viernes, 29 de junio de 2012

Capítulo 37 (Arriba del Corazón)


Me di unos días para recuperarme, me traté la herida, me curé los huecos, me vacuné contra infecciones; en soledad y sin ir a ningún nosocomio me curé la herida, no sé si lo hice bien o si lo hice mal, no sé si quedó algo alojado dentro de mí, pero sí  sé que todavía ahora, de vez en vez, siento un ligero dolor en el pecho, justo arriba del corazón, justo a un lado de los sentimientos.

Con los días fui evolucionando las indicaciones del Político, me dijo que aquella bodega era de un Empresario de apellidos Cortés Ortega, que su giro era hacer y vender ropa para niños, eso no era ningún secreto, me había enterado de ello desde el momento en que entré, lo había comentado el periodista en su artículo. Me comentó que lo veía poco, pero que ese negocio era la fachada para lavar dinero; este personaje controlaba la distribución de droga en la zona centro de la Ciudad, y administraba una red de trata de personas. No era un capo, si no el sirviente de alguien mayor, me sentenció que no me metiera con ellos, porque su poder llegaba más allá de lo que Yo podría llegar.

Me dijo que a quien conocía bien era al Lic. Escobar, tenía un despacho en las calles de Liverpool y York, él era el operador del Dueño, no solo era abogado, sino que era quien se encargaba de sobornar autoridades, de comprar jueces, de realizar ajustes de cuentas, era este licenciado quien le pagaba al Político una buena cantidad a cambio de favores cuando las cosas no se podían resolver fácilmente.

Fue gracias a ellos y al jefe del Dueño, que llegó a ser Senador, le pagaron su campaña política, le compraron votos, lo llevaron a un curil que no se merecía. Cuando las cosas se complicaban, acudían al Político y este hablaba con autoridades, cobraba favores y hacía que las cosas se calmaran.

 Me advirtió que estaban protegidos, que llegar a ellos sería tarea más que imposible, que aún llegando al Licenciado, nunca podría tocar al Dueño. Ya daba lo mismo, lo complicado que fuera, no impediría que lo intentara. Me podía haber largado del país si quería, me podía haber escondido en la más exótica de las playas, tenía el dinero, tenía los documentos; lo que no tenía era la voluntad, lo que no tenía eran las ganas, cuando uno llega al punto en el que me encontraba, matar se convierte en una necesidad mayor que morir; es una especie de moral, una conciencia motivando las acciones, es como un pundonor profesional, como una obligación adquirida. No tenía ni la más puñetera idea de a dónde llegaría, y si llegaba lejos no me importaba, y si no llegaba a ningún lado tampoco tenía importancia. Era terminar, terminar en bien o en mal, pero terminar.

En cuanto me sentí sano, en cuanto terminé de compadecerme, en cuanto me sentí listo, salí con las notas que había escrito incrustadas en la cabeza, tomé la moto y me dirigí a la dirección que me dio el Político, al lugar en donde podría encontrar al Licenciado.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

miércoles, 27 de junio de 2012

Capítulo 36 ( Sin Plegarias )

Tirado, esperando lo que no llegaría, me levanté quedamente, me dispusé de pie y con la piel perforada, comencé a dar pasos equívocos, a recorrer las dimensiones en zig zag, me tambaleaba por la sin razón de las acciones. Me levanté la camiseta y miré la costra sobre las cicatrices. Busqué algo de alcohol y lo único que encotré fue el whisky que sobró de matar al Político, me limpié la herida en la inconclusión de un día que se maquillaba borroso.

Mojé mi rostro, me cambié la ropa, volteé y la Niña de mirada lejana seguía tirada. No sabía bien que iba a hacer con Ella, no sabía si ponerla con los niños, si votarla en algún lado, si dejarla ahí, por un momento, mi impulso antropófago me sedujo. No sabía que hacer.

Lo primero fue caminar a Ella, ponerme de rodillas, recostarme junto a Ella, disculparme al oído, susurrarle mi arrepentimiento, la salvé para después matarla. Me quedé un tiempo recostado en ella, suavizando su rigidez, amándola en destiempo.

Me levanté, levanté su cuerpo, lo cargué a mi lado, la bajé por las escaleras, encontré el piso más bajo, encontré la tierra que sobra. Abrí una sanja, en fúrica desesperación abrí la zanja, no sé si media tres metros o medio centímetro, solo sé, que dejé caer su cuerpo, lo sepulté sin protocolos cuando la noche comenzaba a acariciarme. La dejé caer en ese hoyo mal hecho, en ese hoyo mal formado. Sin ceremonias ni rezos, sin plegarias de por medio, la dejé caer. Volví a cubrir el hueco, con cal y con tierra. Le dediqué un último llanto.

