viernes, 21 de septiembre de 2012

Capítulo 55 (No Soy)

La noche la pasé entre remordimientos, inquieto, botado en un catre dando vueltas por la cabeza. Dormir se volvió un lujo conforme pasó el tiempo y solo unas cuantas horas de sueño eran un placer de prescripción esporádica.

Al amanecer me fueron a buscar dos soldados, me indicaron que era momento de partir, una vez más me arreglé con el uniforme militar, cogí el sobre con el discurso, salí de ese cuarto en grises y verdes. En la puerta me esperaba el General, las camionetas ya estaban encendidas con las puertas abiertas, el día se coloreaba todavía en los tonos anaranjados que tanto disfruto, el viento era una fresca bocanada de buenos días. Pese a todo, disfruté la mañana como tenía mucho tiempo de no hacerlo.

Subimos a las camionetas, partimos, anduvimos en medio de edificios, en una ciudad que se veía distinta, la urbe me acogía como hace mucho no lo hacía. Sentía su honestidad reclamando la mía, sentía su clamor y su valor construido por los años y por los rostros. Circulamos por un tiempo, hasta llegar aquí, al punto desde el cual me he dirigido a ustedes.

Estamos aquí en las afueras de la Casa Presidencial, caminando entre honores, posando en la falsedad, inventando un cuento que no es verdadero, es por eso que, en este momento, me decidí a dirigirme a ustedes, a hablarles, a contarles.

Como se los dije desde el principio, no soy lo que muchos pensaran que soy ahora, si alguien me distingue no se atreverá a relacionarme con los asesinatos del Grunge, pocos me configurarán en las páginas de nota roja.

Como se los dije desde el principio, no soy un Bruce Wayne o un Tony Stark, no me aproximo ni por error a Frank Castle. Solo soy un fallo disfrazado, un disparate en tiempos desesperados. Y me he cansado de serlo, en este tiempo se me han agotado las fuerzas; cargo conmigo los fantasmas, los remordimientos, cada pisar es un recuento en arrepentimiento, cada mirar son reclamos, rostros que ya se borran en la ambigüedad.

Continuo caminando junto al General, y esta historia no sé si la han escuchado o no, soliloquio de un asesino vuelto héroe. El enojo me ha abandonado y Ella. Desde el principio fue Ella, solo Ella: no saberla, no tenerla, me venía cada segundo a la mente, solo Ella; ahora, perdida, nadie daba razón y tanto... se volvió una melancolía extendida por el cuerpo entero. Ya no, si el Dueño seguía con vida, si había matado o había dejado con vida, ya no, ya no puedo.

Camino junto al General y la gloria no es la recompensa esperada, las condecoraciones son una mofa cruel bautizando la violencia. En el frente los grandes políticos nos esperan, con la sonrisa prestada, con los brazos cargados de falacia. No puedo, no soy parte de esto, no puedo conmigo ni con todo.

Pido permiso para ir a los aseos, el General me indica que me apresure, debo de regresar pronto, me doy la vuelta, le doy la espalda. No puedo con la carga, me pierdo preguntando por los baños, me escondo en la multitud. Doy la vuelta, les doy la espalda.

Dejo todo, mi ser entero es un llanto quebrado, no importa más, ya nada trasciende, despedida cautelosa, honores que no son míos. Camino con disimulo, busco la salida, se me congela la ansiedad. Me llevo mis pecados, los empaco en la culminación, sol de huida, evasión y retirada.

Si quiero matarme ahora será en la conformidad de mi arrepentimiento, en el pesar de las tarde, lejos de aquí, lejos de todo; es momento de irme a tragar el desasosiego, a cosechar tortura, llano en desamor, pesadumbre y futuro. Solo quería matarme y aquí estoy, vivo, recargado en cicatrices, con el alma endeudada, con el tiempo perdido.

Me voy apresurado, ya no soy, me despido.

FIN

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

jueves, 20 de septiembre de 2012

Capítulo 54 (Uniforme Militar)

Conforme avanzaba el tiempo mi cuerpo mejoraba, pero mi conciencia era un revuelo de emociones encontradas, de miedo, de pánico, huir a dónde cuando se tiene la existencia cercada. Pensaba en Ella, en el hecho que en este País es pena de muerte matar un delincuente; pensaba en que iría a la cárcel, en la indiferencia de los médicos, en los plafones faltantes, en la gotera.

Me entretenía imaginando cuantos pacientes tendrían en la misma sala que Yo, cuando, un hombre uniformado de militar, se apareció delante mío. Era un General de alto rango, que según se identifico, iba enviado del Estado Mayor Presidencial. Me pidió discreción a lo que iba a decirme y me lo dijo muy claro.

