Arranqué tras de el auto del Político, seguí ese auto que meses atrás Yo manejé, lo traje bajo la mirada todo el día, siguiendo las huellas de papel de los recuerdos que no recordaba. Lo seguí hasta el Senado, lo esperé afuera, no perdí de vista las salidas ni las entradas; lo seguí de vuelta a su casa al medio día, lo seguí cuando salió de vuelta. Me puse trás de él contemplando las actividades y las paradas.
Estuve del otro lado de la calle cuando llegó a una casa de fachada blanca en la calle de Cuernavaca; me estacioné detrás de él al parar en un almacén de ropa, lo templé por las avenidas y por los callejones, no sé si me distinguieron a la distancia, no sé si se percataron de mi compañía, memoricé todos los puertos del día, mientras recordaba entre neblina las actividades que realizaba a diario y a las cuales Yo lo llevaba.
Lo seguí hasta la noche, cuando regresó a su casa, todavía esperé unas horas afuera, suspirando la espera de ver si volvía a salir. Después de esa espera, cuando descubrí las luces apagadas de la casa, me regresé al edificio, saludé a los fantasmas de los niños, abrí los diarios del día y no podía faltar la nota del imbécil de Potter en la nota roja de esa mañana. La recorté y la puse junto a la otra.
Tomé una pluma y anoté entre los recuerdos y la vigilancia las actividades del Político. Sabía que todos los días de lunes a viernes iba al Senado a pasar revista (que no es lo mismo que a trabajar), estaba ahí hasta el medio día, regresaba a su casa a comer con excepción de los viernes cuando iba a comer con un grupo de "empresarios" a un restaurante cercano a la casa presidencial. Los miércoles en la tarde lo se juntaba a jugar domino con algunos amigos de la universidad en una cantina al poniente de la ciudad. Los lunes y los martes se iba a comprar ropa y le compraba alguno que otro regalo a sus hijos. Los viernes, no llegaba ha su casa hasta que estuviera bien tomado. Pero los jueves, los jueves eran punto y a parte, los jueves: lo llevaba a un café de la zona arco iris de la ciudad, ahí se metía durante un par de horas, cuando salía, salía con algún muchachillo, le gustaban de menos de 18 años; cada semana era uno diferente; después lo iba a dejar a uno de los hoteles de lujo de la Ciudad (donde se hospedan las estrellas de rock y los altos mandatarios) ya tenía su habitación apartada, recuerdo que lo esperaba en el auto a que bajara, al cabo de unas tres horas bajaba oliendo a mugre revolcada con jabón corriente y con loción de lavanda.
Del tiempo que lo llevé a esas actividades, llegué a hacer amistad con la gente del hotel, con los botones, con el valet parking, con los de intendencia, recuerdo que me conocían y que me saludaban, y que en algunos momentos hasta platicamos y jugamos cartas sobre el cofre del auto. Si no recordaba las cosas, aquel día siguiendo al Político me hizo recordar mucho. Y si tenía una oportunidad para interrogarlo sería en uno de esos jueves.
Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio
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