lunes, 30 de julio de 2012

Capítulo 45 (Dogma de Fe)

Salí de la casa del Licenciado con la niña agarrada a mi mano, tomada de la mano de quien ha matado a su familia. Salimos juntos a la calle, con sus pequeños pasos apresurados, con su cabello despeinado y su pijama de figurillas. Llegamos a la motocicleta mientras el amanecer amenazaba con hacer su entrada. Se talló sus ojos, me agachaba la mirada, la cargué con cuidado, la monté delante de mí en la motocicleta y le pedí que se agarrara con fuerza, le coloqué mi casco que le bailaba sobre sus hombros y arrancamos. El sonido del motor fue la obertura de un día que comenzaba a demembrarse en el vecindario.

Salí de ahí, con la fragilidad de un infante tomada en mis brazos, no era mi hija, no era nada mío, ni la sangre ni los genes los compartíamos y, sin embargo, en un breve momento de aplomo esa niña se sujeto a mi cariño. No tenía muy en claro qué hacer con ella, matarla, abandonarla, llevarla a jugar con los fantasmas de los niños a las ruinas del edificio, entregarla y entregarme, ponerla en una estación de metro, simplemente pararla en la calle a esperar la piedad o la buena fortuna.

Como un discernimiento de clemencia me acordé del sacerdote que me había regalado la ropa, de la Iglesia a la que me llevaba la Niña de mirada lejana, y puse rumbo a ella. Si Dios existe, en sus manos habría de dejar a la niña, en sus manos ponía el destino de esa niña a la que hice huérfana. Si Dios existe, esa niña estaría cobijada por su amor y por sus bendiciones. Era ahí, en la Iglesia, en donde debía de dejar a la niña.

El sol ya se proclamaba en sus ritos iniciales, las calles comenzaban a tomar vida y yo abrazaba a la niña de su cuerpo, procurando que no se cayera. Ese trayecto fue un breve devenir de anhelos, la ternura de la niña se tomaba con fuerza a mi brazo, se aferraba mientras el casco le bailaba. Era esa niña de aplomo, de ilusión entre enojo, de mirada inamovible, de expresión perdida pillándome por el brazo hasta el querer. Si debo de ser honesto, por un momento se me desbordo el corazón; por un momento imaginé mi vida de una forma distinta, abrazando a esa niña que no era nada mío y que se permeaba por la fantasía de lo que nunca ha sido.

Llegamos a la Parroquia, la bajé de la moto, me volvió a tomar de la mano y caminamos hasta el atrio en donde pichones y zorzales arrullaban los adoquines. Le quité el casco, me agaché a su estatura, la miré con cuidado, con la facción cambiada en tristeza, ella con la misma careta de siempre, ni miedo ni nostalgia se le asomaban en el mirar. Me puse a su altura y le expliqué que debía de esperar ahí un momento, que en cuanto abrieran la Iglesia tenía que entrar y preguntar por el Padre; le supliqué que siguiera esas instrucciones, le dije que al ver al Padre le dijera que la habían dejado ahí para encontrar un nuevo hogar. Le tomé la mano, se la abrí y en ella le puse toda la pasta que cargaba conmigo, un pequeño rollo de billetes y me despedí.

Dejé a la niña ahí, parada en el atrio, con unas instrucciones insípidas y en la esperanza de que Dios existiera; dejé a la niña ahí con un dogma de fe como argumento y como redención. Me dí la vuelta sin querer mirar pa'tras; me dí la vuelta prometiéndome no regresar, con un pequeño ciruelo que se amargaba en la garganta y se impulsaba por la emoción.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

viernes, 27 de julio de 2012

Capítulo 44 (Fractales de Ternura)

La mirada de la niña se me incrustaba en la conciencia, era un espejo inmutable en donde se reflejaba un aplomo sin careta, era una niña mirándome, atada de pies y de manos, con la boca sellada. En ese momento hubiera deseado que el gaffer estuviera en sus ojos y no en su boca. Le miré con calma, con sigilo, con paz. Frené mi salida, la niña aún seguía viva y eso era un problema para mí, me podía identificar, me podía señalar, podía narrar los hechos y eso llevaría a la policía a dar conmigo tarde o temprano, si ya había cometido las suficientes tonterías como para que me pillaran, esa sería una mayúscula. No podía dejar a la niña con vida ahí donde estaba.

