Los días siguientes se llenaron de rabia, me escurría el enojo por las venas, se adhería la impotencia en la noche y en el día; el sol ardía sobre los pensamientos, una suave angustia se revolvía en la frustración. Las tardes pasaban con la necesidad de golpear, de matar, de gritar; llanto de furia contemplando el tiempo. Me torturaba la idea, me estrangulaba la urgencia. Sentir la prioridad de la desconmensurable tiniebla dominando los actos. No puedo entender cómo me contuve, no puedo entender cómo pude darle orden a mis pensamientos.
Por unos días me encerré a apalear la soledad, ni los niños, ni la Niña de mirada lejana murmurando desde la sanja me podían calmar. Por un breve momento, era Yo, dando vueltas en el mismo espacio, dislocando unos pies presurosos y una ira colérica. La exaltada venganza nunca se había hecho tan presente, tomaba forma, me dominaba, me poseía, me suplicaba.
Ese hijo de puta dos veces me sangró y no existiría una tercera. Al poco tiempo salí del edificio y comencé a seguirlo a distancia, a discreción, lo seguí paso a paso, la observación era una de mis herramientas consentidas y ahora le tocaba ser observado al Licenciado. No lo iba a dejar ir, era su óbito la idea primordial en ese momento.
Ya no era ni héroe ni villano, ero Yo y sólo Yo jugando mi propia guerra, era Yo extraviado en una lucha que cogía sentido en la dirección de mis pensamientos. El mundo se recorría a parte, la vida no era mi vida y lo que inició en una idea estúpida se convirtió en la trayectoria perdida de una vendetta.
En el tiempo que lo seguí imaginé miles de escenas, imaginé miles de insultos, me involucré en la participación de la invención de nuevas maneras de hacer sufrir. El Licenciado sufriría y sufriría desde el alma hasta la epidermis. Durante el tiempo que lo seguí, lo vi en incontables ocasiones esconderse, únicamente era valiente tras el culo de sus guarda espaldas, solo era valiente protegido en su muro de gorilas, pero él era un cobarde, un animal temeroso que se hizo de poder por suerte o por error.
Después de seguirlo descubrí que su punto débil eran las noches, no las pasaba fuera, permanecía en su casa, a lado de su mujer que le gritaba hasta la calle, jugando con sus hijas, escondido tras las bardas de concreto que rodeaban su hogar. Era ahí, sin custodios ni seguridad física, donde pasaba las noches. Sus mastodontes no se quedaban a proteger su miedo y solo era su familia la que ahí estaba un día y otro también.
Hice un plano detallado de lo que supuse era el interior y diseñé como entrar, sabiendo que debía de entrar de madrugada y con cuidado extremo para no hechar a perder de nueva cuenta el intento. Estaba decidido, el Licenciado moriría en la comodidad de su hogar.
Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio
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