Esperé a que amaneciera, con la vista perdida en la venta, con los ojos puestos en el cochambre del cristal, con la visión fija en la calle angosta y en los muros. Ya había matado cinco veces, cinco veces había sido verdugo y Yo seguía vivo, alterado, con sobre dosis de miedo y de preguntas. Un millón de veces revisé cada uno de los disparos, me pregunté por todo lo que había hecho, caminé sobre mis pisadas en mi memoria. La quietud de ese cuarto de hotel acogido por gemidos y por mugre era el estrago de mis actos.
Al otro día, salí ya pasada la media mañana, con la pistola escondida entre las ropas, con la garganta amarrada, con la paranoia desprendida. Compré algo de comer en la primera tienda que se atravesó en mi camino, y me distraje un poco en el quiosco mirando los diarios, dentro de mí sentí la infame curiosidad de saber si algo se habría dicho, digo nadie mata a dos chulos y dos policías en un día y pasa sin ser notado.
Compré todos los periódicos disponibles, me regresé al sucio cuarto de hotel y me encerré poniendo el miedo en el cerrojo. Abrí diario por diario, los leí hasta en la sección de sociales y en los avisos de ocasión. Solo en una nota, en un amarillento periódico de nota roja, se hacía mención a la muerte de los dos policías, la nota la firmaba un tal Potter (algún imbécil que poco de imaginación usa el nombre de un personaje de ficción como seudónimo). En la nota se hablaba de los dos policías y que a cargo de la investigación se encontraba el Comandante Negrete; también aparecía una foto de los dos cuerpos y en el fondo se podía ver el dibujo que hice con la sangre.
Con cuidado recorte la nota, la volví a mirar, era un mórbido transe, miraba con hipnótica necesidad mi dibujo en la foto, como si se tratara de una obra de arte, de un trabajo de mucho esfuerzo. Después de un tiempo guardé el recorte en la maleta y me dediqué a pensar que no era buena idea regresar a mi departamento por un largo periodo.
Pasé los días sudado en angustia, en interrogantes, entre paredes despintadas, escuchando el silencio, contemplando la desesperación, en una habitación que con dificultades podía solventar el beat oscurecido de mi vida. Las noches eran insomnio, eran pesadillas, eran la misma ventana una y otra vez, el murmullo de los gemidos, la música grotesca de un erotismo que se paga por hora. Las madrugadas tomaban de la mano el amanecer, llegaban juntas, me sorprendían por igual a diario. Dormía poco, comía a escondidas escabullido en pánico.
Viví cuanto pude en aquel infierno de cinco letras. hasta que un día sentí que era momento de volver a salir, lo probable era que las cosas se hubieran calmado y que ya todo se hubiera olvidado. y así fue como decidí regresar a mi departamento, aunque no a habitarlo de nuevo, sí a sacar algunas cosas. Ese día, tomé la maleta, pagué las últimas cuentas pendientes en la recepción y me encaminé a de nueva cuenta a casa.
Al acercarme fue inevitable volver a pasar por el lugar en el que había matado al Gordo, para después, revisar la escena del doble homicidio, en ella todavía se podía ver de a poco el dibujo, ya desgastado y sin fuerza, pero yo sabia que ahí estaban esos trazos. No me detuve mucho tiempo, no era seguro hacerlo, pero sí me di tiempo de volver a pasar.
Entre a mi edificio, mirando para todos lados, abrí la puerta, subí por las escaleras, todo iba bien, era el silencio de paredes de concreto y de humedad de todos los días. Inhalé aquel sentido tranquilo de etos compuesto por el confort de una vieja rutina. Llegué a la puerta del departamento, metí la llave, abrí la puerta, de primera vista estaba todo bien. Cerré de nuevo, al parecer solo el polvo me había visitado, en el suelo la correspondencia de costumbre, estados bancarios y publicidad, la recogí por costumbre, y la revolví frente a mis ojos, en medio surgió un sobre en blanco, un sobre sin referencia alguna, lo abrí y saqué una hoja mal escrita en recortes de revista que decía:
"Sabemos quien eres y lo que nos has hecho..."
Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio
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