No podía regresar a mi departamento, después de aquello, era una verdadera estupidez regresar e instalarme tranquilamente en el confort del sillón a mirar televisión, abandonar por el momento el hogar era lo lógico.
Vague sin dirección, con rumbo perdido, cargando en mi mano una maleta con dinero y con armas; cargando en mi espalda cuatro muertos que se replicaban en la demencia de la insensibilidad. La Ciudad se alargo por rumbos desconocidos, por avenidas aceleradas por la madrugada, por luces de papel dormitando en la oscuridad.
Donde pasar la noche, donde encontrar un refugio al peregrinar, donde poner fin al vía crucis de un psicópata, donde esconder mi rostro transfigurado en asesino, donde poner el descanso, fue por un momento la cuestión primordial en un caminar extraño.
Y aunque tenía la pasta suficiente para instalarme en cualquier hotel de lujo, no podía identificarme, necesitaba un lugar en donde no pidieran un nombre, un lugar distinto a las amistades y a la familia, un lugar como el que parpadeaba frente a mí del otro lado de la calle. Era ese lugar, de iluminación perdida y de pintura deslavada. Fue ahí en ese motel protector de pecado donde me podría resguardar, por lo menos en ese momento.
Entre por sus puertas de cristal esmerilado de mugre, pise sus suelo pegostiosos, pedí una habitación y me entregaron una llave de cobre carcomido atada a un trozo de madera marcado con el número 66. Al mirar el 66, en una tétrica ironía, me di cuenta que no estaba lejos del infierno, aunque desde hace un tiempo sentí a la bestia deambulando por mis ideas.
Abrí cauto la puerta de madera apolillada, escuché las bisagras en un quedo crujir de bienvenida, arrojé la maleta sobre la cama y puse el cerrojo. Estaba en un cuarto ajeno, entre paredes mal pintadas, en un catre reflectado sobre óxido, en un espacio rentando para socorrerme, mientras los recuerdos de los cinco muertos se paseaban frente a mi.
Entre arrepentimientos y remordimientos, entre tibios llantos y secos lamentos; la oscuridad la acompañe mirando por la ventana, la acompañe con fragancia a moho y a fantasmas; me quede insómnico, perdido en la mirada de una metrópolis que no sabia si ya me había olvidado o comenzaba a recordarme.
Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio
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