Se había ido la Niña de mirada lejana, aunque aún hoy la siento palpando mi emociones, juguetando por mi sangre, deambulando por la mente, emocionando los recuerdos. Se fue la Niña de mirada lejana y aún mis labios retienen sus encantos y aún mi paladar contempla su aliento.

Terminé esa noche con más preguntas, con el pundonor existencial recobrando la fuerza, llegué a un punto de no retorno, a un punto de seguir o perderse. Aunque los periódicos mal informaron lo del Político, no tardaría alguien en buscarme y con la suerte que tenía para no morir solo ganaría una larga condena.

Todavía con el dolor en el pecho, con la tristeza, con la perdida, tenía que regresar al punto donde estaba, debía de continuar hasta donde los monstruos me dejaran, hasta donde el rencor me permitiera, hasta morir de una buena vez, morir sin imposiciones.

Agarré una pluma y anoté cada una de las cosas que me había dicho el Político, habría que comprobarlas para asegurarme de que no fueran producto de la sobre dosis que le ocasioné. Esa noche, medio dormí y medio escribí, confabulado en la continuación de una vida que buscaba matar para morir.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio




lunes, 25 de junio de 2012

Capítulo 35 ( Perdido en la Desolación )


Me había disparado, el plan de que me mataran lo había pospuesto, me disparé en la mitigación del ser, en la exclamación de las culpas. La bala me cruzó el pecho, el dolor me palidecía el cuerpo, mi sangre se mezclaba con la sangre de la Niña de mirada lejana, tragedia Shakespeareana ironizando el flujo. La mirada se me perdía, la calma se me extraviaba, el cuerpo se debilitaba, conjugaciones lejanas en una acción dejándome sin sentido.

El cliché llevó a mi cuerpo a caer a un lado del cuerpo de la Niña de mirada lejana, mi exclamar se silenció a un lado de la Niña de mirada lejana, en ese momento, no pensé, me dejé ir en lo que consideré la última insanidad de una bestia. Se fundieron los ojos, se desvanecieron los sonidos, las ideas se retiraron de una en una, hasta que todo fue nada, hasta que se dejó de sentir el calor y la mente.

Reaccioné con un ligero hilo de sol parpadeando en mi rostro, reaccioné al otro día, me dolía el pecho, me dolía el alma, me dolía la pérdida. Estaba débil, solo el hueco en el pecho, la sangre perdida, la boca deshidratada, el hilo de luz bailando y el cadáver de la Niña de mirada lejana iluminado por el drama.

No estaba muerto, de alguna forma Dios me vomitó de su reino y seguía con vida, en la tortura, en el purgatorio de una realidad fría, sufriendo mi acciones, padeciendo el tiempo y la memoria. Como les dije desde un inicio, dispararse no es un buen remedio, la fuerza de la bala lleva a la gente a mover el blanco, a fallarlo, por más que se ponga el arma cerca, siempre existe un breve movimiento que lleva a la bala a perder el objetivo. Así me había sucedido, me maté sin matarme, me disparé en dirección perdida, la bala perforó mi pecho pero no mi vida.

Estaba tirado, sin fuerza ni lógica, llorando a la Niña de mirada lejana a mi lado, llorándome a mí, llorando el error. Ahora estaba perdido en la desolación de no haber muerto, en la lúgubre infamia de una realidad oscurecida.

Seguir ahora era una interrogante, no podía ni levantarme, tirado en el suelo, inmóvil en la tristeza, enfurecido con la vida, buscar una explicación era aún más ilógico que encontrarla. Me sentía débil, agonizando, desangrado, herido en el espíritu. Me quise dejar ir en una agonía que no sabía cuanto duraría.

Escrito Por:
Arturo Lizárraga Osorio

viernes, 22 de junio de 2012

Capítulo 34 ( Soltó Mis Labios )

Ella se fue apagando, cayendo entre mis brazos, soltó mis labios, el aroma a romance y a pólvora se quedaron mezclados. Me miraba con sus ojos de espanto, me miraba con el aire que le quedaba, la fui bajando, me quedé de rodillas, con Ella entre los brazos. Besé su frente, abrió sus labios, la arropé en la conciencia de que la había matado. La Niña de mirada lejana yacía entre mis manos, le acaricié el rostro, le quieté las lágrimas, sus ojos ya no eran lejanos, quiso sonreír con su boca ya reseca en agonía, quiso tocarme de nuevo. Nos besamos y su cálido aliento se volvió frío, y su cálido aliento se fue agotando. Murió por mí, arropada en mí, besada por mí.

