viernes, 29 de junio de 2012

Capítulo 37 (Arriba del Corazón)


Me di unos días para recuperarme, me traté la herida, me curé los huecos, me vacuné contra infecciones; en soledad y sin ir a ningún nosocomio me curé la herida, no sé si lo hice bien o si lo hice mal, no sé si quedó algo alojado dentro de mí, pero sí  sé que todavía ahora, de vez en vez, siento un ligero dolor en el pecho, justo arriba del corazón, justo a un lado de los sentimientos.

Con los días fui evolucionando las indicaciones del Político, me dijo que aquella bodega era de un Empresario de apellidos Cortés Ortega, que su giro era hacer y vender ropa para niños, eso no era ningún secreto, me había enterado de ello desde el momento en que entré, lo había comentado el periodista en su artículo. Me comentó que lo veía poco, pero que ese negocio era la fachada para lavar dinero; este personaje controlaba la distribución de droga en la zona centro de la Ciudad, y administraba una red de trata de personas. No era un capo, si no el sirviente de alguien mayor, me sentenció que no me metiera con ellos, porque su poder llegaba más allá de lo que Yo podría llegar.

Me dijo que a quien conocía bien era al Lic. Escobar, tenía un despacho en las calles de Liverpool y York, él era el operador del Dueño, no solo era abogado, sino que era quien se encargaba de sobornar autoridades, de comprar jueces, de realizar ajustes de cuentas, era este licenciado quien le pagaba al Político una buena cantidad a cambio de favores cuando las cosas no se podían resolver fácilmente.

Fue gracias a ellos y al jefe del Dueño, que llegó a ser Senador, le pagaron su campaña política, le compraron votos, lo llevaron a un curil que no se merecía. Cuando las cosas se complicaban, acudían al Político y este hablaba con autoridades, cobraba favores y hacía que las cosas se calmaran.

 Me advirtió que estaban protegidos, que llegar a ellos sería tarea más que imposible, que aún llegando al Licenciado, nunca podría tocar al Dueño. Ya daba lo mismo, lo complicado que fuera, no impediría que lo intentara. Me podía haber largado del país si quería, me podía haber escondido en la más exótica de las playas, tenía el dinero, tenía los documentos; lo que no tenía era la voluntad, lo que no tenía eran las ganas, cuando uno llega al punto en el que me encontraba, matar se convierte en una necesidad mayor que morir; es una especie de moral, una conciencia motivando las acciones, es como un pundonor profesional, como una obligación adquirida. No tenía ni la más puñetera idea de a dónde llegaría, y si llegaba lejos no me importaba, y si no llegaba a ningún lado tampoco tenía importancia. Era terminar, terminar en bien o en mal, pero terminar.

En cuanto me sentí sano, en cuanto terminé de compadecerme, en cuanto me sentí listo, salí con las notas que había escrito incrustadas en la cabeza, tomé la moto y me dirigí a la dirección que me dio el Político, al lugar en donde podría encontrar al Licenciado.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

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