Esa noche regresé al edificio, la pasé con las primeras visitas de los fantasmas, me sentía vacío, me sentía inmóvil, con un largo set list que me llenaba de impotencias, a dónde se me fue ese tiempo, la frustración de una noche intranquila con los fantasmas de los niños juguetenado frente a los sueños. Al otro día debía de levantarme temprano, las ideas no toman forma con tan sólo escribirlas en un pedazo de papel. En la oscuridad escuchaba risas perdidas, llantos aclamando circunstancias, accidentes a fuego lento, una columna de latas y de cemento que se movía en voluntad por los sonidos de un edificio abandonado.
Esa noche se hizo larga, pesada, deambuló por el tormento, por la tortura, por las acotaciones de un programa que habría de ejecutar. Al amanecer y con poco descanso, salí a la calle, tenía tiempo y tenía dinero, lo demás dependía de mí. Lo primero que busqué fue donde comprarme ropa con la que me sintiera bien, con la que no me confundieran. Entre los ambulantes encontré camisetas de grupos de Grunge, algunas de Nirvana, Pearl Jam, Stone Temple Pilots, Sound Garden y hasta de Temple of the Dog. Después fui por unos cuantos jeans, unos tenis cómodos, una chamarra de piel como la que guardaba en mi viejo closet de la época del cole. Terminando de armar el look, fui a la primera agencia de motocicletas que se me puso enfrente y sin miramientos ni dudas compré una lo suficientemente rápida, aunque no me la pudieron entregar por falta de una identificación, fue entonces cuando me dirigí a la plaza de la falsificación ubicada en el corazón de la ciudad, ahí por una pasta me dieron todas las identificaciones que necesitaba y hasta me di el lujo de hacer una con el nombre de Grunge, así como me nombro el idiota del periódico. Regresé por la motocicleta y terminé de juntar los activos que necesitaba, gafas oscuras, gorras, guantes, etc. El primer punto de mi lista, la imagen estaba lista.
De regreso al edificio, al pararme en un semáforo, unos imbéciles quisieron asaltarme, no les puedo narrar la gracia que me hicieron, de verdad, no se las puedo explicar, fue como una gran chiste. Me pidieron que me bajara de la moto, los volteé a ver, iban en un ford de los noventas, y antes de que se bajaran ellos del auto, me arranque, me brinqué la luz de alto entre conductores asustados, ellos se arrancaron detrás de mí, me siguieron, me di la vuelta en una pequeña calle de nombre Riva Palacio, cerca de uno de los teatros más populares del país y enfrente de una de las plazas de mayor folclore; encontré un parque, me detuve, me bajé de la moto, los esperé a que llegaran a mí (comenzaba a anochecer), había aprendido a jamás salir sin un arma, llegaron rápido, tomé la pistola de entre la chamarra, se bajaron del auto, apunté y antes de que pudieran hacer algo, hice volar casquillo tras casquillo, eran tres y sus cuerpos fueron a dar al asfalto, sin reacción ni reflejos, recargué la pistola, me acerqué a ellos y les disparé de cerca a la cabeza. Volteé y vi un indigente escondido atrás de una de las bancas del parque, me acerqué a él y sin pensamientos previos le disparé mientras él temblaba. Volví a ver la sangre en el pavimento y cual artista inspirado dibujé de nueva cuanta la carita de Nirvana a un costado de los cuerpos. Regresé a la motocicleta, me subí, arranqué y me fui de ahí.
Pasé al edificio a dejar algunas cosas que llevaba, por otra arma y más balas, acomodé todo y me observé desde adentro, sin miedo, sin caos, sin remordimientos, algo sonriente, ya no me había dado pena el accidente, solo fue una pasada, una gran pasada y eso me causaba gracia, sonreía, me sentía intocable, fuerte, orgulloso. Un año atrás me hubiera bajado de la motocicleta y me hubiera puesto a llorar, ahora ni miedo ni susto, enfrente la situación con aplomo, no dude, solo actué y eso me dejó seguir.
Terminé con las cuestiones y antes de dejarme caer en las mieles del ego, me subí a la moto y partí con dirección a la casa del Político, llegué en la mitad de la madrugada y me instalé en la banqueta de enfrente.
Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio
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