Se extinguió sin emitir sonido, le lloré en silencio, regué su cuerpo con mi llanto, la maté en conciencia, en placer, en amor. Le disparé a su ternura, acribillé su cariño, la emancipé asesinándola. La comprensión no era clara, la realidad era nublada; razones tenía muchas, pretextos me sobraban, la comenzaba a amar, y eso, era uno de los absurdos previsibles, de los cuales, no me podía dar el lujo. Amarla significaba llevarla a la tumba en manos de otro, amarla significaba ponerla en riesgo, amarla significaba enredar más las cosas. Y en lugar de amarla, preferí perderla, en voluntad propia, la perdí con mi fuerza y con mi entendimiento, la perdí en mí y por Ella. Me quedé un largo pensamiento abrazado a sus restos, a su rígido cuerpo, a su existir terminado. 

Al soltarla, la miré en su vulnerabilidad, en su fragilidad inerte, en su humanidad perdida. Ya no sabía comó entenderme, ya no sabía a dónde había llegado, ahora mataba el amor, mataba mi ser, mataba la vida. Era una abominación vagando por las sombras, era una bestia oculta en la ciudad. Ahora ya no la lloraba a Ella, ahora me lloraba a mí, me extravié en la alcalina singularidad de la demencia.

Me convertí en la sin razón de la existencia, ya no existían enlaces ni rencores, únicamente una cotidianidad por matar o por morir, un poder de impunidad que me arrastraba en la incertidumbre. Ya no era el del principio, el odio se formó en mí, tan cautelosamente, que ya no podía sentirlo ni desprenderlo. Fue en ese momento que entendí que era una amenaza, que la única justicia estaba en mis manos.

Observé la sangre, de la Niña de mirada lejana, mojando mis rodillas, escurriendo por el piso, una nostalgia de mirar salado se mezclo con esa sangre. Agarré la pistola, la agarré con toda la voluntad y con toda la fuerza, la agarré odiándome; la pasé por mi frente, recordé cada homicidio, cada última mirada; besé el cañón mientras caían todos los asesinados; la llevé por mi cuello, por mis abrazos, los fantasmas eran las imagines imaginadas; la planté en mi vientre, la coloqué con calma, no sabía donde apuntarme. Si acababa de matar al amor, lo justo era morir por el corazón. Agarré el arma con todo el coraje que me guardaba, la apunté al pecho, disparé. Disparé y el sonido ardió en mi piel, el plomo tibio rasgo mi cuerpo; un calor, de hasta nunca, usurpó mis ideas; olía a herida, olía amargo, olía a dolor y a sufrimiento.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

miércoles, 20 de junio de 2012

Acotación 12

Tiembla tu cuerpo,
tiembla la vida,
se escapa por los costados,
por la luna,
por los hechos.

Mueres sin morir,
tomada de mis manos,
endeblez de noche,
lamento de remanso.

Tiembla el tiempo por los recuerdos,
se destila en la dulzura del imposible,
indulto perdido,
milagro permutado.

Mueres por amor
y por consentimiento,
mueres en la dimensión del ciclo,
eterna mirada congelada,
infinito beso no concedido.

Mueres muriendo en la agonía de la muerte,
en la debilidad de la esperanza,
en la anticipación de los sucesos.

Tiembla la neblina
y la lluvia,
tiemblan los días soleados,
tiembla el futuro,
tiembla el llanto,
tiembla tu cuerpo,
mueres sin morir
tomando mi mano.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

lunes, 18 de junio de 2012

Capítulo 33 ( Danza de Estrellas )


Al salir del funeral, nos encaminamos juntos, la Niña de mirada lejana y Yo, nos encaminamos con el rumbo perdido mientras la tarde colgaba su última sonrisa, mientras el sol cedía a la noche, mientras las calles se imprimían en tuxteno. Ni Ella ni Yo teníamos una ruta trazada, nuestra idea de vernos era un silencio mutuo y una mueca tímida en una caminata donde nadie atinaba una palabra.

En un momento, se me ocurrió preguntarle si quería comer algo, me respondió moviendo la cabeza de forma positiva. Lo primero que se nos atravesó fue un restaurante de hamburguesa (de esos donde se venden más juguetes que comida), pedimos cada quien algo, y entre gritos de niños y madres histéricas nos sentamos a comer (lo mejor de ese momento fue el batido de vainilla al que soy adicto). La Niña de mirada lejana volvió al tema y me preguntó que porqué la había dejado, le respondí sin respuesta, le respondí entre balbuceos, no le dije mucho y le pregunté a Ella cómo estaba, cómo seguía, algunas cosas de su casa, algunas cosas de su vida cotidiana de la que por partes fui testigo. Comenzó a hablar, se le soltó la plática y me dijo cada detalle de su vida.

