el estudio uno no sabe si reírse o si sorprenderse, los libreros de madera, las réplicas de esculturas griegas, los animales disecados, los sombreros de charros, los cuadros vanguardistas, las fotografía de los caudillos, la imagen de la Virgen de Guadalupe, la enciclopedia de historia universal, las lámparas minimalistas, los tapetes regionales sobre el mármol blanco, el escritorio Luis XV, los sillones, los detalles; uno no entendía si estaba en una mala broma o en un museo mal acomodado. Y si el estudio era una mala pasada, el Político no se quedaba atrás, no sabía si tenía más gel en el cabello o joyas en las manos; usaba una camisa en tonos morados con una corbata roja con sublevados de calendarios aztecas, portaba un traje negro y unos zapatos que brillaban más que el rolex en su muñeca. Con la ropa que usaba se podía pagar la beca universitaria de por lo menos 10 jóvenes y sin embargo, él la lucia como burócrata desempleado.
En cuanto me vio el Político, me extendió la mano y me invitó a pasar, conteste su saludo, nos sentamos a que me entrevistara. me hizó unas cuantas preguntas y me dijo que no tenía problema con darme el trabajo, pero que había que resolver primero un pequeño detalle. La cuestión era que mi sueldo no me lo iba a pagar él, sino el senado ya que era una de las prestaciones que le otorgaban por su cargo como Senador Plurinominal; entonces, el sueldo correspondiente era de 50mil pesos al mes, pero él me pedía que debido que tenía que cubrir gastos externos a la transportación, yo cobrara solo 5mil pesos y que el resto se lo depositara en una cuenta que me daría después.
Yo ya no entendía si estaba en la mitad de un chiste. Le dije que no existía ningún problema ya si ilusiones ni aliento; no sin antes pedirle un poco de pasta para poder comprarme algo más de ropa, él me dio 1mil pesos y me reiteró nuestro acuerdo; mis fuerzas no eran las de un hombre que buscaba dinero sino venganza y por el momento estaría bien con aquel trabajo. Me citó para el día siguiente en las oficinas del senado, nos despedimos y salí de ahí.
Al salir note que: hacía un tiempo que mis pensamientos se habían calmado, pero un hueco en la profundidad del yo, me incomodaba; era una angustia de matiz a metal caduco, una furia de añejamiento en proceso, un enojo reservado que se calentaba a fuego lento dentro mí.
Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio