Me quedé en la acera de enfrente y era esa nostalgia del que no recuerda, solo los olores se expandían por la memoria, el aroma del café recién hecho, del snobismo ecléctico, de las bugambilias colgando en las estrellas. Eran la impresión de una irrealidad que solo es digna de unos cuantos, los autos de lujo, la fiebre de artículos nuevos, la realización de hiper realismo en medio de una ciudad caduca.
Fueron esos primeros sentidos los que me devolvieron los recuerdos entre susurros, recordé el interior de la casa, el mal gusto del Político, las cirugías de la Patrona, los perros con alhajas, la servidumbre subiendo y bajando, la Niña de mirada lejana entrando y saliendo. Por una extraña razón, aquella Niña me había dejado una melancolía medible solo en cariño, fue ahí parado en esa acera que recordé el día que me espanto las ratas y los bichos, el día que me regresó a la vida.
La Niña de mirada lejana se me había adherido, cargaba con su sonrisa infantil, con su forma de hablar tan distinta a la mía, con sus ojos grandes, con sus ojos inocentes, con sus ojos espantados. Fue ahí, parado en la madrugada, con las bugambilias colgando en las estrellas, que descubrí cuanto se me impregno su plática de las noches, su forma de sentarse, todo lo que no era y todo lo que fue. Era su constancia en el diario, su voz en ritmos humildes, su fragancia terrenal, su porte cotidiano, su oídos pequeños, la forma en que acomodaba sus manos. Era la expresión del tiempo, sin ponerle cuidado, lo que me dejó su aliento circulando en la morriña de su ser cimentada en mi persona.
Me acordé de todas sus palabras, que me veía con susto y con alegría, que me procuraba. Me acordé de las veces que me obligaba a ir a la iglesia y que yo me quedaba desde lejos mirándola escuchar la homilía del sacerdote. Vino a mí ese viejo sabor de las mañanas de sábado, escuchándola sin prestarle atención, de mi comportamiento de idiota, ido en rencores y en venganzas.
Ya no podía regresar a ella y solo ella podría regresar a mí, si ella era capaz de aceptar lo que ahora era, lo que siempre seré, lo que no tengo. Y si ella quería regresar tendría que buscarme, que volver a encontrarme...
Estaba perdido en mi reflexión de la Niña de mirada lejana, cuando de la casa salió el auto del Político con él adentro, me subí a la moto y me arranqué tras de él para seguirlo.
Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio
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