Me aproximé a ella, con un dedo en la boca le pedí silencio, con la mano abierta le pedí calma. El qué hacer con ella parecía una solución obvia, las opciones eran lógicas mirando el cuarto y el suelo y los muebles y el techo y la atmósfera delineada en muerte.

Me puse cerca de ella, le coloqué mi mirada frente a la de ella, no temblaba, no gritaba, no se movía, solo observaba, perdida en un tiempo presente que busca retener los índices de los sucesos. Su ver era una formulación de juicio en realidad; su mirada era un cincel que se acomodaba en el miedo y en la clemencia.

Tenía la pistola cerca y el cuchillo entre las ropas, tenía la oportunidad y tenía la facilidad. La niña ahí, viva, no era una opción. La elección de como hacerlo ahora era solo mía. Cogí el cuchillo, observé a la niña entre la cuchilla que brillaba en rojo. Cogí el cuchillo y lo puse en su frente, Cogí el cuchillo y lo puse en mi frente. Era una decisión que me estaba tomando más tiempo de lo debido, matar era la respuesta lógica.

Pero en un punto, sus ojos ganaron mi piedad, su mirada me recordó la humanidad; su fragilidad serena, su aplomo, su fuerza, su débil cuerpo, su cuerpo atado, todo logró que crecieran fractales de ternura por la inclemencia de mis actos. Tomé con más fuerza el cuchillo, lo puse cerca de sus manos, le quité el Gaffer; le liberé las piernas, le descubrí las palabras, la puse de pie.

La niña no grito, no profirió semblante alguno, se quedó ahí, parada, mirándome. Me di la vuelta, no podía permanecer más tiempo, me encaminé a la puerta, la niña no se movía. La miré sobre el hombro, de reojo. Seguía ahí, extendí el brazo, abrí mi mano, la niña pegó una ligera carrera a donde me encontraba, tomó mi mano, le sonreí nervioso.

Salimos caminando, con la niña tomada de mi mano, a final de cuentas dejarla ahí viva, hubiera sido un grabe error.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

miércoles, 25 de julio de 2012

Capítulo 43 (Pánico)


Miré el televisor unos minutos, cambié de canales y encontré la repetición de un partido de fútbol de mi época de infancia, lo estaba viendo cuando el Licenciado comenzó a moverse, no tenía la intención de seguir esperando, así que fui a la cocina, tomé un balde, le puse agua fría y regresé a la sala para tirársela en la cara. No se movió mucho, apenas inició la mirada, le abrí los ojos con las manos, le di unas hostias de ida y de vuelta, se espabiló un poco, le repetí la rutina, tantas veces que me comenzaron a arder las palmas de la mano; cuando terminó de reaccionar me volteó a ver, se quedó asustado, sus pupilas eran terror dilatado, sus labios temblaban aún por debajo de el gaffer. Miró a su alrededor y vio a su familia en la misma situación que él. El pánico lo forzó a querer moverse, a agitar todo el cuerpo, le di un para más de cachetadas para que se quedara quieto.

Su mujer y sus hijas comenzaban a reaccionar también, me acerqué al Licenciado, me senté junto a él, le pase el brazo por encima de su hombro y le puse el cañón de la pistola en su mejilla. Le advertí a lo que iba, le advertí todo el asco que sentía por él, le sentencié que solo existía una manera de que las cosas se arreglaran, y esa forma era confesándome paso por paso quien era su jefe, quien era el Dueño de la bodega y como lo podría encontrar.

De pronto sentí un calor húmedo por debajo del sillón, un charco cálido y amargo se formaba rápidamente, el muy cerdo se había orinado, su miedo lo controlaba. Me levanté de su lado de inmediato y le dije: que si eso era miedo para él, no tenía una idea de lo que seguía; le visualicé un tantito de lo que se le venía y él nada más me miró con ese susto y ese temor que ya no se podían narrar.

Me dirigí a su hija mayor que tenía la misma expresión que su padre, la tomé por los brazos y la puse de pie, la coloqué de frente al Licenciado, para que pudiera mirarla a los ojos. Su esposa gemía gritos y expulsaba llanto. La hija pequeña solo me miraba, ya sin expresión ni entendimiento. El Licenciado quiso hablar, gemía, suplicaba, no sé cómo se puso de rodillas. Lo observé con atención y le platiqué que eso era solo una advertencia para que colaborara. Le puse la pistola a la niña mayor en la nuca y le disparé, su cuerpo se vino pesado, la solté y ella cayó en un entintado de sangre. El Licenciado era una magdalena doblando el cuerpo.