La credibilidad de la autoridad era baja ante la opinión pública, los esfuerzos por frenar la ola de violencia eran infructíferos y solo detenían a criminales de poca monta. Necesitaban un golpe medíatico contundente, algo que los hiciera ver mejor. Yo sería su golpe medíatico, su gran noticia, aclararían a la prensa que era un agente federal infiltrado y que mi acción respondió al llamado de la responsabilidad, al cumplimiento de mi deber. Debía de colaborar con ellos o de lo contrario al salir me darían un cuarto decorado por barrotes. Solo debía seguir el juego, jugar sus cartas, argumentar sus mentiras y las mías.

Al final me señalo que al otro día me darían de alta y que el esperaba que colaborara con ellos, me dejó un sobre con un discurso y un programa de eventos; colocó un uniforme militar sobre los pies de la cama, me dio una bolsa con una navaja de rasurar, un jabón, y otras cuestiones de aseo personal.

Se despidió, me extendió la mano, al mismo tiempo que me sentenciaba:

- Para que no se sienta solo, aquí le dejo unos amigos para que esten con usted.

Entraron dos militares, completamente armados y se quedaron de pie a los costados de la cama, mientras el General se dio la vuelta y se marchó.

Leí el discurso, pensé, reflexioné, tal vez, era la única solución viable para poder salir, para no ir a dar al tambo. Después de todo, una mentira a cambio de mi libertad no era nada.

Por un tiempo, quise platicar con los militares, pero al igual que los doctores no me dirigían la palabra. Durante la noche me la pasé despierto, con el miedo a tope, con el nervio a full. Tenía a dos hombres armados a mis costados, no me hablaban y no tenía idea de su lealtad. Si uno de ellos tenía su alma vendida al diablo, no dudaría en matarme. Di mil vueltas por la cama, por el discernimiento, por la angustia.

Al otro día me pusieron de pie sin preguntarme, me llevaron una tinaja de agua, me limpié, me rasuré, me peiné, me puse el uniforme militar que, entre otras cosas, se me veía bien. Los militares me ayudaron un poco indicándome como abotonarme, como colocarme cada una de las ropas. Al quererme poner el gorro me prohibieron hacerlo, así que, me lo puse bajo el brazo. Uno de ellos me tocó el hombro y me extendió el sobre con el discurso.

Me empujaron en la dirección en la que tenía que caminar, en la puerta me esperaba el General, quien al verme sonrió y me dijoo:

- Sabía que podíamos contar con usted.

Me llevaron a una sala pequeña con las paredes más mugrosas que el resto del hospital, en uno de los extremos una mesa, donde me senté con el General; detrás nuestro, una lona con la imagen del Estado Mayor Presidencial. Frente a nosotros, periodistas, camarógrafos, flashes, micrófonos, grabadoras. El General advirtió que no responderíamos preguntas y que solo diría unas breves palabras.

Tomé el discurso y lo leí con claridad y en voz fuerte. Al terminar el General me indicó discretamente que nos pusiéramos de pie e invitó a la gente a ir al otro día a un evento en donde se me condecoraría por mi valor. Cuando dijo eso, no pude evitar sonrojarme, ni actué con valor ni merecía condecoración alguna. Salimos por la misma puerta por la que entramos y nos dirigimos a la salida del hospital.

En la calle nos aguardaban unas camionetas negras, las abordamos y nos dirigimos a un cuartel militar. Ahí me bajaron y el General me llevó a un cuarto aislado en donde me pidió que descansara, pues al otro día conocería a gente importante.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Capítulo 53 (Livianos Gemidos)

Pasaron algunos días, y aunque ya había reaccionado, los movimientos me costaban, tenía el respirador en la boca, no podía hablar mucho, solo livianos gemidos salían de mi garganta, a diario eran el sabor amargo y pastoso. Me visitaban doctores, enfermeras, me medían, me analizaban, desfile de batas blancas y azules, gente sin rostro a quienes no quería identificar, ni reconocer.

Me entretenía buscando formas en las cortinas de las mamparas, en la mugre de las paredes blancas; contaba las veces que parpadeaban las luces, las ocasiones en que se expresaba la gotera y ponía toda mi atención en ubicarla a lo lejos; dilucidaba en ecuaciones el número de plafones que faltaban en el techo, llegué a sacar una aproximación estadística que por cada doce plafones faltaría uno, o por lo menos estaría roto.

