Ya con el plan en marcha y con el arma a un lado, lo primero era aprender a utilizar una pistola, para no pegarme un tiro por accidente. Este hecho tampoco fue un problema, gracias a la paranoia de la gente, uno puede ver un montón de vídeos en Internet en donde le explican detalladamente como usar una pistola, un rifle, una bazuca, una granada, etc... La violencia es una etiqueta de decandencia con la que se esta familiarizando la humanidad.
Pues bien, el paso siguiente era encontrar al Ingenuo que me daría un tiro, alguien que al sentirse amenazado descargara su perversión en mi ser. Y como dirían en ventas, busque en mi mercado cálido, en las proximidades de mi confort, en las cuadras aledañas al edificio donde vivía, y el primero que se cruzo en mi camino fue el Dealer local, un gordo canoso que sin moral en sus manos le da lo mismo venderle un kilo de coca a un Yonki que medio gramo al infante que acaba de salir del cole.
Lo comencé a seguir de a poco, a familiarizarme con su rutina, lo observe a distancia, vi sus manos sudorosas recibiendo el dinero de un futuro muerto; miré su esférica silueta corrompiendo en silencio, mientras las miradas se voltea como si con eso no fueran participes o no ensuciaran sus almas.
Anoté en un cuaderno cada una de sus actividades, los martes a medio día pasaba un audi A6 negro, al que le entregaba un rollo de billetes que sacaba del bolsillo del pantalón; los miércoles en la noche regresaba el mismo auto y le dejaba una bolsa de plástico que el guardaba de inmediato en su casa; los viernes era obligatoria la visita de una patrulla en la mañana y de otra a media tarde, y a ambas entregaba dinero al mismo tiempo que platicaban un momento y se daban un abrazo de despedida; sus días de mayor actividad eran los viernes y sábados; mientras que los lunes, se la pasaba tranquilo bebiendo cerveza en la tienda de la esquina. Así que, si tenía una ventana para abordarlo, sería un lunes en la noche.
Esperé con calma el momento, me aseguré de tener todo en orden, preparé mi ropa favorita para morir con ella puesta. El lunes destinado me la viví intranquilo, dando vueltas de un lado para otro del departamento, repasando mis movimientos, en algún momento me acorde de Taxi Driver, veía el reloj cada dos segundos, prendía el televisor, posteaba en twitter tonterías sin sentido, ponía música, la quitaba, volvía a repasar el plan, hasta que dieron las once de la noche.
Me di un baño, me puse la ropa, tomé el arma y salí del edificio, al llegar a la esquina vi su figura sosteniendo el último envace de caguama. Entre en la tienda a comprar unas pastillas de menta para aminorar el aliento y mirarle de cerca. En su cinturón se detenía una pistola justo abajo de su espalda (si a esas lonjas se le pueden llamar espalda), en ese momento casi estaba seguro que esos serian mis últimos instantes vivo. Dejó el envase, se despidió del propietario de la tienda y partió, yo pague las pastillas, las abrí, me heché una a la boca, me despedí y salí atrás de él.
Al doblar la esquina vi que un joven se le acercaba, mientras él en su ebriedad de lunes, sacaba algo de su bolsillo, se lo entregaba al mismo tiempo que el muchacho le daba un billete de 100 pesos. Por poco me doy la vuelta y me retiro, fue entonces cuando el volteó a verme con su sonrisa de cinismo, nos miramos a los ojos un segundo, el joven había desaparecido entre las calles, su mirada me retaba, me desafiaba, era la mirada vacía de alguien que sin dignidad mira al mundo enfrentándolo para que lo deje tranquilo mientras mata de a poco su entorno en la impunidad. Fue esa mirada la que me hizo no salir en la dirección contraria, darme la vuelta y dejar las cosas para después; fue esa mirada la que me sostuvo frente a él.
Busqué con celeridad la pistola en la bolsa interna de la chaqueta, la saqué, mi cuerpo temblaba, la sostuve con las dos manos y le apunte, él se reía con descaro, se volteo por completo a mí, se sobó su panza con tranquilidad y me dijo:
- No mames, estas bien pendejo... si me haces algo te va a cargar la chingada...
La menta en mi boca era ya de un sabor grisáceo, las piernas eran hule sosteniendo mi ser, el miedo parpadeaba por mis ojos, un sudor frío se patinaba en mi piel que no sentía, y buscando eso: que me cargara la chingada, en un acto involuntario jalé del gatillo, tres veces solté mi temor en plomo, una neblina de pólvora escondió una madrugada que ya se decoraba en sangre.
Le había dado al Gordo, le perforé el cuerpo y la grasa de tres balazos. Nos miramos por última vez a los ojos, mientras el se desmoronaba en la acera. Me miró a los ojos antes de morir y su mirada era otra, su mirada...
Me acababa de convertir en un asesino, guardé el arma de nueva cuenta en mi chaqueta y partí corriendo tan rápido como pude.
Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio
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