Hice mio ese viejo edificio, me quedé con sus ruinas, redecoré sus escombros, reacomodé su arquitectura. Ya tenía un sitio, un lugar, una guarida, expropiada en masacre y en locura. Sólo sentía la paz calma de volver a matar, la fuerte tranquilidad de un coraje que no se mueve; sólo sentía la soledad, la inquietud, la ansiedad; sólo sentía mi cuerpo partido, mis ideas revueltas, mis deseos de no parar. En un punto volví a tomar esa nota de periódico y la leí con detenimiento, la analicé, vi mi dibujo en la foto, las cenizas de la bodega, no entendía si había borrado toda pista, no comprendía que seguía.
Me cuestionaba muchas cosas, me intrigaba quién era ese Lic. Escobar del que hablaban, si tendría algo que ver con la épica golpiza que me dieron los panzones, si no, quien era el dueño de todo aquello, alguno de ellos dos sabrían darme una respuesta. Requería saber cómo llegar a ellos, a donde dirigirme, cómo encontrarlos o cómo reconocerlos.
Entre el cabildeó, de pronto me pregunté por la Niña de mirada lejana, me preocupaba si se encontraba bien, por algún momento extrañé su compañía, necesite su plática, escuche su risa, recordé de a milímetros el tiempo que estuve con ella y ahora no sabía mucho de ella ni tenía un medio para regresar a ella, mucho menos con la mirada desprendida, con la moral enredada.
Cuando uno se sumerge en los pensamientos, la lógica se desenvuelve por voluntad propia, y de pensar en la Niña de mirada lejana, me fui a la imagen del Político, de los tiempos en que conducía su auto, de que lo llevaba al Senado entre neblina, de que él fue quien me puso de nueva cuenta frente al portón de metal de aquella bodega. Y todo fue más claro, si alguien me podía llevar a los responsables intelectuales de aquella golpiza, sería ese viejo que se peinaba con gel hasta los bellos del culo.
En medio del pensamiento me dio hambre, salí del edificio y me fui a cenar a un buen lugar, el gusto por la comida no se me había ido y mucho menos por la buena comida, me senté entre gente de negocios, entre personajes respetables; me senté a lado de unos enamorados y me dieron asco. Me senté en un restaurante, a comer como cualquier ciudadano. Ya con la comida en la mesa, me puse a hacer memoria, a anotar en una servilleta, lo que recordaba del Político además de su inefable presencia.
Recordaba poco, de verdad, ese periodo, se me fue perdiendo en grises. Tenía que hacer algo para recordarlo, así que puse punto por punto lo que debía de hacer para acercarme de nueva cuenta al Político y poderlo interrogar. Les debo de confesar que si no hubiera sido por mi adicción a las película de Lucc Besson y de Quentin Tarantino nunca hubiera podido desarrollar un plan.
Terminé de puntualizar todo en esa servilleta, la guardé, pagué la cuenta, le di el último sorbo de vino a la copa y me retiré dispuesto a hacer todo aquello con precisión científica.
Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio
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