Conforme avanzaba el tiempo mi cuerpo mejoraba, pero mi conciencia era un revuelo de emociones encontradas, de miedo, de pánico, huir a dónde cuando se tiene la existencia cercada. Pensaba en Ella, en el hecho que en este País es pena de muerte matar un delincuente; pensaba en que iría a la cárcel, en la indiferencia de los médicos, en los plafones faltantes, en la gotera.
Me entretenía imaginando cuantos pacientes tendrían en la misma sala que Yo, cuando, un hombre uniformado de militar, se apareció delante mío. Era un General de alto rango, que según se identifico, iba enviado del Estado Mayor Presidencial. Me pidió discreción a lo que iba a decirme y me lo dijo muy claro.
La credibilidad de la autoridad era baja ante la opinión pública, los esfuerzos por frenar la ola de violencia eran infructíferos y solo detenían a criminales de poca monta. Necesitaban un golpe medíatico contundente, algo que los hiciera ver mejor. Yo sería su golpe medíatico, su gran noticia, aclararían a la prensa que era un agente federal infiltrado y que mi acción respondió al llamado de la responsabilidad, al cumplimiento de mi deber. Debía de colaborar con ellos o de lo contrario al salir me darían un cuarto decorado por barrotes. Solo debía seguir el juego, jugar sus cartas, argumentar sus mentiras y las mías.
Al final me señalo que al otro día me darían de alta y que el esperaba que colaborara con ellos, me dejó un sobre con un discurso y un programa de eventos; colocó un uniforme militar sobre los pies de la cama, me dio una bolsa con una navaja de rasurar, un jabón, y otras cuestiones de aseo personal.
Se despidió, me extendió la mano, al mismo tiempo que me sentenciaba:
- Para que no se sienta solo, aquí le dejo unos amigos para que esten con usted.
Entraron dos militares, completamente armados y se quedaron de pie a los costados de la cama, mientras el General se dio la vuelta y se marchó.
Leí el discurso, pensé, reflexioné, tal vez, era la única solución viable para poder salir, para no ir a dar al tambo. Después de todo, una mentira a cambio de mi libertad no era nada.
Por un tiempo, quise platicar con los militares, pero al igual que los doctores no me dirigían la palabra. Durante la noche me la pasé despierto, con el miedo a tope, con el nervio a full. Tenía a dos hombres armados a mis costados, no me hablaban y no tenía idea de su lealtad. Si uno de ellos tenía su alma vendida al diablo, no dudaría en matarme. Di mil vueltas por la cama, por el discernimiento, por la angustia.
Al otro día me pusieron de pie sin preguntarme, me llevaron una tinaja de agua, me limpié, me rasuré, me peiné, me puse el uniforme militar que, entre otras cosas, se me veía bien. Los militares me ayudaron un poco indicándome como abotonarme, como colocarme cada una de las ropas. Al quererme poner el gorro me prohibieron hacerlo, así que, me lo puse bajo el brazo. Uno de ellos me tocó el hombro y me extendió el sobre con el discurso.
Me empujaron en la dirección en la que tenía que caminar, en la puerta me esperaba el General, quien al verme sonrió y me dijoo:
- Sabía que podíamos contar con usted.
Me llevaron a una sala pequeña con las paredes más mugrosas que el resto del hospital, en uno de los extremos una mesa, donde me senté con el General; detrás nuestro, una lona con la imagen del Estado Mayor Presidencial. Frente a nosotros, periodistas, camarógrafos, flashes, micrófonos, grabadoras. El General advirtió que no responderíamos preguntas y que solo diría unas breves palabras.
Tomé el discurso y lo leí con claridad y en voz fuerte. Al terminar el General me indicó discretamente que nos pusiéramos de pie e invitó a la gente a ir al otro día a un evento en donde se me condecoraría por mi valor. Cuando dijo eso, no pude evitar sonrojarme, ni actué con valor ni merecía condecoración alguna. Salimos por la misma puerta por la que entramos y nos dirigimos a la salida del hospital.
En la calle nos aguardaban unas camionetas negras, las abordamos y nos dirigimos a un cuartel militar. Ahí me bajaron y el General me llevó a un cuarto aislado en donde me pidió que descansara, pues al otro día conocería a gente importante.
Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio
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