En cuanto leí aquellas palabras (sin titulo ni remitente) un sentido perdido sacudió mi cuerpo, un shock de nervios circulo todo el departamento, solté todo, solté el estrés, solté los sobres, solté la poca tranquilidad, solté un suspiro de angustia. Ahora era un puerco marcado, un blanco identificado, un peón perdido en un tablero desconocido.
En ese momento no servían las suplicas, no existía Dios ni consuelo, me había decidido a perderlo todo y ahora tenía perdida la fe, la moral y la ética, no había ni para que rezar ni para que suplicar. Lo único que quedaba era actuar rápido, era procurar pensar con claridad, sacudirme el miedo, espantar el susto.
Con el cerebro nublado, con la vista en blanco y en negro, entré a mi cuarto, abrí la maleta, heché lo primero que se me puso por delante, apresuré lo dispuestos, sin check list y sin detalles, busqué lo elemental, abalancé el alma en el bolso negro. No sabía lo que arrojé, ni lo que llevaba, debía de salir de mi departamento.
Gracias a mis sutiles formas de superhéroe de tercer mundo, había dejado las migas suficientes para ser reconocido, y lo peor es que no sabía ni quién me había reconocido, no sabía a quién le debía un saldo en desfavor. Podía ser la policía acostumbrada a extorsionar primero a los culpables y después a procesarlos, podían ser los colegas de los chulos, podía ser la familia de los difuntos, podía ser solo justicia divina. Como fuera, debía de esconderme y en cuanto más me tardaba en el departamento, más probable era que me pillaran.
Cogí el bolso ya lleno, me puse la pistola en la cintura por cualquier contratiempo, abrí la puerta y justo en ese momento sentí un golpe seco en el pómulo, un tortazo de metal que se acompañó con todos los recuerdos de mi vida: veía a mi madre y a mi padre mientras perdía el equilibrio; veía a mi hermana jugando mientras intentaba sostenerme; vi a mis amigos tomando cerveza mientras buscaba no caerme; recordé los abrazos de mis abuelos mientras me daba la primera caricia de suelo; contemple la Iglesia de niño mientras mi cuerpo se descomponía para atrás; volví a sentir los labios de ella mientras mi nuca se sacudía en el piso. Perdía la conciencia como una lágrima contenida de los recuerdos que se dejan y se vuelven a asomar.
Fue ese golpe, que ahora me tenía inútil sobre el laminado, el que me trajo la cálida zozobra de memorias que no recordaba. Entonces imaginé que ese recuento en Flash Back era lo último, ya no habría más, ya no más, mi redención suicida llegaba a su objetivo. No había visto mas que recuerdos, sensaciones del pasado dándome la despedida; no había reconocido a mis agresores, no sabía que me había pegado, sólo era la retrospectiva apresurada de mi vida.
Sentí un segundo golpe en la barbilla, mi cabeza se reboto con el piso. Quise mantenerme, quise reaccionar, infinidad de ideas, de corajes, de impotencias. Todo se recorrió en fade out, en negros y no supe más.
Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio
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