lunes, 2 de abril de 2012

Capítulo 9 (Asesino, Suicida o Demente)

Salí entre calles mirando disolverse a la niña en le retrovisor, aceleré con la espiga del miedo circulando mis piernas. Cuando, la ciudad se mancha en violencia la gente se espanta, no reacciona, se esconde y deja que las cosas se sucedan, somos una sociedad carente de héroes. Eso me dio una ventaja, no luces de policía, no bullicio de sirenas, circulaba en un auto ajeno como quien ha ido a la tienda a comprar un refresco.

Bajé la velocidad en cuanto me sentí seguro, la tarde ya se convertía en noche, me alejé lo suficiente y dejé el auto en las afueras del primer cuadro de la ciudad. Antes de abandonar el carro lo revisé, cateé en minuciosidad el interior: en la cajuela de guantes encontré una buena porción de billetes, una pistola y algunas balas; en el guarda equipaje me topé con una maleta llena de una buena dotación de droga, y con una ametralladora. Cogí la droga y la arrojé en la alcantarilla: las armas las tomé y las puse en la maleta, con el dinero que no me vendría mal y partí de ahí.

A unas cuadras de distancia cogí un taxi y le pedí que me llevara a la primera estación de Metro que se cruzara en nuestro camino, transbordé entre nervios, con las imágenes de aquella niña y de esos dos imbéciles a los que acababa de matar. Ya no sabía si era un asesino, un suicida o un demente.

Llegué a las cercanías de mi departamento, estaba a unas cuadras de estar seguro, cuando a mis espaldas escucho una voz aguardentosa con un tono en cantadita que me dice:

- Joven deténgase por favor...

Me cago en...!

No quería voltear, esperaba que fuera a otro joven, traía las manos cubiertas de pólvora y armas como para que me encerraran un buen tiempo. Volteé para imaginar que no era a mí, pero sí, era a mí, era una de las patrullas que pasaban a cobrarle una cuota al Gordo. Estaba jodido, mis ideas se revolucionaron, la adrenalina se me agolpó en el cerebro, mi cuerpo comezó a incendiarse, mi estomago se agrietó, infusión de nervios controlando el momento.

Por un momento creí que me había cargado la chingada, no tenía reflejos, las luces de la ciudad se hicieron oscuras, nada quedaba, me habían pillado. Los oficiales bajaron de su patrulla, se encaminaron hacia mí, mientras uno de ellos dijo:

- habrá esa maleta joven...

Puse la maleta en el suelo, me incline para abrirla cuando sentí en el cinturón mi pistola, en un movimiento a discreción agarré la pistola, la empuñé con fuerza y con una rodilla en tierra les disparé, sin nervios y sin remordimiento, les disparé.

A los dos les atiné en medio de las cejas, los dos cayeron sin aullar, sin movimiento, poniendo su obeso cuerpo en la banqueta, los miré, me miré en el reflejo de la ventanilla de la patrulla, observé a detalle el flujo rojo deambulando por el asfalto, mientras la ciudad era el inerte testigo de un asesino.

Vi mi reflejo y vi el dibujo de mi camiseta, era el mal dibujo de una persona, ese trazo que simula a una persona que es frecuente en las camisetas de Pearl Jam. Me puse los guantes, volví a mirar el dibujo, mojé los guantes con la sangre y repliqué el dibujo en la banqueta. Agarré la maleta, me di la vuelta y me fui.

Ya era un demente trazando garabatos en la muerte.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

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