Se me fueron algunos días vegetando en esa cama, sin saber en dónde estaba; todos quienes entraban me decían el "Cabroncito"; por un momento pensé que el atreverme a hacer una idiotez como la que hice, me había valido el mote. De a poco, fui gesticulando, moviendo las extremidades y en uno de esos esfuerzos llegué a sentir hasta como se movían las uñas.

Al cabo del tiempo, ya podía hablar bien, me retiraron el respirador y lo primero que pregunté fue en dónde me encontraba. Una de las enfermeras fue la que me dijo que estaba en la clínica de Santa Mónica, la cual pertenecía a la Cruz Roja. Y aunque fue lo único que me dijeron, ese dato me alivió un poco, no me encontraba en la enfermería de un reclusorio, eso era una gran ganancia.

Los Doctores no hablaron conmigo, aunque si me veían con un poco de temor y de intriga, solo entraban, checaban, anotaban y salían; a veces, solo una exclamación en su salida cuando ya estaban de espaldas. Al parecer el "Cabroncito" estaba hecho de hule o era el gato de las mil vidas. La verdad, Yo pensaba lo mismo, de tanto querer morir seguía con vida.

Por la noches, en la penumbra de la sala, pensaba en Ella, me atormentaba, me preocupaba, me daba vueltas por las entrañas, se posicionaba en mi conciencia. Reflexiones sobre su estado, sobre su bienestar, sobre su ser. No sabía si estaba viva, herida o muerta, y eso me dolía más que el cuerpo, me helaba los poros, me sacaba de cualquier calma y me provocaba el llanto.

Uno de esos días llegaron unos hombres de traje, bien aseados, altos y con unos documentos en mano. Se identificaron como agentes federales del cuerpo anti narcóticos. Me hablaron sobre lo que paso aquella noche. Resulta que el tipo que iba con Ella era un Capo, el cuarto hombre en la lista de los más buscados de la CIA y Yo, en mi ataque de celos lo había matado. En cuanto me enteré de eso, de verdad quería estar muerto, si no me metían a la cárcel, al poner un pie en la calle, iban a matarme. Me cuestionaron y argumente que simplemente quería hacerle un bien a la gente, me invente una historia, les dije que no pertenecía a ninguna Cartel, ni una banda, solo era Yo, buscando un tiempo mejor.

De Ella, no podía creerlo, se involucro con lo peor de lo peor, siempre su delirio fue el dinero, pero llegar a salir con alguien así, era un exceso. Les pregunté por Ella, pero me respondieron que no tenían razón, que en el lugar de los hechos nunca existió una mujer, y menos de las características de Ella.

Sacaron una de la identificaciones falsas que traía, me llamaron por ese nombre. Mi fascinación por el fútbol, me dio la identidad con la que ahora ustedes me conocen: Raúl Llorente. Confirmé que esa era mi nombre y me fui con la mentira continúa. Se despidieron, me dijeron que después tendría que presentar mi declaratoria en el Ministerio Público y se fueron.

Me quedé aún más intranquilo, pensando en el paradero de Ella y temiendo por mi salida, ahora sí, la había cagado desde arriba hasta abajo.

Escrito Por:
Arturo Lizárragar Osorio

martes, 18 de septiembre de 2012

Capítulo 52 (Cavernas Ignotas)

- Bip...

-Bip, Bip...

-Bip...

-Bip, Bip, Bip, Bip...

Marea digital y acordes de respirador, pinceles de alcohol y acuarelas de sollozos, regresa la conciencia, regresan los sentidos, sabores a tierra y a acero viejo. Pesaban las pupilas, pesaban los brazos, pesaba la cabeza. Mi corazón marcaba los ritmos de un despertar aturdido, de un regreso inesperado.

Despegué los párpados, pantallas de luces y siluetas borrosas, quería entender en dónde estaba, quería comprender en dónde me encontraba. El cuerpo se negaba, cada acción era un lento comando indisciplinado. Me revolcaba en marea nueva, en cavernas ignotas, en torpes caminos. El ser entero me daba vueltas y sentía hasta el latir de la tierra.

De a poco se enfocaron las ideas, se hilaron las razones. Parte por parte se fueron armando las piezas. Abrí un poco más los ojos, paredes en blanco y cortinas comunes, camas a los costados, sabanas de papel, y el Bip Bip que no dejaba de fastidiar a un costado.

Levanté las manos, palpé mi rostro, una goma cubría mi nariz y mi boca; tenía sed, mi cuerpo pegado en cables, cada bocanada que procuraba era un sonido hipnótico muy parecido a la esencia de Darth Vader. Me distraje un segundo imaginándome con un sable láser y un traje negro, me regalé un momento de gracia en medio de la desesperación. No sabía en dónde me encontraba, era obvio que me encontraba en un hospital, pero en cuál hospital, esa era la pregunta.

