No puedo contarles que sucedió en el inmediato, mis recuerdos llegan al momento en que me dieron el segundo golpe, de ahí en adelante fue un jump cut largo. Lo siguiente fue un sonido, una lluvia en teclados de lámina, una percusión de gotas sobre techos con goteras. Lo siguiente fue agua mineral entrando por mis fosas nasales, el gas de un tehuacan asfixiandome.
Abrí los ojos de a poco; mi cuerpo adormecido de dolor, mis brazos atados sobre mi cabeza, mis pies flotando del suelo; todo Yo, colgado como res en matadero. El paisaje era un oscuro entre paredes de adoquines. Frente a mí, dos tipos en camisas remangadas, con la corbata desatada, con la panza presionando los botones, con los pantalones ocultos por abajo de la barriga; sus rostros eran abigarrados, desmoronados por una vida violenta y sin conciencia.
Aquel par de panzones se me quedaron viendo, me gritaron, no les entendía, me insultaron y de a poco, descubrí sus insultos, marejadas de prodigiosas leperadas fluían por su léxico. Tomaron un envase y lo apuntaron a mi nariz, una vez más el aguan me ahogaba, tocí, moví la cabeza. No paraban de gritarme, fueron a una mesa y tomaron una bolsa de tela, la humedecieron, le pusieron unas bujías, le amarraron una cuerda, se vinieron a mí y comenzaron a azotarme con la bolsa. Sentí el primer golpe, sentí el segundo, se vinieron el tercero y el cuarto golpe, para el quinto azote solo sentía el dolor y un sabor a sangre seca que venía desde adentro. Perdí la noción, volví a desmayarme...
Reaccione de nuevo, y los panzones seguían ahí, con su florido vocabulario hablándome; en esos momentos uno no entiende, uno no piensa, solo son sensaciones, sabores a rastro subiendo y bajando por un cuerpo maltratado; en esos momentos uno no sabes qué es lo que pasa.
Los panzones regresaron a la mesa, se pusieron unos guantes gruesos como de jardinero y tomaron un alambre de púas. Ahora los latigazos eran más fríos, eran más profundos, caricias metálicas arrancando mi piel, sumiéndose en mi carne. Ya no contaba los azotes, ya no palpaba mi cuerpo desmenuzado, ya no sufría mi sangre salpicando los alrededores.
No paraban de gritarme, de reírse en una sádica profesión de un rito que no les parecía ajeno. Uno de ellos soltó el alambre, se quito los guantes y a puño limpio comenzó a golpearme, parecía la imagen icónica de un boxeador golpeando una vaca muerta. Los golpes hacían un eco seco sobre los insultos; Yo, inmutable por un dolor que a penas me obligaba a gemidos. Golpeó mi rostro, mis huesos crujieron, cerré los ojos, y todo se fue, una vez más fade out.
Soy incapaz de decirles cuanto tiempo estuve ahí, bien pudieron ser unas horas o unas semanas, no lo sabría hasta después. Lo único que les puedo contar: es que reaccione envuelto en una bolsa de plástico negro; con un instinto de sobrevivencia más que con fuerza, la rompí para poder respirar, eran mi último aliento queriéndome mantener vivo, hice un hoyo, lo hice más grande, un aire con olor fétido entro como bocanada refrescante a mis pulmones, una brisa de aroma a putrefacción y a basura me dieron un suspiro.
Supuse por esa soberbia pestilencia que no me encontraba en un lugar grato, y que ya no estaba en presencia de los panzones; quedamente aperturé la mirada y mi primera visión fue una rata montada en mi cara; sobre el dolor de la tortura sentí las patitas de cucarachas, los dientes de más ratas. No podía, la impresión, el horror, el hedor, el...
Saqué mi entendimiento de funcionamiento y me dispuse a morir alimentando bichos y roedores; bajé todo, clausuré la conciencia, mi razón no daba, mi cuerpo se apagó.
Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio
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