Terminamos de comer y le pedí que me acompañara, que si quería saber de mi vida tenía que ir conmigo, seguirme, pero, también le advertí que mucho de lo que iba a platicarle no le sería grato, que su imaginación sufriría fracturas, que su tolerancia se desvanecería en miedo. Le ganó la curiosidad y fue conmigo, nos cubrimos en la ruta de regreso al edificio abandonado, me siguió paso a paso, su boca no dejaba de emitir palabra.

Llegamos al edificio, le pedí que entrara, peló la pupila, nos escabullimos por los chillidos de los escombros, por la penumbra de las escaleras; nos sentamos de frente en el piso, encendí una vela, abrí una botella de vino que compré días antes; comencé a platicarle.

Le platiqué cada detalle, le hablé desde el inicio de la historia, tal como ahora se las platico a ustedes, le confesé la caída del gordo, le narré a los policías, le expliqué lo de la bodega, le indiqué lo de los niños, le hablé de los asaltantes y lo del Político. Le mostré los recortes de periódico, Ella no se movía, no conservaba expresión, su piel se pronunciaba sólo por el bailar de la vela.

También le revelé que pensaba en Ella, que de una forma extraña se inmiscuyó en la silueta de los pensamientos, le manifesté todo lo que recordaba de Ella y todo lo que le agradecía; había sido ternura y cariño en momento lúgubre. Ella se acerco a mí, me miró de cerca, se talló los ojos con la manga de la ropa. Ella me miró de cerca, me quedé callado, entonces jugamos al cíclope, su mano rosó mi hombro, acarició mi mejilla; la noche se convertía en movimiento suave, en campo, en fragancias, en fresco silencio mientras nos mirábamos de cerca, cada vez más de cerca.

Nuestras frentes se encontraron, se recargaron una con la otra, mis manos buscaban su tacto, nuestra respiración se enredaba, le acomodé el cabello sobre el oído, describió mi cuello con sus dedos, le esculpí sus brazos con los anhelos, nos compusimos en un abrazo, nos dejamos el uno en el otro, la ciudad extendía su arrullo a lo lejos y no queríamos soltarnos.

Nos deseamos en dulce abrazo, nos miramos de nuevo, ella se proclamaba por todo mi cuerpo, nuestros labios se confundieron, frescos mordiscos, pasiones permutadas. La apacibilidad se incrusto con nuestros alientos jugando, danza de estrellas alentando los besos.

Cogí mi arma, la apunté a su estómago, al besarnos cogí mi arma, le acaricié el estómago, estalló el gatillo, se me escurrió entre los brazos, retina de agonía, atril de espanto, se me escurrió su vida entre los brazos mientras nos besábamos.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

viernes, 15 de junio de 2012

Capítulo 32 ( Abrazo en Traición )

Esa noche llegué cansado al edificio, sonámbulo, con más ganas de dormir que de platicar con los fantasmas, esa noche, aunque algunos de ellos salieron a querer platicar conmigo, no les presté atención. Me acomodé en el gozo de mis homicidios, con la disposición de descansar hasta la mañana siguiente.

Al otro día me había quedado de ver con la Niña de mirada lejana afuera del Palacio de las Artes de la Ciudad. En punto de la hora, yo ya la estaba esperando. Ella llegó unos minutos después, y se me plantó enfrente, me peló la mirada con un tono de angustia y de cierta tristeza. Me le quedé viendo y le pregunté si estaba bien, a lo que me respondió que si no me había enterado (enterado de qué, cuando uno vive en un edificio abandonado se aleja del entorno), me dijo que habían matado al Político. En ese momento reaccione, claro que lo habían matado, si Yo lo maté. En ese momento, le pedí con urgencia que fuéramos a un kiosco a comprar los diarios del día.

En cuanto llegué vi que todos los diarios tenían la noticia en la primera plana, algunos en mayor tamaño que otros, pero todos la habían incluido en su publicación. Acababa de dar mi primer golpe mediático, me había hecho famoso, compré algunos, incluido el inquisidor, donde siempre publicaba el idiota de seudónimo Potter. Leí cada una de las notas con avidez, la Niña de mirada lejana me hablaba, me preguntaba, no la entendía, con dificultad podía entender lo que leía, no daba crédito, nada de lo que decían los diarios era cierto, ni una sola palabra, Yo fui quien estuvo presente, Yo fui quien mató al Político, Yo vi lo que sucedió con precisión; y lo que los periódicos decían, no era ni una verdad cercana.

