viernes, 6 de julio de 2012

Capítulo 39 (Paladar de Cobre)


Por un tiempo esperé afuera, preparando las balas, disponiendo la furia, incrementando el enojo, el Licenciado tendría que salir tarde o temprano, y ahí, lo estaría esperando. En el punto en el que me encontraba la soberbia llena el cuerpo, la omnipotencia ciega la realidad, de tanto matar uno se hace prepotente y siempre se tiene la seguridad de que con levantar el arma las cosas saldrán sin dificultad.

Lo esperé a un lado de la moto, cuando empezaba a atardecer, antes de que el alumbrado se encendiera, salió el Licenciado: primero llegó el auto, se abrió la puerta del edificio, salieron los guaruras, abrieron la puerta de atrás del coche, en ese momento, me encaminé para acercarme, salió el Licenciado, levanté la pistola, apunté directo. Sobrado en mí escuché un grito, los guarda espaldas sacaron sus armas, me apuntaron, paladar de cobre y barullo entre concreto. Me vieron, solté el primer balazo, un intento perdido que fue a dar a otra parte; Sonaron sus armas, sonó fuego de plomo persiguiendo mi cuerpo, solté un segundo balazo, la mirada del Licenciado era un temor de pánico, un miedo calado que lo permeaba hasta el espanto, sus reflejos eran lentos, sus pupilas se ampliaron, el Licenciado destilaba pavor, él era un idiota asustado en medio de una balacera.

Siguieron sacudiendo el aire con disparos; Yo no había atinado ni un sólo impacto. seguí disparando, en desesperación y en defensa propia; la puntería me abandono ese día, por fortuna, a ellos también les cambiaron la mira. Me di la vuelta, corrí a la motocicleta, disparaba sin apoyo y sin puntería; encendí la moto, me arranqué; ellos salieron detrás mío. Aceleré a fondo, di la vuelta en sentido contrario, me subí a la banqueta, entronqué con una avenida, pasé enfrente de las patrullas, tomé una glorieta, me brinqué un semáforo, y ellos seguían atrás de mí disparando en movimiento, sin dejarme descanso.

Se escucharon los berridos de las patrullas, luces en azul y en rojo cubriendo mi sombra. Le forcé el motor a la motocicleta, iba en diagonales, en trazos abigarrados por un tránsito permisivo y tolerante. Intenté meterme en calles menores, en pequeñas vialidades. El auto seguía atrás de mí, no me dejaba, las patrullas nos hacían escolta. Al dar la vuelta en una calle, me topé con una patrulla cruzada cerrando el paso, no sé comó me la sacudí por la acera.

Por un momento el auto se me emparejó, me di cuenta de que el Licenciado no iba dentro, el muy cobarde de seguro se hecho a correr para adentro del edificio. El motor ya no daba para más. iba en el límite de la aceleración. No podía sacudirme esa marca entre soplidos de pólvora, me pisaban las espaldas, se me quedaban pegados. Intente dispararles, se me cayó la pistola de las manos. La policía nos seguía, era mucho escandalo, era una tarde perturbada por una persecución en violencia de asfalto.

De pronto recordé las reparaciones del circuito exterior, de seguro el caos llevaría un tráfico que me daría ventaja, no estaba lejos, me dirigí con el mapa planeado, fue cuestión de unas cuadras, de tolerarlos por unos minutos. me dí una vuelta en "u" para soltarlos un poco. llegué al circuito exterior, era un esqueleto de autos parados, circulando lo mínimo de vez en cuando. Me metí entre esa columna de desesperación y de claxon.

Los comencé a perder, por el retrovisor observé como se bajaron a tratar de seguirme a pie, no les dieron mucho las piernas, me alejaba. De pronto solo sentí un dolor cálido, un fluir a media temperatura bajando por el cuello, bifurcándose en la espalda y en el pecho, uno de los imbéciles me había atinado, en el último momento una de las balas me alcanzó y me besó por el cuello.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

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