Me fui en dirección al Licenciado de nuevo, lo levanté y lo puse en el sillón otra vez. Le di un par más de hostias para que se calmara un poco, le dije que el espectáculo no había terminado. Agarré a su esposa, la coloqué cómodamente. El Licenciado, seguía con sus gemidos. Saqué una navaja para afeitar, la abrí, la rosé por el cuerpo de la Esposa, le recorrí los brazos, la sentí en su piel blanca con una navaja afilada. Le descubrí las muñecas de las manos, lentamente la miré, lentamente palpé el pulso en sus brazos. Empuñé la navaja con fuerza y con ternura, empuñé la navaja por el terciopelo de su carne y sin más remedio corté las venas de sus muñecas. Un flujo de vida se asomo a penas encima de sus manos, la Esposa me miró ya con una suplica calma en petición de piedad.

Me dirigí al Licenciado, me le puse cara a cara, le expliqué que su esposa se desangraría si no hacíamos algo rápido, pero para que eso sucediera, me tenía que contar todo lo del Dueño de la bodega, sin gritos y sin llantos, por una vez lo quería ver comportarse como hombre. Le quité el gaffer de la boca y quiso gritar, de inmediato un puñetazo le llegó, se calmó, se puso a llorar entre suspiros y entre asfixia como niño regañado. Hablo entre sollozos y me dijo todo lo que quería saber.

En cuanto terminó, volteé a ver a la Esposa que ya no reaccionaba, la vida se le había fugado en lo que nosotros hablábamos. Me miró el Licenciado pidiendo clemencia, como si él tuviera esa clemencia. Caminé para atrás de él, me puse a sus espaldas, tomé la navaja y con energía le corté el cuello, me regresé delante de él, mi coraje no se calmaba mientras lo veía morir. Fui a la cocina y tomé un cuchillo más grande, de esos que se usan para partir la carne. Regresé y le comencé a tumbar la frente, el todavía no moría, le tumbé la frente con ese cuchillo hasta que logré abrirle el cráneo, y en cuanto me encontré con su masa encefálica la saqué con los dedos e hice mis tradicionales dibujos por toda la casa, en las paredes, en el piso en los muebles.

Ya iba de salida cuando volteé y decubrí que la hija menor seguía viva, viéndome desde su lugar, sin expresión ni susto, era esa niña simplemente mirándome en mi demencia.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

lunes, 23 de julio de 2012

Capítulo 42 (Mitigando el Enojo)


En este momento, me gustaría hacer una pausa antes de continuar, advertirles que lo que hice no me llena de orgullo, y que para muchos estas palabras serán ofensivas, mis hechos serán vejados por su moral y valorados como la esencia de la perdición. Quiero advertirles, que lo que sigue son los actos de una bestia mitigando su enojo. Por lo que entenderé si prefieren no leer o quieren juzgar las siguientes letras.

Como lo había predeterminado salí de noche, me fui con calma por las calles que comenzaban a mutarse en desiertos; recorrí los tonos azules de una luna calma; me asocié con la majestuosidad del sigilo. Era Yo, la noche y el disimulo montados sobre la motocicleta.

A las pocas cuadras de llegar a la casa del Licenciado apagué el motor de la motocicleta y me fui caminando de a poco, la llevé hasta un lugar seguro y la recargué en la penumbra de un árbol; Me trepé por el árbol, lo subí y me columpié hasta el muro, me deslicé en la oscuridad por la franja de concreto, encontré el lugar para bajar, con cuidado y sin hacer ruido caí dentro del jardín de la casa del Licenciado.

Caminé hasta la puerta de la cocina, la abrí sin ningún problema (la mayoría de la gente no le pone llave a la puerta de la cocina), metí las manos en la mochila que llevaba, saqué la pistola, encontré el cloroformo, humedecí un trapo con el cloroformo. Subí por las escaleras y lo primero fue buscar el cuarto del Licenciado, lo encontré, me metí casi sin hacer sonar el sonido.

El Licenciado dormía con su mujer, con precaución me aproximé a él, cogí el trapo y se lo puse en el rostro no hizo mas que seguir dormido, me fui al sitio de su mujer y le apliqué la misma estrategia, ninguno de los dos proclamó reproche, creo que, por su forma de dormir, ni el trapo, ni el cloroformo eran necesarios.