En un momento, me jaló la Niña de mirada lejana del brazo y me dijó que teníamos que ir al funeral; la vi fijamente y no pude evitar carcajearme, esa fue una de las risas más profundas que jamás he tenido. Ir al funeral del Político era el Beso de Judas, la hipocresía del asesino, el descaro de mi vida. Pero en afán de ser franco, no pude evitar ir, era como querer ver el final de una película, como no quererse perder la última página de un buen libro.

En cuanto terminé de reírme, le dije a la Niña de mirada lejana que fuéramos, cogimos un taxi y nos dirigimos a la funeraria. En el camino no hablamos mucho, Ella no hablo mucho, iba como asustada, no sé si por mi risa o si por ver de nuevo a la Patrona. Al llegar al lugar, estaba cercado por un número incontable de seguridad: guardias, policías, agentes, guaruras. Era complicado poder llegar a entrar y en ese momento no lo quería intentar, traía como era costumbre un arma entre las ropas, si me pillaban ahí, no quería ni pensarlo.

La Niña de mirada lejana insistió en acercarse, no pudimos llegar muy lejos, había una valla para evitar el paso, mientras cual vil alfombra roja, desfilaban Diputados, Senadores, Ministros, Empresarios, etc... Todos con sus mejores ropas, todos de gala y sonriendo mientras agachaban la cabeza, uno incluso se atrevió a saludar a la gente alzando la mano.

De reojo alcance a ver a la Patrona saliendo de la funeraria, vestía un sombrero y vestido rojo con accesorios en dorado; platicaba con otras mujeres y reía con ellas, por lo visto, estaba que se moría de la tristeza. Prendió un cigarrillo en las escaleras de la funeraria, seguía platicando cuando nos alcanzo a ver. La Niña de mirada lejana le agito la mano como si eso en lugar de un velorio fuera una fiesta, la Patrona la reconoció y se acerco a nosotros.

Al llegar a donde estábamos, la Niña de mirada lejana le extendió sus condolencias y la Patrona la abrazo. Al mirarme a mí, no supe bien que hacer, le dije que lo sentía, la Patrona se acerco y me dio un abrazo, no podía contener la risa, era un sínico, un descarado. Abracé a la Patrona, la toqué en su alegría, de alguna forma ese abrazo en traición me relajo aún más, por un momento me enteré en ese abrazo, que la había liberado, que la había despojado de una pesadilla, que le regresé la vida cuando menos lo esperaba.

Ella se despidió de nosotros, nos agradeció y se regresó con sus amigas, Yo volteé a pedirle a la Niña de mirada lejana que ya nos retiráramos, ella accedió y nos fuimos de ahí, tal y como llegamos.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

Acotación 11

Cae a Ritmo de Grunge
El Inquisidor a 4 de Junio de 2011
Por: Sr. Potter

En la noche de ayer, se encontró el cuerpo del Senador Licenciado Enrique López Mota, en un cuarto del hotel High Season de la Capital del País. De acuerdo con lo primeros reportes policiales, el Senador falleció en las primeras horas de la noche, a causa de un balazo en la cabeza.

Junto al Senador se encontró el cuerpo de un joven a quien las autoridades no han podido identificar, se cree que el Senador fue víctima de un intento de atraco en el hotel, al cual iba todas las semanas a recibir un tratamiento especial en el Spa, para mejorar algunos problemas de circulación que tenía de tiempo atrás.

En cuanto a los hechos se estima que, el joven al que se encontró muerto puede ser el Asesino del Grunge, ya que en el cuerpo del Senador se podía ver una marca correspondiente a los dibujos que se han hecho en otros homicidios acontecidos en esta Ciudad.

Al cuestionar al Procurador sobre los hechos y la posible relación de este joven con los demás incidentes, respondió: "...de acuerdo a reportes previos y por lo aquí acontecido, estamos en presencia del presunto asesino de policías y personas que estábamos buscando..."

A este joven se le atribuyen la muerte de dos policías, tres ex-comandantes de la Judicial, un civil, tres guardias de seguridad y daños en propiedad privada, como fue el incendio en una bodega de ropa para niños.

Al preguntar sobre si existía algún vínculo entre la forma de matar de este joven (aún sin identidad), el Procurador se limito a contestar que por el momento toda la investigación la tiene a su cargo el Comandante Negrete y que en cuanto se tenga una conclusión, se dará a conocer.

