viernes, 8 de junio de 2012

Capítulo 30 (Cuarto 87)

Al siguiente jueves, salí del edificio, me escurrí por los brazos de concreto, me filtré por la urbe, me hice neblina en la metrópolis, me encaminé al hotel. Días antes preparé todo con sigilosa paciencia, anotando y enlistando cada item que iría conmigo; puse todo en un pequeño back pack, elegí con calma las armas, las limpié; puse en calculada posición hasta el minúsculo respiro del plan.

Aquel día no cogí la moto, preferí irme en la discreción del metro, transborde, subí y bajé, pase junto a policías, brinqué por la indiferencia de la gente que, sin saberlo, me llevo de compañero por vagones y por extensiones.

Al llegar al hotel, ya era de noche y el Político no tardaría en llegar, me puse una gorra, cruzé frente a los guardias de seguridad, me vieron los empleados, nadie dijo nada, me dejaron pasar cual huésped en vacaciones. Nunca levanté la mirada, sabía de ante mano que los pasillos tenían más cámaras de seguridad que la residencia presidencial. Me fui diluido en los corredores de paredes blancas, disimulado en fragancia de alfombra nueva, deambulé por el confort del lujo; entre a la escalera de servicio, la subí hasta el cuarto piso, investigué hasta hallar el cuarto de intendencia (era un reducido closet en el rincón del pasillo), me inmiscuí, no había nadie. Por lo general, las tarjetas maestras que traen las mucamas las dejan en el carrito de la limpieza, dicho y hecho, ahí descubrí una tarjeta maestra. Esperé un poco más, el Político ya debía de estar en su cuarto, el 87 de aquel piso.

Salí del cuarto de intendencia, llegué al cuarto 87, con calma metí la tarjeta, la patiné, me autorizó la entrada, con calma empujé la puerta, en silencio volví a cerrarla, saqué mi arma de al chamarra, la tomé con fuerza mientras se escuchaba la danza de gemidos llegando desde adentro del cuarto. Entre pisando con cuidado por el breve pasillo, al llegar a donde estaba el Político, cómo se los explicare, la imagen superaba las palabras, era ese cerdo de gel en el cabello montado sobre un muchacho de no más de quince años; lo tenia atado boca abajo, desnudos, amordazado; el muchacho intentaba gritar mientras el Político lo penetraba, mientras le lamia la niñes y golpeaba sus glúteos.

No comprendía si quería vomitar o salir corriendo, y antes de que me vieran, le pegué en la nuca al Político con la pistola, se desvaneció, me volteó a ver aquel niño, le apunté con cuidado, puse el cañón de la pistola en su nuca y con el silenciador funcionando le disparé como vaca en rastro. Salpicó la sangre por las sabanas, por las paredes, por la culpa y por el hedonismo.

Levanté al Político y antes de hacerlo reaccionar, lo amarré boca arriba, lo amordacé como él había amordazado a aquel niño. Abrí la maleta, saqué unas jeringas, una botella de whisky, el bulto de coca que me robé de la bodega, diluí la cocaína en el whisky, lo puse en las jeringas; Saqué una navaja y en el pecho le hice la misma carita sonriente que ya había hecho antes con sangre.

Le separé los dedos de los pies con algodones y con clama le fui inyectando una por una las jeringas, antes de causarle una sobre dosis lo hice reaccionar, le arrojé un balde de hielos en la cara y en los testículos. El Político reacciono, se me quedó viendo con ojos de susto, le expliqué lo que buscaba, que le quitaría la mordaza para que me explicara lo que necesitaba y que si se le ocurría gritar él moriría. Le quité la mordaza y empezó a hechar baba por la boca, literal, comenzó a arrojar espuma blanca, creo que me había pasado con las jeringas, aún así, me dijo todo lo que quería saber sobre la bodega y lo que ahí ocurría. Lo volví a amordazar, le platiqué que ahora solo quería ocasionarle una sobre dosis, le seguí inyectando aquellas jeringas, hasta que comenzó a convulsionarse, no me detuve, dejó de temblar, canceló los movimientos, dejó de respirar, limpié mi arma, se al puse en la mano, se la dirigía la cabeza y le pegué un tiro.

Dejé lo que sobro del bulto de coca regado por el cuarto, guardé lo demás, lo desaté, salí de ahí con el mismo cuidado y calma con el que había llegado.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

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