Me fui al cuarto de las niñas, encontré primero a la mayor como de 10 años y le repetí la rutina, al entrar al cuarto de la menor (de 6 años), abrió los ojos se me quedo mirando con ojos de espanto, con mirada de terror, no gritó, no dijo nada, solo eran sus ojos muy abiertos y su cuerpo temblando. Me hizo dudar, me tabaleó con su fragilidad; por un segundo pensé en no hacer nada, pero ese breve momento se diluyó en la oscuridad que me consumía. Extendí mi brazo y abrí la mano en signo de calma, me moví hacia ella pausadamente, y ella solo me miraba. Me acerqué lo suficiente para aplicarle la técnica del cloroformo y dejarla inconsciente sobre mis brazos. La cargué hasta la sala y la amarré con ternura, con los brazos atrás y los pies juntos, le puse un trozo de gaffer sobre la boca.

Me regresé por los demás y la técnica era la misma, sobre uno y sobre otro, la única diferencia fue la forma en que los coloqué, el lugar que le dí a cada uno, a las niñas las recoste juntas sobre un love seat, a la esposa la puse en el sillón individual, y al Licenciado lo senté en el sillón más grande del cuarto, el que daba de frente a una pantalla plana de grandes dimensiones.

Ya con todos ahí me di cuenta de que se me paso de largo la forma en que iba a despertarlos, la ficción televisiva me ha enseñado muchas cosas, pero nunca, como se despierta a la gente después de una breve dosis de cloroformo. Por lo que decidí sentarme junto al Licenciado y prender el televisor para mirar un poco de tv en lo que ellos reaccionaban.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

viernes, 20 de julio de 2012

Capítulo 41 (Ira Colérica)

Los días siguientes se llenaron de rabia, me escurría el enojo por las venas, se adhería la impotencia en la noche y en el día; el sol ardía sobre los pensamientos, una suave angustia se revolvía en la frustración. Las tardes pasaban con la necesidad de golpear, de matar, de gritar; llanto de furia contemplando el tiempo. Me torturaba la idea, me estrangulaba la urgencia. Sentir la prioridad de la desconmensurable tiniebla dominando los actos. No puedo entender cómo me contuve, no puedo entender cómo pude darle orden a mis pensamientos.

Por unos días me encerré a apalear la soledad, ni los niños, ni la Niña de mirada lejana murmurando desde la sanja me podían calmar. Por un breve momento, era Yo, dando vueltas en el mismo espacio, dislocando unos pies presurosos y una ira colérica. La exaltada venganza nunca se había hecho tan presente, tomaba forma, me dominaba, me poseía, me suplicaba.

Ese hijo de puta dos veces me sangró y no existiría una tercera. Al poco tiempo salí del edificio y comencé a seguirlo a distancia, a discreción, lo seguí paso a paso, la observación era una de mis herramientas consentidas y ahora le tocaba ser observado al Licenciado. No lo iba a dejar ir, era su óbito la idea primordial en ese momento.

Ya no era ni héroe ni villano, ero Yo y sólo Yo jugando mi propia guerra, era Yo extraviado en una lucha que cogía sentido en la dirección de mis pensamientos. El mundo se recorría a parte, la vida no era mi vida y lo que inició en una idea estúpida se convirtió en la trayectoria perdida de una vendetta.

En el tiempo que lo seguí imaginé miles de escenas, imaginé miles de insultos, me involucré en la participación de la invención de nuevas maneras de hacer sufrir. El Licenciado sufriría y sufriría desde el alma hasta la epidermis. Durante el tiempo que lo seguí, lo vi en incontables ocasiones esconderse, únicamente era valiente tras el culo de sus guarda espaldas, solo era valiente protegido en su muro de gorilas, pero él era un cobarde, un animal temeroso que se hizo de poder por suerte o por error.

Después de seguirlo descubrí que su punto débil eran las noches, no las pasaba fuera, permanecía en su casa, a lado de su mujer que le gritaba hasta la calle, jugando con sus hijas, escondido tras las bardas de concreto que rodeaban su hogar. Era ahí, sin custodios ni seguridad física, donde pasaba las noches. Sus mastodontes no se quedaban a proteger su miedo y solo era su familia la que ahí estaba un día y otro también.

Hice un plano detallado de lo que supuse era el interior y diseñé como entrar, sabiendo que debía de entrar de madrugada y con cuidado extremo para no hechar a perder de nueva cuenta el intento. Estaba decidido, el Licenciado moriría en la comodidad de su hogar.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

miércoles, 11 de julio de 2012

Acotación Perdida


Nos miramos en silencio
noche de dos,
de miradas extraviadas.

