lunes, 11 de junio de 2012

Capítulo 31 (Cruel Leitmotiv)

Salí del hotel y me alejé cuadra por cuadra de sus cercanías, caminando como quien todavía busca en que entretenerse. Cuando ya estaba lo suficientemente lejos me empezó a dar hambre, mucha hambre, y nada mejor para repasar lo que me acababa de decir el Político, que una buena cena. Todavía no era muy noche y podía encontrar un buen lugar en donde cenar, así que, en cuanto vi un sitio que me pareció el adecuado, me metí y ordené.

Todavía tengo esas sensaciones, la tranquilidad de después del asesinato, la calma, la claridad; no había sentimientos, no existían remordimientos, el miedo ya no me pertenecía, todo era como una oblación cotidiana, como un final de jornada que merecía un momento de paz. Ya daba lo mismo matar o no hacerlo, la importancia de los actos se reducía a las probabilidades de que así como Yo los mataba, igualmente los podría matar una pulmonía o un camión al cruzar la calle.

Todavía retengo el sonido de David Lanz en el fondo del restaurante, esa música que me apaciguaba mientras leía la carta. Me había sentado en la terraza y pese al sonido de los motores, en caótica peregrinación, yo podía soportar los arrullos del New Edge sobre los manteles blancos. Todavía conservo los sabores de esa noche, un buen pescado a la talla y un pinot californiano, los aromas emergían, invadían mi paladar en cada bocado, nada mejor, que bien comer después de haber realizado lo programado.

Estaba perdido en los momentos, cuando me tocaron el hombro, cuando me llamaron, cuando me dijeron qué te pasa, cuando un reclamo procedió al saludo. Levanté la mirada y era la Niña de mirada lejana, molesta, reclamándome, preguntándome, distrayéndome. Me le quedé mirando un rato, le pedí que primero se sentara para poder escucharla; Ella se sentó, me cuestionó todo, la forma en que iba a pagar la cena, la ropa que traía, el contenido de la maleta, el porqué la había abandonado. No le respondí nada, no podía hacerlo. Lo único que hice fue pedirle al mesero que le sirviera lo mismo que estaba comiendo.

Al terminar de preguntar, empezó a reclamar, a platicar, yo seguía cenando, inmutable, poniendo más atención a la música (que si mal no recuerdo, ya sonaba Vangelis) que a sus palabras. Me dijó que por mi culpa la había despedido la Patrona y que ahora trabajaba en una cocina cercana al restaurante, le pagaban menos, pero por lo menos tenía un empleo, me platicó que seguía viviendo en el mismo lugar; quería saber en donde estaba Yo ahora.

Por momentos me platicaba, por momentos volvía a enojarse, se comió el pescado a pedazos, al vino ni le dio trago, era más veloz su plática que su paladar. La verdad no pretendía calmarla, sólo la escuchaba, estaba en estado de hipnosis, poseído por los sentidos. Me intrigaba un pelín porqué siempre regresaba, porqué reaparecía, cuál era el cruel leitmotiv que la conducía a mi lado.

Al terminar de cenar, antes de liquidar la cuenta, le pedí que por el momento no deseara saber, que mejor la veía en otro momento, en otro lado. Nos quedamos de ver al otro día, después de que ella saliera de su trabajo, nos despedimos, nos dimos la mano. Yo salí por mi lado, ella se fue por el suyo.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

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