Recordé lo que había hecho, no sabía cuánto tiempo había pasado, ni si estaba de alguna forma detenido. De seguro si estaba en un hospital no sería en un hospital privado con lujos incluidos. Lo seguro es que me encontraba en un hospital de beneficencia o, a lo mejor, en la enfermería de una penitenciaria, eso, era lo lógico, a nadie lo dejan andar disparando por la calle y luego lo ponen en un nosocomio común.

Conforme fui recobrando las fuerzas, también recobré el temor, no era lo que me dolía el cuerpo, sino el miedo a pasar el resto de mis días encerrado, privado, aprisionado. Perdí el control, y más preguntas me venían a la cabeza, me cuestionaba, la duda es mala pasajera en momentos ciegos. En algún punto, no sabía cómo estaba Ella, solo recordaba verla en la puerta del restaurante, me preocupaba que la hubiese herido, la amé tanto que ahora podría ser su verdugo. Muchas culpas se vinieron en la horizontal, confrontaciones y reproches.

Estaba sumido en el rencor cuando una de las cortinas se corrió; de atrás salió la imagen de una mujer obesa, con el cabello corto, con cofia y con bata en azul. Se tambaleaba al caminar, con mirada dura, con ligero bigote, con bellos en los brazos; sus gestos de enojo, sus caras de mal humor. Se acerco a mí, se me quedo mirando. Movió la cabeza en signo de negación y gritó:

- Ya despertó el Cabroncito.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

viernes, 14 de septiembre de 2012

Capítulo 51 (Afectos Extraviados)

Caí en la oscuridad, en la inconsciencia, en el aslfalto, en el concreto. El mundo se fue y se partió, no comprendía más, nociones lejanas de susurros extraños, sollozo interno de canales salados. Se me escapaba el alma en negros informales.

Por momentos veía los cariños perdidos, los afectos extraviados. Por momentos eran estruendos distorsionados, voces deformadas, y regresaba a la calidez de los sueños, a la cordialidad de la no noción. Agonizaba entre ilusiones y entre ajetreo, las situaciones se mezclaban, aromas a formol y olores de campo; los alientos de infancia y los dolores de la piel. Gritos y gemidos, trazos de tungsteno deambulando sobre un lienzo desvanecido.

Por segundos estaba cuerdo y deseaba morirme, dejarme, olvidarme de este mundo, de ese momento. Por momentos sentía sus las últimas pupilas: acuosas, inconsolables, nostálgicas mientras Ella me despedía el día que nos separamos. Y entonces, eran más fuertes mis deseos de morirme. Lloraba en silencio, lloraba tumbado en el hule.

Después volvía a perderme, a irme y la lógica no tenía forma: estrellas de amanecer, luna previa, ramas de canela en praderas tersas, plantíos de anís, pinceles de viñedos y copas de tabaco. Oleaje sin sentido sobre un oscuro blanco y negro.

No hay luz al final del túnel, ni siquiera vi un túnel, solo los momentos, cuadros surrealistas descoloridos por el tiempo. En esos instantes el lugar añorado es la infancia, el cobijo de los brazos maternos, las palmadas paternas, los juegos fraternos, la comida de los abuelos. En ese momento, no existen las voces que llaman, ni querubines en algodones; todo lo que hay son recuerdos deformados que pasan a despedirse.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

jueves, 13 de septiembre de 2012

Capítulo 50 (En la Incertidumbre)

Estaba en la incertidumbre, en la indecisión; con el estómago hecho pelotas, con la cabeza revuelta, con todo mi entendimiento patas pa'rriba. Estaba en el irme o en el quedarme cuando la vi salir, cuando la vi cruzar la puerta, cuando la vi tomar del brazo al otro y darle un beso. Vi sus ojos fijos en los ojos del otro, contemplando sus alientos, enamorados como hace mucho lo estuvimos Ella y Yo. La vi de frente a mí, y mis venas se implosionaron, el corazón se agrandaba en fast track, ansiedad y rabia, celos y enojo. Ya había pasado mucho tiempo, y sin embargo, verla ahí, verla de frente, confirmando su olvido me lleno la locura.

Desde hace tiempo que no salía sin un arma, así que busqué entre mis ropas, apreté el metal y un grito estalló desde mi cabeza hasta mis piernas. Me dejé ir con furia, soltando la frustración en pólvora; dismutiendo el sufrimiento en vulgar crujir de fuego.