Te escucho en silencio,
entras por las estrellas,
te impregnas por las nubes,
te quedas en mí.

Nuestro tacto inquieto,
la luz de tu sonrisa,
nuestra visión mimetizada,
labios intranquilos
necesidad de aliento.

Nos miramos en nosotros,
caricias de algodón
y luna entrometida.

Te trepas por los poros,
me escurro en la emoción,
romance de media noche,
arrullándonos a los dos.

Nos miramos sin fatiga,
ósculos en el alma,
cariño en exaltación.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

lunes, 9 de julio de 2012

Capítulo 40 (Al Borde del Holocausto)


Los perdí, pero un ardor de tinieblas se escurría por mi cuello; si me apuntaron, no lo hicieron del todo bien; si la bala me tocó solo fue un ligero rasguño que dejó su fuego en mi cuello. No podía detenerme, no podía parar, aún con mi cuello quemando mi ropa, aún con la sangre que se patinaba por el viento y por los poros.

Seguí a toda velocidad, tanto como pude, en un momento dejé el Circuito Exterior y me metí por calles menores hasta el edificio abandonado. Dejé la moto y me seguí por la neblina de una visión que pretendía apagarse, agarré un poco de alcohol y me lo puse en la herida, volvió a arder, se me desagarraba el consiente. La sangre se exponenció hasta el sur de mi cuerpo, mientras, seguí curando la herida; la cubrí con una gasa, se marco de carmesí.

Me senté un momento, estaba débil, estaba inquieto, estaba frustrado. No se puede ser tan torpe, me respaldé en mi soberbia para actuar, imaginé que siempre matar era sencillo, ya para mí era una práctica común, ya para mí era un ejercicio simple sin derivaciones de por medio. Fallé porque me acostumbré a la sencillez de apuntar y de disparar, a la practicidad de solo jalar del gatillo. Ya no debía de confiarme, la conformación de la herida doliendo era un recordatorio permanente, debía actuar con cautela y con precisión.

En ese momento, un rencor nuevo fluía por la dicotomía del pensamiento: acababa de fracasar por mi ímpetu y mi arrogancia, y eso, me encendía, me inflamaba, me exasperaba; por otro lado, la cara de miedo del Licenciado, me llenaba de una ira distinta, alguien tan cobarde, alguien tan maricón, alguien tan improbable me mandó dar la paliza de mi vida, me puso al borde del holocausto y no le pude tocar.

Abrí una lata de atún y me la comí. Llevaba un discernimiento maldito por la contemplación de los errores, sabía que habría que regresar, que ese hijo de puta del Licenciado no podía quedar con vida, no era lo que Yo quería; lo quería ver sufrir, lo quería ver rogar, lo quería ver palidecer y suplicar hasta el momento de su muerte. Le quería obsequiar una agonía dolorosa, pausada, sádica, imborrable en la reencarnación y en la purificación.

Mi espíritu era una trágica conglomeración de rabia. Me senté con los fantasmas de los niños, jugué con ellos por obligación y acordé que debía salir a buscar el punto débil del Licenciado, o moría él o moría Yo.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

viernes, 6 de julio de 2012

Capítulo 39 (Paladar de Cobre)


Por un tiempo esperé afuera, preparando las balas, disponiendo la furia, incrementando el enojo, el Licenciado tendría que salir tarde o temprano, y ahí, lo estaría esperando. En el punto en el que me encontraba la soberbia llena el cuerpo, la omnipotencia ciega la realidad, de tanto matar uno se hace prepotente y siempre se tiene la seguridad de que con levantar el arma las cosas saldrán sin dificultad.

Lo esperé a un lado de la moto, cuando empezaba a atardecer, antes de que el alumbrado se encendiera, salió el Licenciado: primero llegó el auto, se abrió la puerta del edificio, salieron los guaruras, abrieron la puerta de atrás del coche, en ese momento, me encaminé para acercarme, salió el Licenciado, levanté la pistola, apunté directo. Sobrado en mí escuché un grito, los guarda espaldas sacaron sus armas, me apuntaron, paladar de cobre y barullo entre concreto. Me vieron, solté el primer balazo, un intento perdido que fue a dar a otra parte; Sonaron sus armas, sonó fuego de plomo persiguiendo mi cuerpo, solté un segundo balazo, la mirada del Licenciado era un temor de pánico, un miedo calado que lo permeaba hasta el espanto, sus reflejos eran lentos, sus pupilas se ampliaron, el Licenciado destilaba pavor, él era un idiota asustado en medio de una balacera.

