viernes, 27 de julio de 2012

Capítulo 44 (Fractales de Ternura)

La mirada de la niña se me incrustaba en la conciencia, era un espejo inmutable en donde se reflejaba un aplomo sin careta, era una niña mirándome, atada de pies y de manos, con la boca sellada. En ese momento hubiera deseado que el gaffer estuviera en sus ojos y no en su boca. Le miré con calma, con sigilo, con paz. Frené mi salida, la niña aún seguía viva y eso era un problema para mí, me podía identificar, me podía señalar, podía narrar los hechos y eso llevaría a la policía a dar conmigo tarde o temprano, si ya había cometido las suficientes tonterías como para que me pillaran, esa sería una mayúscula. No podía dejar a la niña con vida ahí donde estaba.

Me aproximé a ella, con un dedo en la boca le pedí silencio, con la mano abierta le pedí calma. El qué hacer con ella parecía una solución obvia, las opciones eran lógicas mirando el cuarto y el suelo y los muebles y el techo y la atmósfera delineada en muerte.

Me puse cerca de ella, le coloqué mi mirada frente a la de ella, no temblaba, no gritaba, no se movía, solo observaba, perdida en un tiempo presente que busca retener los índices de los sucesos. Su ver era una formulación de juicio en realidad; su mirada era un cincel que se acomodaba en el miedo y en la clemencia.

Tenía la pistola cerca y el cuchillo entre las ropas, tenía la oportunidad y tenía la facilidad. La niña ahí, viva, no era una opción. La elección de como hacerlo ahora era solo mía. Cogí el cuchillo, observé a la niña entre la cuchilla que brillaba en rojo. Cogí el cuchillo y lo puse en su frente, Cogí el cuchillo y lo puse en mi frente. Era una decisión que me estaba tomando más tiempo de lo debido, matar era la respuesta lógica.

Pero en un punto, sus ojos ganaron mi piedad, su mirada me recordó la humanidad; su fragilidad serena, su aplomo, su fuerza, su débil cuerpo, su cuerpo atado, todo logró que crecieran fractales de ternura por la inclemencia de mis actos. Tomé con más fuerza el cuchillo, lo puse cerca de sus manos, le quité el Gaffer; le liberé las piernas, le descubrí las palabras, la puse de pie.

La niña no grito, no profirió semblante alguno, se quedó ahí, parada, mirándome. Me di la vuelta, no podía permanecer más tiempo, me encaminé a la puerta, la niña no se movía. La miré sobre el hombro, de reojo. Seguía ahí, extendí el brazo, abrí mi mano, la niña pegó una ligera carrera a donde me encontraba, tomó mi mano, le sonreí nervioso.

Salimos caminando, con la niña tomada de mi mano, a final de cuentas dejarla ahí viva, hubiera sido un grabe error.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

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