lunes, 23 de abril de 2012

Capítulo 15 (La Pausa)

Al terminar de agradecernos, le pregunte si no tenía algo de ropa que me prestara. Me dio unos pantalones deportivos y una sudadera. Al vestirme, descubrí que mi cuerpo era un mapa en alto relieve, un bulto tras otro que me marcaban desde los pies hasta el cuello; mi rostro tenía un curvilínea marca que iba desde mi párpado inferior derecho, hasta el mentón. Era Yo un lienzo vanguardista de violencia y cicatrices en caos.

Salí a ver donde me encontraba y el paisaje era un llano de terracería ilustrado por un laberinto de chozas edificadas en: cartón, lámina y algunos tablones. La luz llegaba por una maraña de alambres mal colgados sobre postes improvisados; el agua potable era un privilegio que llegaba cada semana en una pipa del municipio y la actividad principal de los habitantes era recolectar la basura del tiradero más cercano que quedaba a unos cuantos kilómetros de distancia. Era el valle de Santa Barbara en el extremo oriente de la ciudad, en donde me encontraba.

No tenía a donde ir, y regresar a mi casa por mis pertenencias hubiera sido la mayor estupidez de todas. Le pregunte a mi anfitriona, a aquella niña de mirada lejana si podía quedarme con ella por un tiempo, ella con gusto acepto, con la condicionante que tenía que poner mi vida en orden, la verdad era algo que no pensaba hacer pero, acepte su condición.
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Al otro día, me llevó a una Iglesia cercana y me obligó a confesarme con el Padre, entré y en ese momento no sabía si debía hacerlo, vamos, tenía años sin pisar un Iglesia y tenía aun más tiempo sin confesarme, es más nunca me he llegado a considerar una persona de fe, pero debía de complacer a mi salvadora. Así que entré y lo primero era resolver cómo confesar la pólvora en el ambiente, la sangre entre los pulmones, el placer de matar por querer morir; cómo hablar de mi vida con alguien que no sabes si te va a dar una penitencia o te va a mandar encerrar. Por lo que solo le dije que era un pecador, que había ofendido a mucha gente, que me arrepentía de lo malo que era y cosas como esas. El Sacerdote al terminar de escucharme me dijo: que un hombre no se gana mis cicatrices cometiendo pecados comunes, que me daba la reconciliación y que por favor lo esperara un segundo.

Cuando me pidió que lo esperara, pensé de inmediato en salir corriendo, por un instante imaginé que iría por un policía, pero al poco tiempo regreso con un bulto entre las manos, me lo extendió y me ordeno que me cambiara la ropa, que me vería mejor en ropa de hombre y que seguramente esa ropa era más de mi talla. Accedí tomé la ropa y me fui al baño a cambiarme. La verdad si me veía mejor que con unos pantalones que en el trasero decían: Sexy Ass.

Esa noche al regresar, la niña de mirada lejana, me impuso como mi sitio el mismo petate en donde estuve los últimos días (Yo no tenía problema con ello). Sentenció a que me encontraría un trabajo, porque ella no me iba a mantener y también accedí sin reproches ni malas caras. Un trabajo me ayudaría a equilibrar un poco mis ideas.

Al siguiente día ella se marchó a trabajar y me dejó en ese páramo de tierra revolcandome sobre los pensamientos. Nunca supe a ciencia cierta cómo me curaron, si me vacunaron contra la rabia, si me dieron algún medicamento; lo único que sabía era que mi depresión ahora era un grito contenido de furia, no quería detenerme, en un punto esa golpiza me dio la fuerza de un enojo de proporciones épicas y solo pensaba en la forma de joderme a ese par de gordos que me golpearon. Me cuestionaba el lugar donde me encerraron, me cuestionaba el tiempo, el autor intelectual, me hacía 500 encrucijadas y todas llegaban al encuentro con el enfado, con una llama que me escalaba desde la impotencia hasta la mirada.

Se me inflamaba el coraje, se me enterraba la ira, me incendiaba en cólera, tragando saliva, apretaba los dientes, veía el mañana en un carmesí con propulsor haciendo circular la oscuridad por sobre tiempos de hambre de venganza. Estaba cabreado y si ya había matado antes porque no habría de hacerlo de nuevo.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

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