Por su parte, los restos del Senador fueron transladados a una funeraria al sur de la Ciudad, en donde se le concederá un funeral con todos los honores. Desde esta redacción, extendemos nuestro más sentido pésame a la familia del Senador y lo reconocemos como un ciudadano integro que dio su vida por el bien de este País.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio.

lunes, 11 de junio de 2012

Capítulo 31 (Cruel Leitmotiv)

Salí del hotel y me alejé cuadra por cuadra de sus cercanías, caminando como quien todavía busca en que entretenerse. Cuando ya estaba lo suficientemente lejos me empezó a dar hambre, mucha hambre, y nada mejor para repasar lo que me acababa de decir el Político, que una buena cena. Todavía no era muy noche y podía encontrar un buen lugar en donde cenar, así que, en cuanto vi un sitio que me pareció el adecuado, me metí y ordené.

Todavía tengo esas sensaciones, la tranquilidad de después del asesinato, la calma, la claridad; no había sentimientos, no existían remordimientos, el miedo ya no me pertenecía, todo era como una oblación cotidiana, como un final de jornada que merecía un momento de paz. Ya daba lo mismo matar o no hacerlo, la importancia de los actos se reducía a las probabilidades de que así como Yo los mataba, igualmente los podría matar una pulmonía o un camión al cruzar la calle.

Todavía retengo el sonido de David Lanz en el fondo del restaurante, esa música que me apaciguaba mientras leía la carta. Me había sentado en la terraza y pese al sonido de los motores, en caótica peregrinación, yo podía soportar los arrullos del New Edge sobre los manteles blancos. Todavía conservo los sabores de esa noche, un buen pescado a la talla y un pinot californiano, los aromas emergían, invadían mi paladar en cada bocado, nada mejor, que bien comer después de haber realizado lo programado.

Estaba perdido en los momentos, cuando me tocaron el hombro, cuando me llamaron, cuando me dijeron qué te pasa, cuando un reclamo procedió al saludo. Levanté la mirada y era la Niña de mirada lejana, molesta, reclamándome, preguntándome, distrayéndome. Me le quedé mirando un rato, le pedí que primero se sentara para poder escucharla; Ella se sentó, me cuestionó todo, la forma en que iba a pagar la cena, la ropa que traía, el contenido de la maleta, el porqué la había abandonado. No le respondí nada, no podía hacerlo. Lo único que hice fue pedirle al mesero que le sirviera lo mismo que estaba comiendo.

Al terminar de preguntar, empezó a reclamar, a platicar, yo seguía cenando, inmutable, poniendo más atención a la música (que si mal no recuerdo, ya sonaba Vangelis) que a sus palabras. Me dijó que por mi culpa la había despedido la Patrona y que ahora trabajaba en una cocina cercana al restaurante, le pagaban menos, pero por lo menos tenía un empleo, me platicó que seguía viviendo en el mismo lugar; quería saber en donde estaba Yo ahora.

Por momentos me platicaba, por momentos volvía a enojarse, se comió el pescado a pedazos, al vino ni le dio trago, era más veloz su plática que su paladar. La verdad no pretendía calmarla, sólo la escuchaba, estaba en estado de hipnosis, poseído por los sentidos. Me intrigaba un pelín porqué siempre regresaba, porqué reaparecía, cuál era el cruel leitmotiv que la conducía a mi lado.

Al terminar de cenar, antes de liquidar la cuenta, le pedí que por el momento no deseara saber, que mejor la veía en otro momento, en otro lado. Nos quedamos de ver al otro día, después de que ella saliera de su trabajo, nos despedimos, nos dimos la mano. Yo salí por mi lado, ella se fue por el suyo.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

viernes, 8 de junio de 2012

Capítulo 30 (Cuarto 87)

Al siguiente jueves, salí del edificio, me escurrí por los brazos de concreto, me filtré por la urbe, me hice neblina en la metrópolis, me encaminé al hotel. Días antes preparé todo con sigilosa paciencia, anotando y enlistando cada item que iría conmigo; puse todo en un pequeño back pack, elegí con calma las armas, las limpié; puse en calculada posición hasta el minúsculo respiro del plan.

Aquel día no cogí la moto, preferí irme en la discreción del metro, transborde, subí y bajé, pase junto a policías, brinqué por la indiferencia de la gente que, sin saberlo, me llevo de compañero por vagones y por extensiones.

Al llegar al hotel, ya era de noche y el Político no tardaría en llegar, me puse una gorra, cruzé frente a los guardias de seguridad, me vieron los empleados, nadie dijo nada, me dejaron pasar cual huésped en vacaciones. Nunca levanté la mirada, sabía de ante mano que los pasillos tenían más cámaras de seguridad que la residencia presidencial. Me fui diluido en los corredores de paredes blancas, disimulado en fragancia de alfombra nueva, deambulé por el confort del lujo; entre a la escalera de servicio, la subí hasta el cuarto piso, investigué hasta hallar el cuarto de intendencia (era un reducido closet en el rincón del pasillo), me inmiscuí, no había nadie. Por lo general, las tarjetas maestras que traen las mucamas las dejan en el carrito de la limpieza, dicho y hecho, ahí descubrí una tarjeta maestra. Esperé un poco más, el Político ya debía de estar en su cuarto, el 87 de aquel piso.