Siguieron sacudiendo el aire con disparos; Yo no había atinado ni un sólo impacto. seguí disparando, en desesperación y en defensa propia; la puntería me abandono ese día, por fortuna, a ellos también les cambiaron la mira. Me di la vuelta, corrí a la motocicleta, disparaba sin apoyo y sin puntería; encendí la moto, me arranqué; ellos salieron detrás mío. Aceleré a fondo, di la vuelta en sentido contrario, me subí a la banqueta, entronqué con una avenida, pasé enfrente de las patrullas, tomé una glorieta, me brinqué un semáforo, y ellos seguían atrás de mí disparando en movimiento, sin dejarme descanso.

Se escucharon los berridos de las patrullas, luces en azul y en rojo cubriendo mi sombra. Le forcé el motor a la motocicleta, iba en diagonales, en trazos abigarrados por un tránsito permisivo y tolerante. Intenté meterme en calles menores, en pequeñas vialidades. El auto seguía atrás de mí, no me dejaba, las patrullas nos hacían escolta. Al dar la vuelta en una calle, me topé con una patrulla cruzada cerrando el paso, no sé comó me la sacudí por la acera.

Por un momento el auto se me emparejó, me di cuenta de que el Licenciado no iba dentro, el muy cobarde de seguro se hecho a correr para adentro del edificio. El motor ya no daba para más. iba en el límite de la aceleración. No podía sacudirme esa marca entre soplidos de pólvora, me pisaban las espaldas, se me quedaban pegados. Intente dispararles, se me cayó la pistola de las manos. La policía nos seguía, era mucho escandalo, era una tarde perturbada por una persecución en violencia de asfalto.

De pronto recordé las reparaciones del circuito exterior, de seguro el caos llevaría un tráfico que me daría ventaja, no estaba lejos, me dirigí con el mapa planeado, fue cuestión de unas cuadras, de tolerarlos por unos minutos. me dí una vuelta en "u" para soltarlos un poco. llegué al circuito exterior, era un esqueleto de autos parados, circulando lo mínimo de vez en cuando. Me metí entre esa columna de desesperación y de claxon.

Los comencé a perder, por el retrovisor observé como se bajaron a tratar de seguirme a pie, no les dieron mucho las piernas, me alejaba. De pronto solo sentí un dolor cálido, un fluir a media temperatura bajando por el cuello, bifurcándose en la espalda y en el pecho, uno de los imbéciles me había atinado, en el último momento una de las balas me alcanzó y me besó por el cuello.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

miércoles, 4 de julio de 2012

Capítulo 38 (Intentando Dilucidar)

Llegué a la dirección indicada, a un edificio en tonos rosados; me bajé de la moto, y no tenía la más mínima idea de como conocería al famoso Licenciado, a lo mejor era alto, chaparro, de lentes o usaba jeans. Me quedé un tiempo parado en la banqueta intentando dilucidar el aspecto del Licenciado. En ese momento llegó un auto azul de vidrios polarizados, se bajó un hombre alto de lentes oscuros y cara de mafioso, del lado del conductor se bajó otro de igual aspecto; salieron dos hombres iguales del interior del edificio, abrieron la puerta trasera del vehículo y salió un tipo bajo de estatura, barba de candado, traje azul y corbata de dibujitos, peinado de lado y mirada de prepotencia. Imaginé que ese era el Licenciado, podía asegurarlo si no fuera porqué en la singularidad de su actividad muchas personas podrían llegar a ese edificio con la misma prepotencia y la misma apariencia.

Tenía que estar seguro, así que dejé pasar un tiempo, dejé que se disolvieran los guarda espaldas y que el Licenciado entrara. Después de un rato, puse el arma en la motocicleta, me acerqué a la puerta, toqué el timbre, me respondió la voz de un hombre y me preguntó por mis motivos, le dije que me habían mandado a ver al Licenciado, que me envió la Patrona porque tenía un asunto pendiente y ella me lo recomendó para que me solucionara el problema.

Me abrieron, salieron los dos tipos de un momento atrás y me pidieron una identificación, les dí una de las credenciales falsas que había comprado; me cachearon hasta por los poros del cabello, me indicaron que subiera al cuarto piso y que ahí me iban a recibir.

