Cogí lo que restaba en las penumbras de mi existir, guardé el pasado reciente en bolsos y en maletas, doble esas paredes cuarteadas y las procuré en el olvido perdido. Era momento de pasar y de salir, de dejar atrás. El tiempo se extinguía en la porcipalapetancia de sangre pasada.
Cogí la pasta y cogí el remordimiento, los puse por separado en compartimentos distantes. Cogí lo que sobraba de mí y me perdí en sombras, en destinos nuevos; me dispuse a partir con los últimos chillidos de la razón. Me despedí de los fantasmas, me cambié el rostro.
Quise avanzar, cambiar, no seguir. Quise parar, pero un soplido de curiosidad, un estrago en el adentro me impulso a buscar al Dueño, era como esa necesidad idiota de otra línea, era como un morbo que se inhala por gramos, adicción de saber y de sufrir. Me prometí solo ir a ver de lejos, me hice la firme promesa de solo mirar quien era, que aspecto tenía, me hice la promesa de solo satisfacer mi curiosidad, ya sin vidas derramadas.
Me trepé en la motocicleta, dejé el equipaje listo y me dirigí a un restaurante del centro de la ciudad en donde el Licenciado me platicó cenaba todos los miércoles el Dueño, el Licenciado me juró con su llanto que el Dueño iba ahí sin guardias y por obligación todas las semanas. Eran a penas las nueve de la noche y estaba consciente de que lo encontraría, mas no, que lo reconocería. Aceleré por el concreto de calles mal pavimentadas, frene en los semáforos, larva de dos ruedas por senderos urbanos.
Llegué al restaurante de lujos excesivos, me estacioné enfrente, del otro lado, justo debajo del murmullo de los árboles. En el lugar había solo escoltas y autos negros, hombres de gafas oscuras por todos lados. Por una ventana pude ver que en el interior solo estaba un mesa servida, con un puñado de personas sentadas, a la distancia no podía reconocerlos, y aunque los hubiera reconocido, quién podría decirme quienes eran o quién de aquellos era el Dueño.
Pero cuando la curiosidad es terca, nada es lógico, así que caminé a la esquina, crucé la calle y me dirigí al restaurante simulando cotidianidad. Puse mi andar en modo tranquilo, la idea era pasar más cerca de la ventana y hechar un ojo para ver a quienes ahí estaban, estúpidamente creí que así reconocería al Dueño, y aunque lo hubiera reconocido qué podría hacer, había más guardias ahí que en la residencia presidencial. Con el tiempo, he pensado que el Licenciado me tendió una trampa, una especie de venganza póstuma, en la cual, no quería caer.
Pasé por delante de los escolta, no detuve mi andar, llegué a la ventana y de reojo observé pa'dentro, de reojo lo primero que vi fue esa cabellera rubia, ondulada en risos y en risas, esos ojos que tiempo atrás me despidieron entre nostalgias de sueños rotos. De reojo, la vi a Ella, tan igual y tan distante, estaba sentada en esa mesa, con la postura que recordaba, con el rostro iluminado, con el rostro que algún día me regalo y me ilumino. De reojo la vi a Ella, era lo único que podía mirar.
Me detuve, me paré en la ventana, no había confusión era Ella, tomando la mano de otro, dándole su sonrisa a otro. Me detuve y se detuvo la vida, Ella ahí, abrazando a alguien que no era Yo; moviendo su mirada por la mirada de otro. Se me helaron las arterias, se me partió el estómago, se me agolpó la circulación, moría más que cuando mataba, Ella ahí y Yo mirándola desde afuera.
Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio
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