Salí del cuarto de intendencia, llegué al cuarto 87, con calma metí la tarjeta, la patiné, me autorizó la entrada, con calma empujé la puerta, en silencio volví a cerrarla, saqué mi arma de al chamarra, la tomé con fuerza mientras se escuchaba la danza de gemidos llegando desde adentro del cuarto. Entre pisando con cuidado por el breve pasillo, al llegar a donde estaba el Político, cómo se los explicare, la imagen superaba las palabras, era ese cerdo de gel en el cabello montado sobre un muchacho de no más de quince años; lo tenia atado boca abajo, desnudos, amordazado; el muchacho intentaba gritar mientras el Político lo penetraba, mientras le lamia la niñes y golpeaba sus glúteos.

No comprendía si quería vomitar o salir corriendo, y antes de que me vieran, le pegué en la nuca al Político con la pistola, se desvaneció, me volteó a ver aquel niño, le apunté con cuidado, puse el cañón de la pistola en su nuca y con el silenciador funcionando le disparé como vaca en rastro. Salpicó la sangre por las sabanas, por las paredes, por la culpa y por el hedonismo.

Levanté al Político y antes de hacerlo reaccionar, lo amarré boca arriba, lo amordacé como él había amordazado a aquel niño. Abrí la maleta, saqué unas jeringas, una botella de whisky, el bulto de coca que me robé de la bodega, diluí la cocaína en el whisky, lo puse en las jeringas; Saqué una navaja y en el pecho le hice la misma carita sonriente que ya había hecho antes con sangre.

Le separé los dedos de los pies con algodones y con clama le fui inyectando una por una las jeringas, antes de causarle una sobre dosis lo hice reaccionar, le arrojé un balde de hielos en la cara y en los testículos. El Político reacciono, se me quedó viendo con ojos de susto, le expliqué lo que buscaba, que le quitaría la mordaza para que me explicara lo que necesitaba y que si se le ocurría gritar él moriría. Le quité la mordaza y empezó a hechar baba por la boca, literal, comenzó a arrojar espuma blanca, creo que me había pasado con las jeringas, aún así, me dijo todo lo que quería saber sobre la bodega y lo que ahí ocurría. Lo volví a amordazar, le platiqué que ahora solo quería ocasionarle una sobre dosis, le seguí inyectando aquellas jeringas, hasta que comenzó a convulsionarse, no me detuve, dejó de temblar, canceló los movimientos, dejó de respirar, limpié mi arma, se al puse en la mano, se la dirigía la cabeza y le pegué un tiro.

Dejé lo que sobro del bulto de coca regado por el cuarto, guardé lo demás, lo desaté, salí de ahí con el mismo cuidado y calma con el que había llegado.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

miércoles, 6 de junio de 2012

Acotación 10

Sale la muerte por mis manos,
sale la conciencia
y la madrugada.

Sale el llanto por mis manos,
se hace pedazos,
se hace quebranto.

Sale la nostalgia,
el enojo,
la tristeza,
la ciudad dividida,
la voluntad sin sentido.

Me abandono en la locura,
en la pérdida,
sonrisas de asfalto
acariciando la sombra.

Sale la muerte por mi alma,
por lo huecos del cielo,
por la sobriedad de la demencia.


Sale el llanto por mis manos,
se hace pedazos,
se hace quebranto.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

lunes, 4 de junio de 2012

Capítulo 29 (Huellas de Papel)

Arranqué tras de el auto del Político, seguí ese auto que meses atrás Yo manejé, lo traje bajo la mirada todo el día, siguiendo las huellas de papel de los recuerdos que no recordaba. Lo seguí hasta el Senado, lo esperé afuera, no perdí de vista las salidas ni las entradas; lo seguí de vuelta a su casa al medio día, lo seguí cuando salió de vuelta. Me puse trás de él contemplando las actividades y las paradas.

Estuve del otro lado de la calle cuando llegó a una casa de fachada blanca en la calle de Cuernavaca; me estacioné detrás de él al parar en un almacén de ropa, lo templé por las avenidas y por los callejones, no sé si me distinguieron a la distancia, no sé si se percataron de mi compañía, memoricé todos los puertos del día, mientras recordaba entre neblina las actividades que realizaba a diario y a las cuales Yo lo llevaba.

