Miré el televisor unos minutos, cambié de canales y encontré la repetición de un partido de fútbol de mi época de infancia, lo estaba viendo cuando el Licenciado comenzó a moverse, no tenía la intención de seguir esperando, así que fui a la cocina, tomé un balde, le puse agua fría y regresé a la sala para tirársela en la cara. No se movió mucho, apenas inició la mirada, le abrí los ojos con las manos, le di unas hostias de ida y de vuelta, se espabiló un poco, le repetí la rutina, tantas veces que me comenzaron a arder las palmas de la mano; cuando terminó de reaccionar me volteó a ver, se quedó asustado, sus pupilas eran terror dilatado, sus labios temblaban aún por debajo de el gaffer. Miró a su alrededor y vio a su familia en la misma situación que él. El pánico lo forzó a querer moverse, a agitar todo el cuerpo, le di un para más de cachetadas para que se quedara quieto.
Su mujer y sus hijas comenzaban a reaccionar también, me acerqué al Licenciado, me senté junto a él, le pase el brazo por encima de su hombro y le puse el cañón de la pistola en su mejilla. Le advertí a lo que iba, le advertí todo el asco que sentía por él, le sentencié que solo existía una manera de que las cosas se arreglaran, y esa forma era confesándome paso por paso quien era su jefe, quien era el Dueño de la bodega y como lo podría encontrar.
De pronto sentí un calor húmedo por debajo del sillón, un charco cálido y amargo se formaba rápidamente, el muy cerdo se había orinado, su miedo lo controlaba. Me levanté de su lado de inmediato y le dije: que si eso era miedo para él, no tenía una idea de lo que seguía; le visualicé un tantito de lo que se le venía y él nada más me miró con ese susto y ese temor que ya no se podían narrar.
Me dirigí a su hija mayor que tenía la misma expresión que su padre, la tomé por los brazos y la puse de pie, la coloqué de frente al Licenciado, para que pudiera mirarla a los ojos. Su esposa gemía gritos y expulsaba llanto. La hija pequeña solo me miraba, ya sin expresión ni entendimiento. El Licenciado quiso hablar, gemía, suplicaba, no sé cómo se puso de rodillas. Lo observé con atención y le platiqué que eso era solo una advertencia para que colaborara. Le puse la pistola a la niña mayor en la nuca y le disparé, su cuerpo se vino pesado, la solté y ella cayó en un entintado de sangre. El Licenciado era una magdalena doblando el cuerpo.
Me fui en dirección al Licenciado de nuevo, lo levanté y lo puse en el sillón otra vez. Le di un par más de hostias para que se calmara un poco, le dije que el espectáculo no había terminado. Agarré a su esposa, la coloqué cómodamente. El Licenciado, seguía con sus gemidos. Saqué una navaja para afeitar, la abrí, la rosé por el cuerpo de la Esposa, le recorrí los brazos, la sentí en su piel blanca con una navaja afilada. Le descubrí las muñecas de las manos, lentamente la miré, lentamente palpé el pulso en sus brazos. Empuñé la navaja con fuerza y con ternura, empuñé la navaja por el terciopelo de su carne y sin más remedio corté las venas de sus muñecas. Un flujo de vida se asomo a penas encima de sus manos, la Esposa me miró ya con una suplica calma en petición de piedad.
Me dirigí al Licenciado, me le puse cara a cara, le expliqué que su esposa se desangraría si no hacíamos algo rápido, pero para que eso sucediera, me tenía que contar todo lo del Dueño de la bodega, sin gritos y sin llantos, por una vez lo quería ver comportarse como hombre. Le quité el gaffer de la boca y quiso gritar, de inmediato un puñetazo le llegó, se calmó, se puso a llorar entre suspiros y entre asfixia como niño regañado. Hablo entre sollozos y me dijo todo lo que quería saber.
En cuanto terminó, volteé a ver a la Esposa que ya no reaccionaba, la vida se le había fugado en lo que nosotros hablábamos. Me miró el Licenciado pidiendo clemencia, como si él tuviera esa clemencia. Caminé para atrás de él, me puse a sus espaldas, tomé la navaja y con energía le corté el cuello, me regresé delante de él, mi coraje no se calmaba mientras lo veía morir. Fui a la cocina y tomé un cuchillo más grande, de esos que se usan para partir la carne. Regresé y le comencé a tumbar la frente, el todavía no moría, le tumbé la frente con ese cuchillo hasta que logré abrirle el cráneo, y en cuanto me encontré con su masa encefálica la saqué con los dedos e hice mis tradicionales dibujos por toda la casa, en las paredes, en el piso en los muebles.
Ya iba de salida cuando volteé y decubrí que la hija menor seguía viva, viéndome desde su lugar, sin expresión ni susto, era esa niña simplemente mirándome en mi demencia.
Arturo Lizárraga Osorio
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