Los perdí, pero un ardor de tinieblas se escurría por mi cuello; si me apuntaron, no lo hicieron del todo bien; si la bala me tocó solo fue un ligero rasguño que dejó su fuego en mi cuello. No podía detenerme, no podía parar, aún con mi cuello quemando mi ropa, aún con la sangre que se patinaba por el viento y por los poros.
Seguí a toda velocidad, tanto como pude, en un momento dejé el Circuito Exterior y me metí por calles menores hasta el edificio abandonado. Dejé la moto y me seguí por la neblina de una visión que pretendía apagarse, agarré un poco de alcohol y me lo puse en la herida, volvió a arder, se me desagarraba el consiente. La sangre se exponenció hasta el sur de mi cuerpo, mientras, seguí curando la herida; la cubrí con una gasa, se marco de carmesí.
Me senté un momento, estaba débil, estaba inquieto, estaba frustrado. No se puede ser tan torpe, me respaldé en mi soberbia para actuar, imaginé que siempre matar era sencillo, ya para mí era una práctica común, ya para mí era un ejercicio simple sin derivaciones de por medio. Fallé porque me acostumbré a la sencillez de apuntar y de disparar, a la practicidad de solo jalar del gatillo. Ya no debía de confiarme, la conformación de la herida doliendo era un recordatorio permanente, debía actuar con cautela y con precisión.
En ese momento, un rencor nuevo fluía por la dicotomía del pensamiento: acababa de fracasar por mi ímpetu y mi arrogancia, y eso, me encendía, me inflamaba, me exasperaba; por otro lado, la cara de miedo del Licenciado, me llenaba de una ira distinta, alguien tan cobarde, alguien tan maricón, alguien tan improbable me mandó dar la paliza de mi vida, me puso al borde del holocausto y no le pude tocar.
Abrí una lata de atún y me la comí. Llevaba un discernimiento maldito por la contemplación de los errores, sabía que habría que regresar, que ese hijo de puta del Licenciado no podía quedar con vida, no era lo que Yo quería; lo quería ver sufrir, lo quería ver rogar, lo quería ver palidecer y suplicar hasta el momento de su muerte. Le quería obsequiar una agonía dolorosa, pausada, sádica, imborrable en la reencarnación y en la purificación.
Mi espíritu era una trágica conglomeración de rabia. Me senté con los fantasmas de los niños, jugué con ellos por obligación y acordé que debía salir a buscar el punto débil del Licenciado, o moría él o moría Yo.
Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio
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