Entre el hedor y las ratas, entre los bichos y el dolor, distinguí unos gritos, una voz de mujer, sentí unas pequeñas manos que me arrastraban, palpe bajo mi espalda bultos de basura caminándome. Estaba sedado con el horror y la golpiza, sensaciones de moribundo deambulaban por mi sistema nervioso y unas manos que me arrastraban.
Con dificultad puedo hilar una narrativa en secuencia lógica, la conciencia iba y venía en desfases de coherencia intermitente. Apenas recuerdo las manitas, los gritos de mujer, mi cuerpo arrastrado, un destello de noche y otro de amanecer. En mis adentros quería irme, quería quedarme; soltaba la vida, abrazaba la oscuridad, no había luz al final del camino; sonidos vagos, motores encendidos, cama de concreto y después un tejado de cartón en paredes de aluminio, un fuerte olor a agua hervida, a consomé en cuadritos, a mugre y a encerrado; cuando abría los ojos era ese cartón figurando historias sobre mi cabeza. Postrado en un espacio desconocido no tenía ni axialidad ni simetría.
Cuando empecé a recobrarme sentí el zumbar de las heridas, la palpitación de las cicatrices, escuché el habla de una anciana, me pidió que no me moviera, que estuviera tranquilo. Era una mujer en delantal y cuerpo biafrano, su piel arrugado me tomo de la frente, me puso un fomento de esencia a eucalipto. Me pregunto mi nombre, no pude responderle. Me le quedé viendo fijamente, quise reconocer el espacio. Volvió a mí para pedirme que descansara, recosté la cabeza en una amorfa almohada ubicada en mi nuca y me quedé dormido.
Al despertar, entre la modorra y las primeras nociones de la realidad vi una cabellera mal pintada de rubio, una piel morena y un rostro de niña. Erguí el cuerpo, me dolían las costillas, sentí mi cuerpo desnudo bajo una sabana roída. Miré bien, era aquella niña que dejé sentada en el asfalto, era la misma niña de pómulo inflado y rímel corrido. Ya no traía una minifalda a cuadros, vestía de pantalones deportivos y de camiseta; era menos su maquillaje, y su rostro de niña era un infantil cuadro de inocencia.
Ella al ver que reaccione fue a mí, se inclinó a mí, Yo semi-sentado sobre un petate en el concreto la miré con asombro, no sabía cómo dio conmigo, si ella fue capaz de encontrarme moribundo en un basurero, era lógico que aquellos tipos me encontraran en mi departamento. Me extendió una taza con una bebida caliente, me ordenó que me la bebiera, y lo primero que le pude decir fue: Gracias.
Me preguntó mi nombre, yo le pregunte el suyo, le cuestioné cómo me encontró y me platicó que el día que salí del hotel al departamento me vio pasar por la calle y me reconoció, entonces decidió seguirme, vio cuando entre al departamento y vio cuando me sacaron inconsciente; siguió a los tipos que me llevaban y fue a dar a una bodega donde me metieron, dice que a las pocas horas salieron cargando una bolsa negra y pensó que podría ser Yo, se fue tras ellos en un taxi hasta un bordo de aguas negras que rodea la ciudad; fue testigo de como me arrojaron y se marcharon, puso atención a cuando rompí la bolsa; con gritos y con palos espantó a las ratas y a las cucarachas, me jaló hasta la banqueta, paro otro taxi y me llevó a su casa que era donde estaba.
Ella sabía que no podía llevarme a un hospital no sólo por los costos sino por el follón en el que nos hubiéramos metido. Le pidió a su vecina que es curandera que me ayudara (era la anciana que había visto), me tuvo atención y cuidados por varios días, y todo porque en un intento por matarme le evité una tranquiza. Me platicó de aquel día: me dijo que cuando me vio arrancarme ella se paró y salió corriendo, no espero a la policía, no espero a nadie, se fue y se refugio en su casa, desde entonces no la molestaban y ella ya trabajaba como doméstica a las ordenes de la esposa de un político. Le agradecí mil veces y ella a mí, ambos nos salvamos en momentos distintos.
Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio
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