Esa noche regresó la niña de mirada lejana, me miró y lo primero que me dijo fue que ya me tenía un empleo, que había hablado con su patrona y que su marido el político necesitaba un chofer por lo que al otro día debería irme con ella para ver a la señora y al señor desde muy temprano. Abrió una bolsa de supermercado y sacó una camisa y un pantalón, me los dio para que los usara a la mañana siguiente.
Yo sin palabras, no atiné a decirle nada mas que a asentar con la cabeza cada una de las cosas que me decía. Me explicó que para su patrona era su primo que venía de provincia, que andaba buscando un empleo, que lo necesitaba con urgencia y por ello la patrona aceptó a darme ese trabajo.
Toda la noche estuve con el ojo pegado al techo, dando vueltas sobre el petate, pues aunque tenía a alguien que se preocupaba por mí, Yo no contenía la furia. Toda la noche se me incendiaban las ideas, me quemaba desde las entrañas, me seducía la necesidad de matar, pero de matar con odio verdadero. Era una vuelta tras otra en la madrugada, pensando, analizando, imaginando.
En algún punto mis pensamientos dejaron de ser los de un asesino, y se volvieron los de un sádico, confabulé torturas, visualicé cada uno de mis movimientos; escuché los gritos de dolor, los lamentos de piedad, las marcas de sangre, los ojos de agonía. Era vívido, mis deseos se revolvían una y otra vez, me perdía afectado por el placer de hacerlo. No me detenía, me iba en fantasías, en murmullos de espanto, en la tribulación de mis futuras víctimas. Comenzaba a perderme en la locura.
Antes del amanecer se despertó la niña de mirada lejana y me dijo que era momento de partir. Nos arreglamos, tomamos un café y salimos cuando el valle todavía estaba oscuro. Mientras ella me hablaba, yo proseguía con mis pensamientos, su voz para mi era un mudo cantar lejano y ajeno.
En un momento ella se detuvo, me volteó la cara a la suya, sostuvo sus ojos en los míos, y me dijo:
- Entiendelo, dejalo ir, eso que estas pensando te va a perder en un lugar del que nunca vas a poder escapar...
Me soltó y prosiguió su andar.
Me dejo reflexivo, en la alienación entre la demencia y la cordura.
Arturo Lizárraga Osorio
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