lunes, 30 de julio de 2012

Capítulo 45 (Dogma de Fe)

Salí de la casa del Licenciado con la niña agarrada a mi mano, tomada de la mano de quien ha matado a su familia. Salimos juntos a la calle, con sus pequeños pasos apresurados, con su cabello despeinado y su pijama de figurillas. Llegamos a la motocicleta mientras el amanecer amenazaba con hacer su entrada. Se talló sus ojos, me agachaba la mirada, la cargué con cuidado, la monté delante de mí en la motocicleta y le pedí que se agarrara con fuerza, le coloqué mi casco que le bailaba sobre sus hombros y arrancamos. El sonido del motor fue la obertura de un día que comenzaba a demembrarse en el vecindario.

Salí de ahí, con la fragilidad de un infante tomada en mis brazos, no era mi hija, no era nada mío, ni la sangre ni los genes los compartíamos y, sin embargo, en un breve momento de aplomo esa niña se sujeto a mi cariño. No tenía muy en claro qué hacer con ella, matarla, abandonarla, llevarla a jugar con los fantasmas de los niños a las ruinas del edificio, entregarla y entregarme, ponerla en una estación de metro, simplemente pararla en la calle a esperar la piedad o la buena fortuna.

Como un discernimiento de clemencia me acordé del sacerdote que me había regalado la ropa, de la Iglesia a la que me llevaba la Niña de mirada lejana, y puse rumbo a ella. Si Dios existe, en sus manos habría de dejar a la niña, en sus manos ponía el destino de esa niña a la que hice huérfana. Si Dios existe, esa niña estaría cobijada por su amor y por sus bendiciones. Era ahí, en la Iglesia, en donde debía de dejar a la niña.

El sol ya se proclamaba en sus ritos iniciales, las calles comenzaban a tomar vida y yo abrazaba a la niña de su cuerpo, procurando que no se cayera. Ese trayecto fue un breve devenir de anhelos, la ternura de la niña se tomaba con fuerza a mi brazo, se aferraba mientras el casco le bailaba. Era esa niña de aplomo, de ilusión entre enojo, de mirada inamovible, de expresión perdida pillándome por el brazo hasta el querer. Si debo de ser honesto, por un momento se me desbordo el corazón; por un momento imaginé mi vida de una forma distinta, abrazando a esa niña que no era nada mío y que se permeaba por la fantasía de lo que nunca ha sido.

Llegamos a la Parroquia, la bajé de la moto, me volvió a tomar de la mano y caminamos hasta el atrio en donde pichones y zorzales arrullaban los adoquines. Le quité el casco, me agaché a su estatura, la miré con cuidado, con la facción cambiada en tristeza, ella con la misma careta de siempre, ni miedo ni nostalgia se le asomaban en el mirar. Me puse a su altura y le expliqué que debía de esperar ahí un momento, que en cuanto abrieran la Iglesia tenía que entrar y preguntar por el Padre; le supliqué que siguiera esas instrucciones, le dije que al ver al Padre le dijera que la habían dejado ahí para encontrar un nuevo hogar. Le tomé la mano, se la abrí y en ella le puse toda la pasta que cargaba conmigo, un pequeño rollo de billetes y me despedí.

Dejé a la niña ahí, parada en el atrio, con unas instrucciones insípidas y en la esperanza de que Dios existiera; dejé a la niña ahí con un dogma de fe como argumento y como redención. Me dí la vuelta sin querer mirar pa'tras; me dí la vuelta prometiéndome no regresar, con un pequeño ciruelo que se amargaba en la garganta y se impulsaba por la emoción.

Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio

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