miércoles, 27 de junio de 2012

Capítulo 36 ( Sin Plegarias )

Tirado, esperando lo que no llegaría, me levanté quedamente, me dispusé de pie y con la piel perforada, comencé a dar pasos equívocos, a recorrer las dimensiones en zig zag, me tambaleaba por la sin razón de las acciones. Me levanté la camiseta y miré la costra sobre las cicatrices. Busqué algo de alcohol y lo único que encotré fue el whisky que sobró de matar al Político, me limpié la herida en la inconclusión de un día que se maquillaba borroso.

Mojé mi rostro, me cambié la ropa, volteé y la Niña de mirada lejana seguía tirada. No sabía bien que iba a hacer con Ella, no sabía si ponerla con los niños, si votarla en algún lado, si dejarla ahí, por un momento, mi impulso antropófago me sedujo. No sabía que hacer.

Lo primero fue caminar a Ella, ponerme de rodillas, recostarme junto a Ella, disculparme al oído, susurrarle mi arrepentimiento, la salvé para después matarla. Me quedé un tiempo recostado en ella, suavizando su rigidez, amándola en destiempo.

Me levanté, levanté su cuerpo, lo cargué a mi lado, la bajé por las escaleras, encontré el piso más bajo, encontré la tierra que sobra. Abrí una sanja, en fúrica desesperación abrí la zanja, no sé si media tres metros o medio centímetro, solo sé, que dejé caer su cuerpo, lo sepulté sin protocolos cuando la noche comenzaba a acariciarme. La dejé caer en ese hoyo mal hecho, en ese hoyo mal formado. Sin ceremonias ni rezos, sin plegarias de por medio, la dejé caer. Volví a cubrir el hueco, con cal y con tierra. Le dediqué un último llanto.

Se había ido la Niña de mirada lejana, aunque aún hoy la siento palpando mi emociones, juguetando por mi sangre, deambulando por la mente, emocionando los recuerdos. Se fue la Niña de mirada lejana y aún mis labios retienen sus encantos y aún mi paladar contempla su aliento.

Terminé esa noche con más preguntas, con el pundonor existencial recobrando la fuerza, llegué a un punto de no retorno, a un punto de seguir o perderse. Aunque los periódicos mal informaron lo del Político, no tardaría alguien en buscarme y con la suerte que tenía para no morir solo ganaría una larga condena.

Todavía con el dolor en el pecho, con la tristeza, con la perdida, tenía que regresar al punto donde estaba, debía de continuar hasta donde los monstruos me dejaran, hasta donde el rencor me permitiera, hasta morir de una buena vez, morir sin imposiciones.

Agarré una pluma y anoté cada una de las cosas que me había dicho el Político, habría que comprobarlas para asegurarme de que no fueran producto de la sobre dosis que le ocasioné. Esa noche, medio dormí y medio escribí, confabulado en la continuación de una vida que buscaba matar para morir.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio




No hay comentarios:

Publicar un comentario