lunes, 18 de junio de 2012

Capítulo 33 ( Danza de Estrellas )


Al salir del funeral, nos encaminamos juntos, la Niña de mirada lejana y Yo, nos encaminamos con el rumbo perdido mientras la tarde colgaba su última sonrisa, mientras el sol cedía a la noche, mientras las calles se imprimían en tuxteno. Ni Ella ni Yo teníamos una ruta trazada, nuestra idea de vernos era un silencio mutuo y una mueca tímida en una caminata donde nadie atinaba una palabra.

En un momento, se me ocurrió preguntarle si quería comer algo, me respondió moviendo la cabeza de forma positiva. Lo primero que se nos atravesó fue un restaurante de hamburguesa (de esos donde se venden más juguetes que comida), pedimos cada quien algo, y entre gritos de niños y madres histéricas nos sentamos a comer (lo mejor de ese momento fue el batido de vainilla al que soy adicto). La Niña de mirada lejana volvió al tema y me preguntó que porqué la había dejado, le respondí sin respuesta, le respondí entre balbuceos, no le dije mucho y le pregunté a Ella cómo estaba, cómo seguía, algunas cosas de su casa, algunas cosas de su vida cotidiana de la que por partes fui testigo. Comenzó a hablar, se le soltó la plática y me dijo cada detalle de su vida.

Terminamos de comer y le pedí que me acompañara, que si quería saber de mi vida tenía que ir conmigo, seguirme, pero, también le advertí que mucho de lo que iba a platicarle no le sería grato, que su imaginación sufriría fracturas, que su tolerancia se desvanecería en miedo. Le ganó la curiosidad y fue conmigo, nos cubrimos en la ruta de regreso al edificio abandonado, me siguió paso a paso, su boca no dejaba de emitir palabra.

Llegamos al edificio, le pedí que entrara, peló la pupila, nos escabullimos por los chillidos de los escombros, por la penumbra de las escaleras; nos sentamos de frente en el piso, encendí una vela, abrí una botella de vino que compré días antes; comencé a platicarle.

Le platiqué cada detalle, le hablé desde el inicio de la historia, tal como ahora se las platico a ustedes, le confesé la caída del gordo, le narré a los policías, le expliqué lo de la bodega, le indiqué lo de los niños, le hablé de los asaltantes y lo del Político. Le mostré los recortes de periódico, Ella no se movía, no conservaba expresión, su piel se pronunciaba sólo por el bailar de la vela.

También le revelé que pensaba en Ella, que de una forma extraña se inmiscuyó en la silueta de los pensamientos, le manifesté todo lo que recordaba de Ella y todo lo que le agradecía; había sido ternura y cariño en momento lúgubre. Ella se acerco a mí, me miró de cerca, se talló los ojos con la manga de la ropa. Ella me miró de cerca, me quedé callado, entonces jugamos al cíclope, su mano rosó mi hombro, acarició mi mejilla; la noche se convertía en movimiento suave, en campo, en fragancias, en fresco silencio mientras nos mirábamos de cerca, cada vez más de cerca.

Nuestras frentes se encontraron, se recargaron una con la otra, mis manos buscaban su tacto, nuestra respiración se enredaba, le acomodé el cabello sobre el oído, describió mi cuello con sus dedos, le esculpí sus brazos con los anhelos, nos compusimos en un abrazo, nos dejamos el uno en el otro, la ciudad extendía su arrullo a lo lejos y no queríamos soltarnos.

Nos deseamos en dulce abrazo, nos miramos de nuevo, ella se proclamaba por todo mi cuerpo, nuestros labios se confundieron, frescos mordiscos, pasiones permutadas. La apacibilidad se incrusto con nuestros alientos jugando, danza de estrellas alentando los besos.

Cogí mi arma, la apunté a su estómago, al besarnos cogí mi arma, le acaricié el estómago, estalló el gatillo, se me escurrió entre los brazos, retina de agonía, atril de espanto, se me escurrió su vida entre los brazos mientras nos besábamos.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

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