lunes, 25 de junio de 2012

Capítulo 35 ( Perdido en la Desolación )


Me había disparado, el plan de que me mataran lo había pospuesto, me disparé en la mitigación del ser, en la exclamación de las culpas. La bala me cruzó el pecho, el dolor me palidecía el cuerpo, mi sangre se mezclaba con la sangre de la Niña de mirada lejana, tragedia Shakespeareana ironizando el flujo. La mirada se me perdía, la calma se me extraviaba, el cuerpo se debilitaba, conjugaciones lejanas en una acción dejándome sin sentido.

El cliché llevó a mi cuerpo a caer a un lado del cuerpo de la Niña de mirada lejana, mi exclamar se silenció a un lado de la Niña de mirada lejana, en ese momento, no pensé, me dejé ir en lo que consideré la última insanidad de una bestia. Se fundieron los ojos, se desvanecieron los sonidos, las ideas se retiraron de una en una, hasta que todo fue nada, hasta que se dejó de sentir el calor y la mente.

Reaccioné con un ligero hilo de sol parpadeando en mi rostro, reaccioné al otro día, me dolía el pecho, me dolía el alma, me dolía la pérdida. Estaba débil, solo el hueco en el pecho, la sangre perdida, la boca deshidratada, el hilo de luz bailando y el cadáver de la Niña de mirada lejana iluminado por el drama.

No estaba muerto, de alguna forma Dios me vomitó de su reino y seguía con vida, en la tortura, en el purgatorio de una realidad fría, sufriendo mi acciones, padeciendo el tiempo y la memoria. Como les dije desde un inicio, dispararse no es un buen remedio, la fuerza de la bala lleva a la gente a mover el blanco, a fallarlo, por más que se ponga el arma cerca, siempre existe un breve movimiento que lleva a la bala a perder el objetivo. Así me había sucedido, me maté sin matarme, me disparé en dirección perdida, la bala perforó mi pecho pero no mi vida.

Estaba tirado, sin fuerza ni lógica, llorando a la Niña de mirada lejana a mi lado, llorándome a mí, llorando el error. Ahora estaba perdido en la desolación de no haber muerto, en la lúgubre infamia de una realidad oscurecida.

Seguir ahora era una interrogante, no podía ni levantarme, tirado en el suelo, inmóvil en la tristeza, enfurecido con la vida, buscar una explicación era aún más ilógico que encontrarla. Me sentía débil, agonizando, desangrado, herido en el espíritu. Me quise dejar ir en una agonía que no sabía cuanto duraría.

Escrito Por:
Arturo Lizárraga Osorio

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