Ella se fue apagando, cayendo entre mis brazos, soltó mis labios, el aroma a romance y a pólvora se quedaron mezclados. Me miraba con sus ojos de espanto, me miraba con el aire que le quedaba, la fui bajando, me quedé de rodillas, con Ella entre los brazos. Besé su frente, abrió sus labios, la arropé en la conciencia de que la había matado. La Niña de mirada lejana yacía entre mis manos, le acaricié el rostro, le quieté las lágrimas, sus ojos ya no eran lejanos, quiso sonreír con su boca ya reseca en agonía, quiso tocarme de nuevo. Nos besamos y su cálido aliento se volvió frío, y su cálido aliento se fue agotando. Murió por mí, arropada en mí, besada por mí.
Se extinguió sin emitir sonido, le lloré en silencio, regué su cuerpo con mi llanto, la maté en conciencia, en placer, en amor. Le disparé a su ternura, acribillé su cariño, la emancipé asesinándola. La comprensión no era clara, la realidad era nublada; razones tenía muchas, pretextos me sobraban, la comenzaba a amar, y eso, era uno de los absurdos previsibles, de los cuales, no me podía dar el lujo. Amarla significaba llevarla a la tumba en manos de otro, amarla significaba ponerla en riesgo, amarla significaba enredar más las cosas. Y en lugar de amarla, preferí perderla, en voluntad propia, la perdí con mi fuerza y con mi entendimiento, la perdí en mí y por Ella. Me quedé un largo pensamiento abrazado a sus restos, a su rígido cuerpo, a su existir terminado.
Al soltarla, la miré en su vulnerabilidad, en su fragilidad inerte, en su humanidad perdida. Ya no sabía comó entenderme, ya no sabía a dónde había llegado, ahora mataba el amor, mataba mi ser, mataba la vida. Era una abominación vagando por las sombras, era una bestia oculta en la ciudad. Ahora ya no la lloraba a Ella, ahora me lloraba a mí, me extravié en la alcalina singularidad de la demencia.
Me convertí en la sin razón de la existencia, ya no existían enlaces ni rencores, únicamente una cotidianidad por matar o por morir, un poder de impunidad que me arrastraba en la incertidumbre. Ya no era el del principio, el odio se formó en mí, tan cautelosamente, que ya no podía sentirlo ni desprenderlo. Fue en ese momento que entendí que era una amenaza, que la única justicia estaba en mis manos.
Observé la sangre, de la Niña de mirada lejana, mojando mis rodillas, escurriendo por el piso, una nostalgia de mirar salado se mezclo con esa sangre. Agarré la pistola, la agarré con toda la voluntad y con toda la fuerza, la agarré odiándome; la pasé por mi frente, recordé cada homicidio, cada última mirada; besé el cañón mientras caían todos los asesinados; la llevé por mi cuello, por mis abrazos, los fantasmas eran las imagines imaginadas; la planté en mi vientre, la coloqué con calma, no sabía donde apuntarme. Si acababa de matar al amor, lo justo era morir por el corazón. Agarré el arma con todo el coraje que me guardaba, la apunté al pecho, disparé. Disparé y el sonido ardió en mi piel, el plomo tibio rasgo mi cuerpo; un calor, de hasta nunca, usurpó mis ideas; olía a herida, olía amargo, olía a dolor y a sufrimiento.
Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio
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