Decidir morir es, en términos generales, la expresión sublime de la tristeza y decidir cómo hacerlo es la estrategia cuantificable de la misma. Buscar el suicidio, como ya lo dije, conlleva la responsabilidad de hacerlo milimétricamente bien. Por lo que, salir a la calle a buscar que a uno lo maten no es tan mala idea, mucho menos en una ciudad donde la agresividad corroe la sonrisa de la gente, donde la corrupción es un acto inherente a la justicia, donde la sangre es tan común como el amanecer y el tráfico.
Perecer en este espacio gobernado por cárteles y por lisiados morales es cuestión diaria, ya sea atropellado, ya sea caminando por las fallas arquitectónicas de la urbe, ya sea por error en una balacera, o simplemente por un ajuste de cuentas, lo contrario a no fallecer viviendo aquí es estar fuera de las estadísticas.
Agilizar este proceso, tendría que ser sencillo, por lo que, lo principal era conseguir un arma y buscar a la persona suficientemente violenta que al sentirse amenazada tirara a matar. El arma, no puedo decir que la conseguí a escondidas, ni siquiera que me esforcé en buscarla, si uno quiere un arma en esta ciudad es suficiente con salir al centro y deambular por las calles y de pronto entre los ambulantes, en medio de las películas de cinco pesos y los tenis robados uno puede encontrarla, lo difícil es escogerla, mas para una persona como yo que su única experiencia con armas era tras un joystick.
Ya con el arma en mis manos tenia que prometerme dos cosas: nunca atentar contra un justo y nunca usarla en un inocente. Y no tanto movido por la bondad de mi alma, sino por la lógica de que ni un justo ni un inocente serian capaces de contestar una agresión.
Una vez dispuesto, tenía que salir a buscar a aquel que al verme armado apuntándole, fuera capaz de pegarme un tiro antes de ver mi miedo...
Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio
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