Lo seguí hasta la noche, cuando regresó a su casa, todavía esperé unas horas afuera, suspirando la espera de ver si volvía a salir. Después de esa espera, cuando descubrí las luces apagadas de la casa, me regresé al edificio, saludé a los fantasmas de los niños, abrí los diarios del día y no podía faltar la nota del imbécil de Potter en la nota roja de esa mañana. La recorté y la puse junto a la otra.

Tomé una pluma y anoté entre los recuerdos y la vigilancia las actividades del Político. Sabía que todos los días de lunes a viernes iba al Senado a pasar revista (que no es lo mismo que a trabajar), estaba ahí hasta el medio día, regresaba a su casa a comer con excepción de los viernes cuando iba a comer con un grupo de "empresarios" a un restaurante cercano a la casa presidencial. Los miércoles en la tarde lo se juntaba a jugar domino con algunos amigos de la universidad en una cantina al poniente de la ciudad. Los lunes y los martes se iba a comprar ropa y le compraba alguno que otro regalo a sus hijos. Los viernes, no llegaba ha su casa hasta que estuviera bien tomado. Pero los jueves, los jueves eran punto y a parte, los jueves: lo llevaba a un café de la zona arco iris de la ciudad, ahí se metía durante un par de horas, cuando salía, salía con algún muchachillo, le gustaban de menos de 18 años; cada semana era uno diferente; después lo iba a dejar a uno de los hoteles de lujo de la Ciudad (donde se hospedan las estrellas de rock y los altos mandatarios) ya tenía su habitación apartada, recuerdo que lo esperaba en el auto a que bajara, al cabo de unas tres horas bajaba oliendo a mugre revolcada con jabón corriente y con loción de lavanda.

Del tiempo que lo llevé a esas actividades, llegué a hacer amistad con la gente del hotel, con los botones, con el valet parking, con los de intendencia, recuerdo que me conocían y que me saludaban, y que en algunos momentos hasta platicamos y jugamos cartas sobre el cofre del auto. Si no recordaba las cosas, aquel día siguiendo al Político me hizo recordar mucho. Y si tenía una oportunidad para interrogarlo sería en uno de esos jueves.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

viernes, 1 de junio de 2012

Capítulo 28 (La Niña de Mirada Lejana)

Me quedé en la acera de enfrente y era esa nostalgia del que no recuerda, solo los olores se expandían por la memoria, el aroma del café recién hecho, del snobismo ecléctico, de las bugambilias colgando en las estrellas. Eran la impresión de una irrealidad que solo es digna de unos cuantos, los autos de lujo, la fiebre de artículos nuevos, la realización de hiper realismo en medio de una ciudad caduca.

Fueron esos primeros sentidos los que me devolvieron los recuerdos entre susurros, recordé el interior de la casa, el mal gusto del Político, las cirugías de la Patrona, los perros con alhajas, la servidumbre subiendo y bajando, la Niña de mirada lejana entrando y saliendo. Por una extraña razón, aquella Niña me había dejado una melancolía medible solo en cariño, fue ahí parado en esa acera que recordé el día que me espanto las ratas y los bichos, el día que me regresó a la vida.

La Niña de mirada lejana se me había adherido, cargaba con su sonrisa infantil, con su forma de hablar tan distinta a la mía, con sus ojos grandes, con sus ojos inocentes, con sus ojos espantados. Fue ahí, parado en la madrugada, con las bugambilias colgando en las estrellas, que descubrí cuanto se me impregno su plática de las noches, su forma de sentarse, todo lo que no era y todo lo que fue. Era su constancia en el diario, su voz en ritmos humildes, su fragancia terrenal, su porte cotidiano, su oídos pequeños, la forma en que acomodaba sus manos. Era la expresión del tiempo, sin ponerle cuidado, lo que me dejó su aliento circulando en la morriña de su ser cimentada en mi persona.

Me acordé de todas sus palabras, que me veía con susto y con alegría, que me procuraba. Me acordé de las veces que me obligaba a ir a la iglesia y que yo me quedaba desde lejos mirándola escuchar la homilía del sacerdote. Vino a mí ese viejo sabor de las mañanas de sábado, escuchándola sin prestarle atención, de mi comportamiento de idiota, ido en rencores y en venganzas.

Ya no podía regresar a ella y solo ella podría regresar a mí, si ella era capaz de aceptar lo que ahora era, lo que siempre seré, lo que no tengo. Y si ella quería regresar tendría que buscarme, que volver a encontrarme...

Estaba perdido en mi reflexión de la Niña de mirada lejana, cuando de la casa salió el auto del Político con él adentro, me subí a la moto y me arranqué tras de él para seguirlo.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio