Ya tenía un empleo, no el mejor de todos, ni mucho menos el que Yo deseaba, después de diez años en la universidad, de diplomas y post grados, ahora era el chofer de un corrupto, era el conductor de un político. Si para mí la clase política era lo más bajo que existía en la pirámide de la evolución, ser el sirviente de uno de ellos ¿En dónde me dejaba?. Era consiente de que aquel de los diplomas, el de los dobles títulos, el de los estudios, dejó de existir el día que le disparé al Gordo. Ahora me convertía en el mono bailarín de un involucionado.
Me alejé de la casa de a poquito, mi andar era cansino, meditabundo, bajé por las avenidas, subí por las calles, hice paisajes de introspección, de enojo resguardado. Todavía no se me quitaba la sensación de vendetta, la urgencia de violencia, pero se iba haciendo más calmada, el sadismo me concedía una paulatina tranquilidad. Cuando dicen que la venganza es un plato que sabe mejor frío, es porque uno disfruta cada pensamiento, porque ese enojo se hace calmo y entonces las ideas parecen inteligentes, las estrategias son controladas y el buqué comienza a desmembrarse en sutiles porciones.
Así anduve todo el día, perdido por la Ciudad, perdido dentro de mí, era prisionero de mis ideas, me sumergí en una cárcel de tonos escarlata. No me percataba de lo que hacía ni de como lo hacía; no sé como llegué a la choza de la Niña de mirada lejana, no sé si comí o si dormí, no sé como salí al otro día. Ya todo era una irrealidad fantasiosa, una ficción palpándose por todos los poros.
De a poco la realidad era como recuerdos de sueños, como leves pestañeos, recuerdo haber llegado a ver al Político al Senado, recuerdo encender el auto, recuerdo de momentos a la Niña de mirada lejana caminando a mi lado por el alba, tengo memorias de la Patrona, de los guaruras de la casa, tengo ligeras raspaduras en una mente que no pudo sostener el momento. Sólo recuerdo el sentido de las ideas, la emoción por ejecutarlas, la fascinación de pensarlas, algunas veces sentía que sonreía mientras creaba nuevas tácticas, todo era como un somnífero cargado de vehemencia.
No sé por cuantos días habré estado así, pensando, inmóvil de crueldad, sobreviviendo en el entorno. Pero de pronto... En un momento me pidió el Político que lo llevara a una dirección, al llegar, algo me sacó de mi fantasía, de golpe vi todo en colores saturados cubierto de polvo, reconocía ese lugar, era aquella bodega, la bodega a donde iban los Chulos.
Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio
buenisimo.
ResponderEliminarMuchas Gracias, tu comentario nos llena de ánimoanimo.
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