Me encaminé por los pasillos de bombillas encendidas, por las escaleras de pasamanos en negro, por las paredes de tirol blanco, por el mármol y la estreches del mal lujo. Al llegar al cuarto piso una joven de lentes y traje sastre me volvió a interrogar, le volví a repetir lo mismo de antes; me pidió que esperara un momento en lo que me extendió la mano indicándome que me sentara en un loveseat de cuero negro. Tomé asiento y aguardé quince minutos, una hora, dos horas, ya después de mucho tiempo salio el tipo que se había bajado del auto, me saludó al tiempo que se autentificaba conmigo como el Licenciado al que buscaba.

Me pasó a una sala de juntas y me volvió a preguntar por mi asunto. A él no le podía repetir las palabras de antes, por lo que, le inventé que mi hermano estaba en prisión (Yo ni hermano tengo), por supuesta venta de drogas, pero que no era culpable, que por favor me ayudara. Estaba en eso cuando le sonó el móvil, lo contesto y recuerdo muy bien lo que dijo:

- Si mi amor... si, yo lo sé... diles a las niñas que voy a llegar temprano para jugar con ellas... besos... te quiero.

Se disculpó y se volvió a dirigir a mí diciendo: que el cobraba mucho, pero que por haberme mandado la Patrona me cobraría menos; me intento tranquilizar diciendo que si el caso era difícil tenía contactos para hacer que mi hermano saliera libre; me pidió que le llevara los documentos del caso y que se los dejara con lo tipos de la puerta y que él se encargaría.

Nos despedimos de mano y no se porque los abogados siempre le quieren dar a uno un abrazo, creo que es porque le quieren robar la cartera. En fin, salí de ahí, me regresaron mi identificacioon y me fui a la moto, mientras, lo esperaría afuera, lo esperaría ya armado.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

lunes, 2 de julio de 2012

Pausa y Reflexión


Hoy me dirijo a ti. Tal vez, no nos conocíamos; quizá, ya nos hemos visto; a lo mejor, tenemos diferencias irreconciliable o somos grandes amigos. A ti y solo a ti me dirijo, en la voluntad y en la razón, alejado de las bromas y del chacoteo. Me dirijo a ti en preocupación y en súplica.

Hoy se despierta México con la tristeza de una tragedia, llenan las redes sociales los comentarios negativos, las desilusiones y la pesadumbre por un proceso electoral que no fue el deseo de muchos. Se pone el pesimismo por delante y se abre la oportunidad al lamento. Yo puedo decir que cualquiera que hubiera sido el resultado el día de ayer en las elecciones a presidente, hoy México, estaría llorando la misma desgracia. Y si hubiera sido Andrés Manuel o Josefina o Gabriel, el País se lamentaría por igual. Este resultado es la crónica de una muerte anunciada, este resultado es la consecuencia de solo sentirnos demócratas por seis meses cada seis años.

Leo mensajes de pena, de vergüenza, de desilusión. Culpamos al otro, culpamos al sistema, culpamos a las instituciones y descalificamos nuestro esfuerzo. No dudo que hayas ido a votar, que invertiste tu entusiasmo y tu tiempo en tachar un papel con la ilusión de un País mejor. Dispusiste de tu mañana, de tu día, de una hora o de cinco horas de tu tiempo, enviaste mensajes por Facebook o por Twitter, alentaste al otro a participar y lo trataste de convencer de actuar. Mis preguntas son: ¿Cuánto tiempo le dedicaste a tu País los últimos seis meses? y ¿Cuánto tiempo le has invertido a tu País en los últimos seis años?.

Habrá quienes tengan una participación más activa que los otros, habrá quienes digan que siempre van a mítines y marchas, habrá quienes se justifiquen para salvarse. La verdad es que la gran mayoría de los que hoy nos quejamos nos hemos ocupado de nuestro País en pequeñas porciones. Y nos sentimos altamente mexicanos el 15 de Septiembre y el 12 de Diciembre. El tiempo restante nos acomodamos en nuestro confort, en nuestro lugar seguro y desde ahí apenas opinamos y poco actuamos.

Hoy nos indignamos, hoy nos quejamos, pero ayer no hicimos nada, y dejamos que pasaran los asesinatos, y dejamos que siguieran las mentiras y no denunciamos y no colaboramos. Y entonces dejamos que pasen los años y esperamos que por magia surja un Mesías, un salvador nacional que nos llevará por buen rumbo. Ponemos nuestras esperanzas en los Partidos Políticos que tantas veces nos han decepcionado  y seguimos en la espera del milagro. Te puedo decir que la redención no la encontraremos en la espera del milagro.