Y como diría el corrido, sonaron siete balazos y sonaron más. Inaudito cretino escupiendo plomo, sin darme cuenta que los escoltas estaban ahí. No me di cuenta de las armas a mi alrededor, de los disparos que a mí llegaban, no me fijé en nada; solo me dejé ir presuntuoso idiota dominado por achares.

Llegó el momento que no veía nada, no la veía a Ella, tan solo me perfilaba con la pistola en mi mano destellando cabreo. La oscuridad dejó de serlo y ráfagas en adrenalina comenzaron a colocarse entre las estrellas y el suelo. No me detenía, perseguía la nada, tonto, ajeno, enajenado. Me fui de filo por la cólera con una pistola entre un cerco de escoltas.

Nunca supe si le disparé a alguien, todo era un caos de detonaciones, iluminación célebre en día erróneo. Nunca supe cuantos me rodearon o quienes me apuntaban, nunca me enteré de mi vida ni de la de nadie.

No sé cuantos pasos habré dado, no sé si estaba cerca o lejos de la puerta de restaurante, cuando, entre el impulso sentí un ósculo caliente, un puntazo en la pierna. No me detuve, era el ardor un método insignificante en la peregrinación suicida. De pronto fue otro, y uno más, llovía lumbre a mis entrañas, mi piel se convirtió en hoguera, danza de brasas resguardándose entre mi carne.

Caí de bruces, azotando mi frente en el pavimento, caí por inercia y por obligación, deposité mi ira en el tropiezo. Hice por levantarme, no sentía dolor, solo un ardor en varias perforaciones, me costo trabajo mover las piernas y los brazos, el aire se hacia escaso, respirar se volvía un privilegio; se nublaron las imágenes, borroso circo rodeando el alboroto; los sonidos se distorsionaban, improvisaciones de final de tiempo.

Quería mantenerme, volver a incorporarme, restablecer el cuerpo, algunos sonidos más a lo lejos y todo se vino negro.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Capítulo 49 (Ilustraciones de Añoranza)

Me quedé un tiempo ahí parado, perdido, con ilustraciones de añoranza y un cuerpo inmóvil. Me quedé mirándola, recordando lo mucho que la amé y el tiempo que no nos dimos. Me quedé sin saber que hacer, con emociones que se dividían, con enojo y con tristeza, con el alma resquebrajada. Sarcasmo mal comprendido, todo inició cuando la perdí a Ella; y ahora, que quería terminar ese camino, Ella se volvía a  poner delante mío.

Me quedé lo que pueden ser unos segundos o toda la eternidad, la relatividad se apropió del momento. Parado frente a la ventana el Dueño ya no importaba. Parado frente a la ventana agonizaba en ritmos lentos, en tierno tempo, en crueles percusiones. Me perdía en la incredulidad de mirarla, después de mucha tormenta Ella ahí y Yo mirándola.

Se vinieron escenas lejanas de un momento ajado. Una lágrima extraviada me partió desde adentro, momentos dilatados en centésimas. Y eran las tardes de lectura; los días que no le pude decir "Te Amo"; Eran los ocasos abrazados, el picnic y los textos de Stephen King para entretenernos. Eran todas las noches que nos amamos y las veces que nos reíamos sin sentido.

El tiempo pasmado, flotando en slow motion, sufriendo los recuerdos que se venían sin tregua. Y fueron las veces patinando sobre hielo, el parque de diversiones, las cenas con sus amigos, el transito parado mientras nos mirábamos. Fueron las nubes y la lluvia a su lado, los despertares. Fueron las calmas de celuloide, las bromas y las introspecciones. Fueron todos nuestros recuerdos queriendo pasar al mismo tiempo, entre besos y entre caricias, entre amor y entre sentidos.

Me quedé un arpegio largo parado frente a la ventana, mientras Ella le daba su atención a otro,y Yo llorando sin llanto, sufriendo con disimulo. De pronto, Ella se volteó a la ventana, con su piel blanca, con sus ojos avellana, con sus risos y su valle de gestos. Me vio y no me reconoció, la transfiguración de mis facciones la hicieron no identificarme; me gesticuló una mueca y se siguió en lo que estaba.

Sentí una mano en el hombro y una voz ronca que me preguntó si se me había perdido algo, no le respondí, encogí los hombros y negué con la cabeza. Diluvio de pupilas y cabeza baja, me retiré con el mismo paso con el que me acerqué y me fui a parar a un lado de la motocicleta, viendo de lejos la puerta del restaurante. Pensé, libré, divagué por ese momento, por esa incertidumbre, por el dolor en las emociones, por el hueco en el abdomen, por Ella y por mí, sin saber si irme o quedarme.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio