El guardia había muerto, permanecía en el suelo, atado a sus ojos de espanto, a su rostro deformado. Lo maté a mano limpia, con la fuerza de mis puños, con la ironía de mi enfado. Ya no sentía el remordimiento de matar, ahora sólo quedaba un esplendor de satisfacción aún no satisfecho.
Me levanté, pateé el cadáver, lo volví a patear; en mí, un grito ahogado, una impotencia superior, una necesidad de seguir golpeando, era un animal recobrando su instinto. No pararía ahora, no pararía mañana, no pararía nunca; mis piernas eran incendio, mis manos eran dominio, estaba en el poderío de mi jurisdicción impartiendo la fiereza del enojo.
Calmé los impulsos, pensé lentamente, la razón entró con cautela en mis acciones; me aproximé a la puerta y la cerré, fui al guardia y le quité la ametralladora, inspeccioné cada rincón de esa bodega, encontré rollos de telas, maquinas de coser, ropa de niño; seguí buscando, hallé atrás de las telas, a un costado de la ropa, una puerta a una segunda sección de la bodega; la abrí de un golpe, y entonces todo fue más claro.
En esa parte de la bodega tenían escritorios, computadoras, papeles de oficina, archiveros, cuadros, armas de todas proporciones: desde pequeñas pistolas, hasta grandes ametralladoras; tenían arsenal para derrocar a cualquier fuerza invasora. Y justo a un costado de las armas, más droga que la que un país necesita para matarse de sobre dosis.
Busqué algo para llevarme unas cuantas armas, encontré una vieja maleta de futbolista arrumbada en los triques, puse en ella algunas pistolas, balas, granadas, ametralladoras, más balas; ya iba a... pero se me vino una idea a la cabeza y tomé algunos paquetes de coca y de pastillas. Cerraba la maleta cuando vi un bulto detrás de un escritorio, me acerqué y era una edificación de dinero lo suficientemente alto como para darme vida de rey; cogí cuanto pude de billetes y los puse adentro de la maleta.
Regresé a donde estaba el cadáver del guardia, me disponía a hacer... cuando un toquido de claxon y un golpe en la puerta me sacaron de concentración.
Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio
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