Estamos tristes, divididos por colores partidistas, por ideologías distintas. Estamos frustrados y sentidos, tocados en nuestras esperanzas y en nuestra colectiva conciencia. Sin embargo, la rabia pasara, se hará más calma y muchos de los que hoy reclaman, mañana estarán sentados de nueva cuenta en su comodidad, mirando las olimpiadas o los programas de domingo por la tarde, y desde ese sitio nos quejaremos sin hacer nada.

Sin embargo, hoy te digo que el cambio puede iniciar en este momento, que el cambio no esta en una elección presidencial o en una campaña política, el cambio esta en nosotros, hoy y mañana y siempre. El cambio de este País no esta en esperar que llegue alguien a salvarnos, esta en nosotros, esta en nuestra voluntad y en nuestra disposición. Esta en nuestro cotidiano, en no permitir que las cosas sean inmutables.

Podrás no ser de los que salen a marchar por la calle, yo tampoco lo soy y no es lo que te pido. El cambio esta en los pequeños detalles, en modificar nuestro entorno. Muchos se reirán y querrán descalificar mis palabras como utopía, como irreal, como ilógicos, sin embargo, yo sé que tú puedes. Estoy convencido que todos podemos y que si trabajamos juntos desde lo más básico, este País no dependerá de Enrique ni de Andrés, sino de nosotros.

Hoy empecemos a cambiar y cambiemos cada uno. Si tienes la oportunidad, no te pases el semáforo; si te van a infraccionar, no pagues mordida; si eres empresario, dale el sueldo justo a tus empleados; si eres comerciante, paga lo justo y cobra lo justo; si eres mexicano exígente al máximo y trabaja por hacer las cosas siempre mejor. Se que es difícil, que requiere nuestro esfuerzo diario, pero que esta pesadumbre nos sirva de experiencia, trabajemos con el ejemplo.

Me dirás que los medios manipulan a la gente, entonces no dediques tus domingos a mirar el televisor, sal, visita a un enfermo, dale un consejo a un amigo, haz una caridad o recoge la basura del parque. No compres el mismo diario, o la misma revista, dispón de ese dinero para cambiar tu entorno. No te pares en el esfuerzo justo, en el esfuerzo mínimo, en la injusticia y en la conformidad. No voltees la mirada al ver una injusticia, ayuda al que lo necesita, muchos nos verán como locos, pero si todos lo hacemos, los locos serán quienes no lo hagan.

Convive con tu familia en la tranquilidad de saber que tus empleados pueden vestir la misma ropa que tu traes puesta, o pueden comer la misma carne que tu comes. Abraza a tus hijos con las manos tranquilas de saber que has respetado las leyes, de que diste tu máximo esfuerzo en tu trabajo. Besa a tu pareja con la satisfacción de saber que hoy ayudaste a formar una mejor nación. No dejes que el dinero te gobierne y haz del bienestar colectivo tu máxima ambición.

Reconoce al de junto como tu prójimo y deja de etiquetarlo por su creencia religiosa o su nivel socio cultural. Tiremos los calificativos a la basura y dejemos de ser Nacos, Fresas, Chilangos, Regios, Indios, Júniors, Perredistas o Priistas, Católicos o Cristianos. Y distingámonos como uno solo, distingámonos como Mexicanos.

Denuncia las injusticias, no le des la espalada. Siempre tiéndele la mano al de a lado, reconoce en el otro la misma mirada cansada de una larga jornada de trabajo; reconoce en el de junto las misma ilusiones que tú de un mejor País y de un México más grande. Aspiremos a lo más alto, no dejemos caer nuestro esfuerzo y sintámonos partícipes de este cambio todos los días.

La democracia emana del pueblo, no de los partidos políticos, no esperemos un héroe cada seis años, seamos nuestros héroes diarios, para que no dependamos de milagros, para que no esperemos salvadores, para que no nos gobierne el pesimismo y la tristeza. Con nuestro trabajo diario esta nación no será Enrique o Andrés, esta Nación Seremos Todos.

Cambiemos hoy, cambiemos siempre, ejerzamos nuestro derecho a vivir a diario. No permitamos que nos gobiernen 70 años, el retroceso solo se dará si nosotros lo dejamos. Cambiemos hoy, tú puedes, todos podemos. Cambiemos México.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

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