lunes, 23 de julio de 2012

Capítulo 42 (Mitigando el Enojo)


En este momento, me gustaría hacer una pausa antes de continuar, advertirles que lo que hice no me llena de orgullo, y que para muchos estas palabras serán ofensivas, mis hechos serán vejados por su moral y valorados como la esencia de la perdición. Quiero advertirles, que lo que sigue son los actos de una bestia mitigando su enojo. Por lo que entenderé si prefieren no leer o quieren juzgar las siguientes letras.

Como lo había predeterminado salí de noche, me fui con calma por las calles que comenzaban a mutarse en desiertos; recorrí los tonos azules de una luna calma; me asocié con la majestuosidad del sigilo. Era Yo, la noche y el disimulo montados sobre la motocicleta.

A las pocas cuadras de llegar a la casa del Licenciado apagué el motor de la motocicleta y me fui caminando de a poco, la llevé hasta un lugar seguro y la recargué en la penumbra de un árbol; Me trepé por el árbol, lo subí y me columpié hasta el muro, me deslicé en la oscuridad por la franja de concreto, encontré el lugar para bajar, con cuidado y sin hacer ruido caí dentro del jardín de la casa del Licenciado.

Caminé hasta la puerta de la cocina, la abrí sin ningún problema (la mayoría de la gente no le pone llave a la puerta de la cocina), metí las manos en la mochila que llevaba, saqué la pistola, encontré el cloroformo, humedecí un trapo con el cloroformo. Subí por las escaleras y lo primero fue buscar el cuarto del Licenciado, lo encontré, me metí casi sin hacer sonar el sonido.

El Licenciado dormía con su mujer, con precaución me aproximé a él, cogí el trapo y se lo puse en el rostro no hizo mas que seguir dormido, me fui al sitio de su mujer y le apliqué la misma estrategia, ninguno de los dos proclamó reproche, creo que, por su forma de dormir, ni el trapo, ni el cloroformo eran necesarios.

Me fui al cuarto de las niñas, encontré primero a la mayor como de 10 años y le repetí la rutina, al entrar al cuarto de la menor (de 6 años), abrió los ojos se me quedo mirando con ojos de espanto, con mirada de terror, no gritó, no dijo nada, solo eran sus ojos muy abiertos y su cuerpo temblando. Me hizo dudar, me tabaleó con su fragilidad; por un segundo pensé en no hacer nada, pero ese breve momento se diluyó en la oscuridad que me consumía. Extendí mi brazo y abrí la mano en signo de calma, me moví hacia ella pausadamente, y ella solo me miraba. Me acerqué lo suficiente para aplicarle la técnica del cloroformo y dejarla inconsciente sobre mis brazos. La cargué hasta la sala y la amarré con ternura, con los brazos atrás y los pies juntos, le puse un trozo de gaffer sobre la boca.

Me regresé por los demás y la técnica era la misma, sobre uno y sobre otro, la única diferencia fue la forma en que los coloqué, el lugar que le dí a cada uno, a las niñas las recoste juntas sobre un love seat, a la esposa la puse en el sillón individual, y al Licenciado lo senté en el sillón más grande del cuarto, el que daba de frente a una pantalla plana de grandes dimensiones.

Ya con todos ahí me di cuenta de que se me paso de largo la forma en que iba a despertarlos, la ficción televisiva me ha enseñado muchas cosas, pero nunca, como se despierta a la gente después de una breve dosis de cloroformo. Por lo que decidí sentarme junto al Licenciado y prender el televisor para mirar un poco de tv en lo que ellos reaccionaban.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

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